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La última noche

  • Mar. 30th, 2009 at 3:11 AM

Sumario: Aquél iba a ser un día de esos en que en apariencia son iguales a los otros, inofensivos como todos, pero en los que de pronto, una ligerísima raya hace torcerse el curso de nuestra vida en una época nueva

...

La pareja se miró a los ojos y sonrió con ternura.

Esa noche habían querido que fuese diferente. No por nada en especial. No era su aniversario de bodas, tampoco había cualquier otra celebración importante que festejar. Simplemente, habían querido salir solos, como en sus tiempos de novios y recién casados, y disfrutar de la compañía del otro.

Una noche sin presiones ni preocupaciones. Una velada íntima, sin las risas y los llantos del pequeño Neville, al que habían dejado con su abuela, que amable y entusiasta, lo había acogido esa noche en su casa.

A lo lejos se oían las voces de la gente en su ir y venir nocturno. Más cercano les llegaba el sonido de una tenue melodía de violín. Melodía que les contagiaba su armonía y que, juntamente con la fragancia de las aromáticas velas, los envolvía en una romántica atmósfera que ellos se encargaban de redondear.

La conversación fluía, las miradas abundaban, las sonrisas cómplices y llenas de afecto frecuentaban. La felicidad los desbordaba.

Era fácil verle a él embelesado por las palabras y la melodiosa voz de su mujer.

No era extraño apreciar en ella el dibujo de una tierna sonrisa en sus labios ante cualquier gesto de gracioso despiste de su marido.

Y era una escena llena de amor cuando la mirada chocolate de Alice se perdía en los ojos marrones, jaspeados de verde caqui, de Frank.

Porque los Longbottom era un matrimonio unido que se amaba de todo corazón. Y lo demostraba cada mirada, cada gesto, cada palabra y cada respiración. Irradiaban cariño por cada poro de su piel; y ese afecto se lo transmitían a su pequeño niño. Al pequeño Neville, que se empapaba de amor como una esponja lo hace de agua.

Eran una familia feliz. Un ejemplo a seguir.

Pero esa velada especial iba a ser la última.

En realidad, esa iba a ser su última noche como la Alice y el Frank Longbottom que todos conocían.

Y, probablemente, ellos tuvieron esa certeza cuando un escuadrón de mortífagos hizo su aparición en el restaurante y, entre el pánico, sus ojos captaron la álgida sonrisa de Bellatrix Lestrange.

Pero eso no les impidió alzarse y luchar.

Porque ellos eran el reflejo de la dulzura y la calidez hogareña. La paciencia y la templanza.

Pero también eran valor e inteligencia fundidos en uno. Porque sus corazones todavía estaban enmarcados por los atributos de Gryffindor y Rawenclan.

Frank y Alice no se rindieron a pesar de que ellos eran dos y el enemigo superaba la decena.

Combinaron a la perfección sus aptitudes, luchando a la par como si de un solo ser se tratasen.

Pero algo falló.

Y, aún sabiéndose derrotados, quizás desde un primer momento, no cesaron en su lucha. Porque ellos no eran perdedores.

Porque ellos eran héroes.

Y aguantaron hasta el final, luchando contra la muerte, hasta el día de hoy, en el que todavía se mantiene vigente esta batalla.

Pero no fue el valor ni la inteligencia lo que les permitió aguantar la mirada al rayo de luz roja que se dirigía hacia ellos.

Tampoco fue su naturaleza heroica la que les permitió continuar en pie, cruccio tras cruccio.

Porque un único pensamiento cruzó sus mentes mientras la horripilante maldición de tortura impactaba en sus cuerpos una y otra vez hasta destruirlos por dentro...hasta hacerles perder la razón.

Fue ese pensamiento el que les condujo a no rendirse. A saberse vencedores. A desafiar las miradas delirantes de sus contrincantes.

Que su tesoro guardado con más recelo, que su mayor regalo…que su pequeño Neville estaba a salvo bajo la tutela de su briosa abuela que lo protegería de lo que fuere. Que lo criaría dándole todo el amor y toda la fuerza que ellos no podrían darle.

Él estaba a cubierto, y, probablemente, rendido en un profundo sueño.

Y eso era lo importante. Esa era su fuerza en aquellos instantes.

Y, actualmente, su fuerza provenía de la voz del ya no tan pequeño Neville, que los visitaba con frecuencia y les hablaba largamente. Contándoles los hechos más importantes de su vida a pesar de no saber que ellos podían oírle, y, que en alguna parte de su ser, una ínfima parte de ellos que todavía poseía acto de razón, se alegraba por su hijo, e, incluso, tenían el placer de poder sentirse orgullosos de él.

Y esa era su mayor medicina y su única razón para seguir con vida.

Nunca pasó nada

  • Mar. 30th, 2009 at 3:08 AM

Ese día estaba parado cerca de una tortería.

Sus padres habían venido a México por asuntos de trabajo, más que nada de su padre. Y su madre, a las relaciones sociales que suscitaban en algunas comidas.

¿En qué momento se separó de ellos? No se acordaba y tal vez ni le interesaba. En su cara mostraba una tranquilidad de quien esperaba paciente a que vinieran a recogerlo en ese lugar.

Volteaba de vez en cuando para ver pasar a la gente, y en ocasiones tosía por el humo de los autos que se arrancaban como si fuese lo último que hiciesen en su vida.

Pateaba un poco el piso, y sonreía cada vez que le veían.

"No pasa nada" decía huecamente entre susurros infantiles e inclinaba la cabeza para que le revolviesen el cabello.

Después, un sujeto gordo de menuda barba posó una cubeta cerca del poste de Luz, sacó de su mochila un papel grande y lo empezó a pegar con una pasta pegajosa que tenía el contenedor. Aquel póster invitaba a familias a pasar un buen día divirtiéndose en el Circo más grande que haya pisado la ciudad de México. Tenía imágenes de leones y payasos.

Brooklyn caminó alrededor del poste. Se veía desgastado, algunos pedazos sobresalían y el póster parecía gracioso...

Fue empujado, un joven con audífonos ni se percató del atentado y, como ráfaga, Brooklyn regresó a su sitial. Tenía que esperar a que fuesen por él. Debían darse cuenta tarde o temprano.

"Tal vez tienen mucho trabajo. No pasa nada"

Poco a poco empezó a retorcer sus manitas en la camisa naranja. No pasaba nada. Sólo tenía que esperar. Esperar.

Una pequeña lata rodó por la acera y una envoltura de chicle salió disparada entre las manos de una señora que agarraba con fuerza una bolsa gigante multicolor. El pelirrojo pudo divisar algunas bananas y manzanas junto a una consistencia rojiza. Le gruñía el estomago, hacía horas que estaba en ese lugar.

El olor de comida preparada en aquella tienda le abría el apetito, no entendía que significaba “tortería” pero debía ser algo de aquí, como lo mismo de que no hubiese un parque cerca.

Se deslizó hasta el suelo, arrimándose a si mismo lo más que podía, quería irse y sus ojos verdes empezaban a brillar reflejando la luz.

“No pasa nada. Todo está bien” puso su cabeza en las piernas, respiraba agitadamente y su espalda aparecían espasmos por ratos. Aquel olor se sentía muy cerca. Con sobresalto, Brooklyn se paró de golpe, una señora que tenia una red en su cabeza le tendió un plato que contenía un pan raro.

La señora decía palabras que no entendía entregándole un servilleta en la mano que le quedaba disponible. Miró por un rato el plato y luego la tienda, no parecía una mala persona, o en su mente infantil le decía que no iba a pasar nada.

Tenía hambre, así que volviéndose a sentar, empezó a darle mordidas al platillo extraño.

Un liquido posó en su paladar, aquella esencia que desprendía en cada mordida, ese pedazo de jamón que salía de entre las orilla, estaba delicioso. Ni siquiera en su casa había probado algo tan rico, los chef que tenía, creía Brooklyn, no iban a poder sacar a relucir aquel sabor que empezaba a gustarle, tenía algo diferente pero no sabía que era.

Y unas gotas cayeron al pan raro. Quería irse a su casa, no quería estar ahí. Mordió una vez más. Su alma amenazaba con salir. Otra mordida. Suspiros aparecían cada vez que se lamía el labio. Escuchó que a la señora de la tienda le gritaban “Mamá” y ella les daba un plato con el mismo pan relleno de ese jamón entre otras especias.

Cerró los ojos. Todo estaba bien.

El cielo azul tenía un color grisáceo. Las aves pasaban de vez en cuando. Mordía su comida, no quería ver. Sólo quería comer, que no se fuera aquel sabor de su boca. Pero todo lo bueno tenía que terminar. Se acurrucó nuevamente.

¿Qué tal si su mamá podía hacer lo mismo? Había visto a la señora mimar a sus hijos. Tal vez, si le pedía que hiciese ese pan como lo hacia aquella persona podría tener el mismo sabor. Debía intentarlo.

Se sonó la nariz. No quería abrir los ojos. Ver a sus padres junto a él, le relajaba, mas en el fondo sabía que era una mentira. En la mesa siempre estaban distantes, poco le hablan y Brooklyn simplemente comía lo que le daban.

Empezó a relajarse. No pasaba nada. Y con la mejor cara que tenía, con esa sonrisa encantadora, medio escondiendo esos ojos verdes, observó el plato. Aquello no había pasado, no había comido, no se había perdido.

Se levantó y se fue de aquella tienda. Sus pasos relajados retumbaban silenciosamente en aquella acera, aquel sentimiento se perdió en el vacío del plato.

Brooklyn no quería saber nada. Porque todo estaba bien.

De todos modos él no era importante, así que él mismo tendría que regresar a donde sus padres estaban. Caminó varias cuadras, su misma mente le decía donde estaban, era de familia predecir las cosas.

A la séptima cuadra, alguien le jaló la mano. Era su padre, que por fin le había encontrado. Brooklyn simplemente sonrío. No había pasado nada.

Porque a él, nunca le pasa nada.

Amor disimulado

  • Mar. 30th, 2009 at 3:05 AM

Le viste por primera vez hoy. Has visto su gracia poco varonil rodeándote. Has visto a tu prometido, desde que tienes memoria siempre ha sido así. Él te lleva un par de años adelante, dos o tres tal vez. Su cabellera se parece a la tuya: larga y rubia. Ambos se parecen más de lo que el razonamiento humano pudiese llegar a pensar.

Él te mira desde lejos y sientes un extraño calor en tus mejillas de adolescente. Se gira y su cabellera queda nadando en el aire; tú te giras y sucede lo mismo ¿Qué será todo aquello? Te sonrojas por primera vez en tu vida y decides que aquello es bueno, después de todo, aquel muchacho va a ser tu esposo en un par de meses más.

Es bueno sentirle cerca, cortejándote aun cuando no sea necesario ya que desde un principio tú le perteneces. Es bueno que él esté allí, intentando parecer agradable para ti. Es bueno, pero sabes que todo se quedará en las miradas, tal y cual ha sucedido siempre en tu familia.

Le miras a lo lejos y él se acerca a ti, como si aquel fuese el único llamado que lograse escuchar. Tocas su mejilla delgada: es suave y tersa. Él pone su mano en tu cuello y acerca su boca fina hacia tu propia boca. Intentas no sonreír ni parecer una chiquilla enamorada, pero él está allí, besándote.

Te agrada aquel calor secreto que se posa en tu estomago y, por la mirada de Lucius, puedes estar segura de que él también siente aquel calor llenándole por completo.

Sabes que siempre va a ser un secreto guardado como tumba, en el lugar más oscuro y húmedo de tu cuerpo. Sabes que no puedes mostrar tus sentimientos, jamás. Es por eso que las sonrisas siempre son secretas.

Separan sus bocas intentando no sonreír, porque aquello es para los débiles. Lucius te observa desde cerca y observa alrededor: no hay nadie más que ustedes dos. Él esboza una corta sonrisa y te besa la mejilla.

Recuerdas aquella sonrisa secreta, temerosa y la guardas como un secreto. No deseas revelar aquellas cosas al resto ya que pensarán que eres débil.

La debilidad es para los sangre sucias, no para ti.

La debilidad es para todos, menos para ti y tu familia.

Fría, como siempre, aparentas que no sientes nada para ser alguien respetable y fuerte. Así es como te gusta ser y así es como serás hasta que sientas que pierdes ese algo secreto, aun siendo un secreto.

Entre la espada y la pared

  • Mar. 30th, 2009 at 3:00 AM

Sumario: Se mirara por donde se mirara, Ulquiorra era el monstruo. El dragón en la torre, la maldición sobre el tesoro. Lo que las fábulas para niños enseñaban era que el caballero debía vencer al malvado para rescatar a la princesa.

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Inoue Orihime sabía que Ulquiorra estaba mintiendo. No era la primera vez además. Ya lo hizo una vez, cuando le dijo que Chad había muerto. Volvió a hacerlo cuando confirmó que Rukia también había caído. Era imposible que ambos casos se hubieran tratado de una confusión, si ella era capaz de sentir sus reiatsus por muy débiles que fueran, alguien con un poder como el de Ulquiorra también debía sentirlos, por tanto había mentido siendo consciente de que lo hacía.

¿Por qué iba a creerle en esta ocasión, cuando estaba aventurando su propia muerte?

Estaba completamente segura de que tras aquellas frías palabras no había más intención que la de intimidarla. Igual que las otras veces. Asustarla para que se rindiera, para quebrar su fortaleza y su fe en sus amigos, para que aceptara que no volvería a conocer otra cosa que no fuera Las Noches y el Hueco Mundo.

Precisamente por eso había insistido tanto en preguntar si estaba asustada, para psicológicamente hacerle creer que así era, porque el Espada ya debía saber de antemano cual iba a ser su respuesta.

En ese momento, lo único por lo que Inoue podía temer era por la vida de sus amigos y por las de aquellas personas que injustamente iban a verse involucradas en medio de la batalla que estaba a punto de librarse en el mundo humano. Porque lo que en cuanto a ella se refería, nunca se había sentido más segura en toda su vida.

Tal vez eso también formara parte de la insistencia de Ulquiorra por hacerla sentirse amenazada. Para un Arrancar, un Espada de su categoría, saber que una simple humana no sólo no sentía miedo en su presencia sino que además se sentía más a salvo que nunca, debía ser un sentimiento muy frustrante.

Pero ella no podía hacer nada por evitarlo.

Incluso antes de su llegada a Las Noches, Ulquiorra había sido prácticamente la única persona de aquel extraño mundo con la que había tenido contacto. Él fue quién se fijó en ella, él fue quien actuó como intérprete de los deseos de Aizen, él fue quién le tendió la mano para que le acompañara.

Aquella vez también trató de intimidarla dejándole claro que no estaba en disposición de negarse si no quería que las vidas de sus amigos corrieran un grave peligro, y sin embargo le aseguró que él se encargaría de llevarla sana y salva hasta Hueco Mundo.

Y así fue a partir de entonces. Sola en aquel lugar hostil, la presencia de Ulquiorra era lo único que conseguía hacerla sentir mejor. Aunque fuera por obligación, Inoue sabía que ante cualquier cosa que la hiciese sentir amenazada, sólo tenía que gritar para que Ulquiorra la salvara porque él no podía permitirse que algo malo le ocurriera. Había sido así como Ulquiorra se había convertido en su caballero de brillante armadura. Ese que en sus sueños siempre venía a rescatarla.

Ese caballero que ya no tenía el rostro de Kurosaki-kun.

Todavía podía sentir en su corazón el escozor de su conciencia retorciéndose al haber sentido miedo ante la presencia de Ichigo.

El estar cautiva en un lugar repleto de enemigos le había hecho aferrarse al Espada como único consuelo, la línea que dibujaba la frontera de sus sentimientos hacia él había empezado a desdibujarse por culpa de la desesperación. Lo único que conseguía devolverle a la realidad de lo que estaba ocurriéndole cuando despertaba de alguno de aquellos sueños en los que era Ulquiorra quien la salvaba, lo único que de verdad la hacían sentirse culpable por aquel erróneo camino que estaban tomando aquellos sentimientos, era saber que Kurosaki no era ningún Arrancar, sino un humano que estaba arriesgando su vida por rescatarla.

Pero de repente todo aquel sistema de autodefensa que había creado su conciencia se vino abajo al ver la máscara de Hollow cubriendo el rostro de Ichigo.

Ya no existía una pauta bajo la cual su mente pudiese convencerse de que un posible sentimiento hacia Ulquiorra pudiese ser clasificado de abominación. Sentir algo tanto hacia Ulquiorra como hacia Kurosaki había adquirido el mismo cariz prohibido. Ya no existía una inclinación en la balanza que indicara qué era lo correcto y qué no. Ahora eran dos Hollows con un mismo objetivo. Sin embargo, las palabras de Grimmjow diciendo que ir hasta el Hueco Mundo para salvarla no era más que una excusa para satisfacer su deseo de lucha, habían hecho que interiormente la balanza de su corazón, libre de los prejuicios de su mente, tomara una decisión por sí misma.

La preocupación atenazada en su pecho se esfumó cuando Aizen hizo regresar a Ulquiorra de la Caja Negación, haciéndole darse cuenta de que durante ese corto periodo de tiempo algo dentro de ella le había estado añorando.

Sus miradas volvieron a encontrarse. Otra vez aquella sensación de seguridad la volvía a envolver de forma reconfortante, pero incluso multiplicada varias veces a como la había sentido en ocasiones anteriores. Gran parte de los Espada o habían muerto, o estaban malheridos o habían acudido junto a Aizen. Pocos quedaban allí salvo Ulquiorra, a quien Aizen había nombrado temporalmente el señor de Las Noches.

Nunca antes había tenido menos motivos para sentirse asustada, por mucho que Ulquiorra insistiera en preguntarlo. Ni siquiera cuando Ulquiorra se aproximaba hacia ella recordándole que Aizen ya no la necesitaba y que no quedaban motivos para protegerla.

Volvió a reafirmarse en su convicción de que Ulquiorra era un mentiroso. Su voz, oscura y grave, siempre adquiría el mismo tono monocorde, pero en aquella cárcel blanca sonaba a sus oídos como el suave ronroneo de una canción de cuna. Sus gestos, exentos de cualquier emoción, se teñían a sus ojos de leves matices. Sin embargo, eran sus actos los que hablaban por sí solos sin necesidad de que la imaginación de Orihime se encargara de dotarlos de elementos que en realidad no poseían.

Frente a frente, a escasos centímetros el uno del otro, a tan sólo un paso de que sus labios pudieran encontrarse, Inoue era capaz mantenerse estoicamente frente al número cuatro de los Espada sin el menor atisbo de temor en sus ojos.

Si de verdad ya no era de ninguna utilidad para Aizen, si era cierto que no le importaba lo más mínimo que sus amigos se la llevaran, bien podría haberse llevado consigo Aizen a su cuarta Espada mas cuando iba a enfrentar una batalla contra los capitanes de la Sociedad de Almas. Pero no lo había hecho, en su lugar, había preferido dejarle a cargo de Las Noches. Algún interés debía tener todavía el ex capitán de la quinta división porque Inoue permaneciera en el Hueco Mundo. Aunque incluso podría jurar que conocía el motivo por el que Aizen había tomado aquella decisión.

No estar obligado a hacer algo no significa que necesariamente vayas a actuar haciendo lo contrario. A menudo la diferencia radica en que cuando algo se hace por decisión propia, la voluntad es mucho mayor que cuando se actúa bajo una orden.

Ulquiorra era el dragón en la torre, la maldición sobre el tesoro.

Inoue Orihime sabía que Ulquiorra jamás dejaría que se la llevaran.

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Ulquiorra Schiffer, cuarta Espada, sabía que Orihime no estaba mintiendo cuando decía que no tenía miedo. Se había propuesto probarla una vez más, y como siempre su intención había chocado contra aquella voluntad de hierro que la protegía como una coraza.

Los humanos eran seres extraños, incomprensibles la mayoría de las veces. Era consciente de que él alguna vez fue humano también, pero todo aquello era tan lejano que no era capaz de recordar nada que aclarara el por qué los humanos actuaban de esa forma y hablaban de platónicos conceptos como la amistad, la fe, el sacrificio…

Él sólo podía saber que los Hollows se movían por instintos básicos. El Hueco Mundo era un lugar cruel y salvaje y ellos, los Hollows, eran sus animales y como tal actuaban en consecuencia. En el Hueco Mundo todo se reducía a algo tan primario como devorar almas para saciar el odio que los consumía y fortalecerse para poder enfrentar a otros Hollows y asegurar la supervivencia.

Sin embargo, los humanos reaccionaban de otra forma ante los estímulos básicos, a veces anteponían su propia vida para asegurar la supervivencia de otros de su especie. Algunos humanos no se diferenciaban demasiado de los Hollows, otros no se conformaban con su propia supervivencia y deseaban más poder aunque no fuera necesario para mantenerse con vida, otros confiaban en cosas que ni siquiera podían saber si existían.

El ser un Arrancar le situaba en un estatus superior al de los Hollows ordinarios. También al de los Shinigami ya que gracias al Hougyoku habían adquirido el poder de usar una Zanpakutou y sellar en ella su forma liberada. La evolución situaba a los Arrancar por encima de todos ellos y sin embargo no dejaba de ser una forma de “humanizarlos”. El poder y la inteligencia de un Hollow era proporcional a lo humana que fuera su apariencia, por tanto los Arrancar eran seres superiores de poderes únicos capaces de experimentar emociones más complejas.

Resultaba paradójico que el símil de perfección fueran los humanos, seres débiles y complicados. Y de entre todos los humanos que había conocido, sin duda el que más confusión le causaba era aquella mujer; Inoue Orihime.

Ni siquiera se trataba de una Shinigami, ni una subespecie de los humanos con poderes extraordinarios como los Quincy. Era una simple humana con un poder tan increíble que incluso Aizen había querido contar con él para su propio bando.

Tal vez la curiosidad fuera una de aquellas emociones complejas a las que Ulquiorra aún no se había terminado de acostumbrar, pero lo cierto era que Inoue Orihime le causaba mucha, mucha curiosidad. De hecho, había sido él mismo quien había advertido que había algo especial en ella cuando en realidad su objetivo debía haber estado centrado únicamente en Kurosaki. Y gracias a su observación, Aizen había descubierto lo útil que podía resultarle el poder de la muchacha.

Para Ulquiorra ya no se trataba sólo de su poder, era ella en general lo que le atraía. Había tenido la suerte de ser el único con quien Orihime había tenido un contacto continuo desde su llegada al Hueco Mundo y por ello había tenido la oportunidad de observarla con mayor atención. Su comportamiento, su fortaleza, su sumisión y a la vez su voluntad, sus creencias. Todo era demasiado contradictorio, demasiado complejo para tener cabida en su razonamiento. Ulquiorra quería saber, quería comprender por qué los humanos eran así y por qué reaccionaban de forma tan ilógica. Varias veces la había puesto a prueba y siempre la respuesta no había hecho más que añadir interrogantes en lugar de respuestas.

Esa vez era otra de ellas, y tal como esperaba, la respuesta de Orihime no lograba aclararle nada sino confundirle aún más.

Inoue Orihime no tenía miedo y aunque él fuera incapaz de entender el por qué, sabía que decía la verdad. Su ojo se lo decía ya que gracias a él podía percibir cosas que otros no podían. Y como en las ocasiones anteriores, el reiatsu de la mujer no mostraba la más leve vacilación. Lo más extraño de todo y lo más incoherente era que desde que Orihime había llegado a Las Noches, su reiatsu se veía más estable y reforzado cuando él estaba presente.

Era muy parecido a como lo percibió la primera vez que la vio, aquel día en que captó su atención cuando él y Yammy se enfrentaron con Kurosaki en el mundo humano. Era parecido a cuando él era una amenaza desconocida y el Shinigami sustituto era el único que podía protegerla.

Era incomprensible aquella sensación de seguridad y confianza que desprendía frente a alguien que con sólo alzar la mano sería capaz de matarla. Aparte de tratarla con corrección, Ulquiorra no recordaba haber hecho nada que hubiera dado pie a crear ese vínculo que Orihime parecía haber desarrollado hacia él.

Aunque Orihime tampoco había hecho nada, excepto ser como era, para que Ulquiorra se sintiera atraído hacia ella.

El Espada sólo podía calificarlo de curiosidad, pero era debido a que no estaba familiarizado con aquella maraña de emociones complejas a las que era incapaz de dar un nombre y que lo volvían todo mucho más confuso.

La mujer solía refugiarse en conceptos muy abstractos como por ejemplo, la amistad. ¿Pero qué era la amistad?, ¿acaso era esa sensación que notaba en su reiatsu? Él no podía comprenderlo si no se trataba de algo físico que pudiera ver claramente. Pero si era esa seguridad que desprendía su poder espiritual, ¿por qué era diferente a cuando en lugar de él, o antes Kurosaki, la mujer se refería a aquellos otros que calificaba como “amigos”?

Acababa de decirle que todo aquello no tenía ningún sentido y para colmo Orihime trataba de explicárselo mediante asociaciones aún más extrañas. Podía ser que un niño humano fuera capaz de entenderlo, pero hasta donde él sabía el corazón no era más que un órgano que bombeaba sangre para mantener un cuerpo con vida. ¿Por qué aquella mujer hablaba sobre el “corazón” como si fuese otra cosa distinta con atributos mucho más poderosos que el de hacer circular la sangre?

No podía verlo, por tanto, no podía entenderlo. Y sin embargo aquella mujer parecía tener un poder similar al de su ojo pero que la capacitaba para incluso ver cosas invisibles. Quizá sólo se tratara de aquello que los humanos llamaban “sexto sentido”, pero la verdad era que gran parte de la seguridad que desprendía Inoue Orihime radicaba en que sabía que él, por mucho que dijera lo contrario, no pensaba matarla.

Al menos no por el momento.

Ulquiorra sólo podía razonar sobre aquello que conocía, y como Hollow, lo que mejor conocía era el instinto animal. Aizen había dejado a la mujer a su cargo durante todo aquel tiempo y al final había acabado creándose un lazo entre ellos, aunque la naturaleza de ese vínculo siguiera siendo un misterio para él. Ni siquiera Ulquiorra sabía muy bien a qué se refería Aizen al decir, antes de su marcha, que Orihime ya no le era de ninguna utilidad, pero lo que el Arrancar podía tener por seguro era que Aizen no le había dejado a él al frente de Las Noches por pura casualidad.

De entre los Arrancar que quedaban en el Hueco Mundo, Ulquiorra Schiffer era el más fuerte, y con pocos más podía contar a la hora de defender Las Noches de los invasores. En cambio, el bando enemigo no sólo contaba con Kurosaki y sus amigos sino también con buena parte de las divisiones de la Sociedad de Almas que habían quedado atrapados allí. La lucha no estaba equiparada, al menos en cuanto a número. Si Aizen le había dejado a él al mando era porque, como creador de los Arrancar, sabía bien que eran igual de territoriales que los animales salvajes y odiaban que se entrometieran en sus propiedades. Los Espada podían tener Fracciones sobre las que gobernar, Grimmjow ya había reclamado como “suyo” a Kurosaki. Y Ulquiorra ahora tenía un territorio que defender, Las Noches, y una propiedad que conservar, Inoue Orihime.

Seguramente Aizen ya fuera consciente de que al final, después de tanta obligación, Ulquiorra acabaría considerando a la prisionera como suya. Que Aizen la necesitara o no para sus propósitos ya no importaba. Tampoco le había pedido que la matara, simplemente le había liberado de la orden de protegerla, Ulquiorra era ahora libre de hacer lo que quisiera con Orihime. La trampa psicológica creada sobre ambos al fin podría dar su fruto.

Daba igual que estuviera en inferioridad numérica. Tener a Orihime cerca convertía a Ulquiorra en un elemento mucho más peligroso de lo que ya era. Con tal de evitar que se la llevaran sería capaz de matar a cualquiera, ya fuera Shinigami, Capitán o Arrancar.

Ulquiorra Schiffer sabía que la mujer era consciente de a qué se refería al decir que iba a morir allí sola. No iba a ceder, y si se daba la circunstancia de ser derrotado, la mataría antes de dejarla marchar lejos de él.

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Se mirara por donde se mirara, Ulquiorra era el monstruo. De la misma manera, Orihime era la princesa o la doncella mientras que Ichigo era el príncipe o el caballero. Esa era la fórmula creada por los cuentos clásicos en donde el protagonista debe vencer al malvado para llegar a un final feliz donde todos fueron felices y comieron perdices.

O al menos eso es lo políticamente correcto, lo que la moraleja de las fábulas enseñan a los pobres niños inocentes sin capacidad de discernir dónde está la franja que separa al héroe del villano.

¿Qué pasaría si la princesa no quisiera ser rescatada y prefiriera quedarse con el monstruo?

Nadie planteaba jamás esa posibilidad. No tenía más que remitirse a las fuentes que así lo confirmaban, pero de todas formas, Inoue Orihime no podía evitar preguntarse si el hecho de aquel final alternativo eliminaba la palabra “feliz” del final. ¿Por qué no podía existir un cuento en el que las tornas cambiaran por completo? Obviamente no podría calificarse de final feliz en el sentido clásico de la literatura infantil, sería transgredir las normas establecidas y llevar la contraria al concepto sobre el cual se basaban. Sería un universo alternativo puesto que ninguna historia apostaba por la variante en la que la princesa y el villano acababan juntos y felices. Algo así podría ser calificado de retorcido y no apto para educar moralmente a los niños pequeños.

Pero Orihime no era ninguna niña pequeña. Que aquella idea rondara su mente, aunque sólo fuera un fugaz pensamiento rápidamente descartado, indicaba que algo en su subconsciente se estaba rebelando contra lo socialmente aceptado. Tenía edad suficiente para juzgar por sí misma, había vivido lo bastante como para saber que no todo era blanco o negro sino una mezcla de ambas cosas donde según el caso prevalecía una parte más que la otra.

Tenía la experiencia necesaria para plantearse en su imaginación aquel final alternativo y oscuro. Incluso podría casi declarar que conocía mejor al monstruo que al príncipe azul. El caballero que galopaba en su busca no era tan resplandeciente ni tan puro como lo describen los cuentos, también tenía algo de monstruo en su interior y ella lo había visto con sus propios ojos.

Por esa simple regla de tres, por todas aquellas evidencias, la pregunta se formulaba casi por sí sola trayendo consigo la respuesta. Había algo de héroe, de príncipe azul dentro de Ulquiorra de la misma manera que había algo de monstruo dentro de Kurosaki.

No todo era blanco o negro.

Los humanos tienden a protegerse de forma instintiva cuando algo les amenaza. Y el instinto de Orihime bien parecía tener un sentido del humor bastante peculiar porque la hacía reaccionar de forma totalmente incoherente, sintiéndose segura junto al Espada.

Incluso cuando sus largos dedos, habitualmente escondidos dentro de sus bolsillos, rozaron su pecho.

Las palabras que acababa de decir aún resonaban en sus tímpanos, y cualquier otra persona que no estuviese acostumbrada a la forma de hablar de Ulquiorra las habría encontrado lo suficientemente aterradoras como para echarse a temblar. Inoue, en cambio, se dio cuenta de que tras ellas no había más que curiosidad, al igual que no había nada que no fuera inocente en el atrevimiento de tocarla, más aún en un lugar como el pecho.

Ya había detectado que el Espada sentía cierta curiosidad acerca de los sentimientos humanos, no obstante, no era la primera vez que hacía notar su desconcierto. Pero sí que era la primera vez que mostraba abiertamente esa fascinación preguntando incluso con insistencia, tratando de dar su propia explicación. Aunque fuera la primera vez que hacía sus conjeturas en voz alta y en su presencia, se notaba que en más de una ocasión había establecido algún debate parecido en su propia mente tratando de encontrarle sentido a las palabras de Inoue.

Ella había intentado esclarecer sus dudas mediante una respuesta simple que él fuera capaz de entender. Pero no había sido posible. Ante todo tenía que tener en cuenta que Ulquiorra era un Hollow cuya máscara había sido arrancada para formar parte de una élite de soldados. Su único motivo para vivir era luchar y morir en la batalla. Podían percibir ciertas emociones pero era lógico que Aizen no hubiera querido dotarlos de una gran sensibilidad.

No podía culparle por no entender nada, ni siquiera podía reprocharle que sus dedos tantearan su pecho en busca del lugar donde se ubicaba su corazón. El mero hecho de mostrar esa curiosidad lo hacía más humano que los demás Arrancar, y aquello era un buen síntoma. Había notado que inicialmente la mano de Ulquiorra se había acercado al lugar donde él tenía su agujero de Hollow y aquello probaba que estaba haciendo todo lo que estaba en su mano por intentar comprenderlo. Si había algo parecido a lo que ella había explicado, algún lugar similar al corazón, donde nacían y se alimentaban las emociones y debilidades, ese era el agujero de los Hollow. No obstante, Ulquiorra rectificó la trayectoria dándose cuenta de que no estaba ante otro Arrancar sino frente a una humana.

Tomándole de improviso, Inoue rodeó la muñeca de Ulquiorra y dirigió su mano hacia su pecho izquierdo, presionándola contra él para que fuera capaz de notar los latidos de su corazón.

Latidos que golpeaban con fuerza, acelerados por la proximidad entre ellos, por aquella mano que cubría su pecho, por comprender al fin el por qué Ulquiorra siempre parecía estar amenazándola cuando en realidad, no era así.

Si hubiera tenido que explicárselo al propio Ulquiorra, el símil del monstruo tal vez le hubiera sido útil. Él era como el Frankenstein de Mary Shelley, como los habitantes de Halloween Town, cuyas buenas intenciones quedaban opacadas por su naturaleza oscura, por lo único que conocían o para aquello para lo que habían sido creados. Ulquiorra era igual, carecía de la sensibilidad para expresarse de otro modo que no fueran amenazas.

Mientras seguía sosteniendo la mano de Ulquiorra sobre su pecho, su otra mano trazó el camino opuesto, situándose sobre donde sabía que tenía el número cuatro tatuado.

Y lo sintió.

Aunque sólo fuera para mantenerlos en pie y hacerlos sangrar en la batalla, los Arrancar tenían corazón. Y el de Ulquiorra se aceleró aún más de lo que estaba en el preciso instante en que Orihime rozó su cuerpo.

La mujer tomó su otra mano y le hizo colocarla sobre aquel punto exacto. Con ambas manos, Ulquiorra sentía su corazón y el de Orihime latir al mismo ritmo. ¿Acaso era aquello lo que quería decir con que sus corazones eran uno sólo? No era la primera vez que sentía aquella sensación, a menudo ésta había estado relacionada con algún acontecimiento interesante o la proximidad de alguna pelea, aunque también muchas de las veces había tenido que ver con la cercanía de Orihime. Podía identificar aquel estímulo como excitación, aunque hasta ese momento nunca lo había relacionado con la excitación física.

Dispuesto a averiguar si sus corazones podían latir al unísono, si todo aquello era producto de una reacción física, el Espada acortó la distancia entre ellos, sus cuerpos rozándose levemente.

Entonces, de repente, algo amenazó con destruir aquella atmósfera de silenciosa confianza que los rodeaba. Una poderosa fuerza espiritual se aproximaba. Y toda curiosidad acabó transformándose en necesidad y urgencia.

Todavía podía notarlos. Los latidos de Orihime se habían vuelto tan violentos y continuos que era capaz de sentirlos aún habiendo desplazado su mano para rodear el busto de la mujer. Un débil gemido había escapado de sus labios cuando el Espada lo acarició con suavidad. La mano derecha de Orihime se despegó de la de Ulquiorra para alzar el camino hasta el cuello del joven, rodeando su nuca y atrayéndolo hacia ella.

Casi esbozó una sonrisa cuando sus miradas entraron en contacto a tan escasa distancia. Estaba acostumbrada a la mirada impasible de Ulquiorra y le resultaba hasta incluso cómico que ni en un momento como aquel sus ojos fueran incapaces de mostrar ninguna emoción. Sin embargo, seguía sintiendo cómo su corazón latía más fuerte según el contacto se hacía más íntimo y no tuvo más remedio que preguntarse si en alguno de sus encuentros anteriores el corazón de Ulquiorra había latido de igual forma sin que ella fuera capaz de advertirlo.

Ulquiorra sintió un extraño cosquilleo que en principio achacó al roce de los dedos de Orihime sobre la piel de su nuca, o tal vez a que el gesto había hecho que su cabello se moviera y le había hecho cosquillas. Era extraño porque no entendía que esa sensación se produjera en su abdomen cuando lo lógico era que se produjera en el sitio donde estaba teniendo lugar la acción, o sea, en su cuello. Sin tiempo para reflexionar más acerca de aquel asunto, de repente se vio inmerso en algo totalmente nuevo y abrumador a la vez.

En el tiempo que llevaba siendo un Arrancar no había tenido más experiencia que la de luchar y servir a las órdenes de Aizen, pero era consciente de que aquello que estaba a punto de producirse se llamaba “beso”. Y según tenía entendido los humanos se besaban como una forma de demostrar su amor mutuo. Si el concepto de amistad ya le resultaba complicado, esclarecer algo tan complejo incluso para los humanos como el “amor”, para alguien como él era algo totalmente imposible. ¿Tenía que ver el amor con el hormigueo incesante y creciente de su vientre?

La vio dedicarle una última mirada antes de cerrar los ojos y ladear ligeramente la cabeza. Los dedos sobre su cuello se cerraron con más fuerza terminando de atraerle hacia ella, haciendo que sus labios al fin se tocasen. Paralizado, los ojos de Ulquiorra se abrieron aún más, con sorpresa, para luego acabar cerrándolos.

Nada de lo que estaba ocurriendo podía ser aclarado por el poder de su ojo, así que no tenía ningún sentido mantenerlos abiertos. Con los ojos cerrados las sensaciones adquirían otra dimensión mucho más intensa. Seguía sin comprender qué estaba ocurriendo pero al menos podía decir que era agradable.

Consiguió sobreponerse al impacto de lo desconocido y siguiendo su instinto entreabrió la boca para acoger los labios de Orihime. Un beso leve, apenas un contacto entre sus labios. Encadenado con el primero llegó un segundo beso en donde sintió la humedad de la lengua de la mujer rozando sus labios.

El escalofrío que le subió por la espina dorsal sólo podía ser comparado con el ser atravesado por una Zanpakutou. Sentía un calor abrasador, y no era producto de un Cero impactando sobre su cuerpo. Todo a su alrededor se volvía rápido y vertiginoso pero no era por el Sonido. Sentía que su máscara caía rota en mil pedazos pero no era su máscara de Hollow. Algo se desataba en su interior haciéndole perder el control, pero no era su forma liberada.

¿Qué era aquello que le hacía avanzar con la urgencia de saber cual sería el siguiente paso? Sus manos recorrían las curvas femeninas de aquella mujer. Había invadido su boca para imponerse y dejar claro que pese a toda la confusión él era quien tenía el control, aunque ella lo hubiera iniciado todo. Había dejado escapar algún que otro jadeo mezclado entre el jugoso sonido de sus besos. Pese a la inexperiencia había ido guiándola según aquello que le hacía sentir con más intensidad, a veces breves roces con la lengua, a veces largos juegos en los que se entrelazaban quedándose sin respiración. Había acabado acorralándola contra la pared, sintiendo la calidez de su cuerpo templar su propia frialdad y el poder de sus reiatsus casi fundiéndose en uno sólo.

No sabía explicar qué era todo aquello que estaba experimentando, pero lo que sí tenía seguro era que aún sin conocerlo, había estado deseándolo desde el principio.

El tiempo apremiaba, el invasor estaba a punto de llegar. E Inoue Orihime sabía muy bien qué era lo que debía hacer.

Nada.

Sus dedos seguían aferrándose al cuello del Espada, adentrándose en su oscuro cabello, agarrándose a ellos cada vez que sus besos le producían una nueva punzada de placer. Sentía aquellas manos viajar por su cuerpo, desde sus pechos hasta sus caderas. Alzó una pierna enroscándola alrededor de la cintura del joven, permitiendo que descubriera sus muslos y haciendo de este modo el contacto más íntimo.

Sintió cómo abría la parte superior de su vestido, dejando a la vista su cuello y su escote. Ulquiorra abandonó su boca, y en aquel breve instante volvió a echarle de menos. Luego lo notó descender por su cuello para terminar posando una mezcla de violentos besos y mordiscos justo debajo de la base de su cuello. La pared no le permitía echar hacia atrás la cabeza para facilitarle el acceso, pero si hubiera podido, lo habría hecho. Porque Inoue Orihime sabía qué era lo que estaba ocurriendo puesto que Grimmjow se lo había explicado.

La estaba marcando como suya, aunque no mediante un agujero sino a través de marcas rojizas que tardarían lo suficiente en desaparecer como para que cualquiera de los que habían venido a rescatarla pudieran verlas. Con aquello había terminado de integrarla en su propio mundo. Había firmado algo que Inoue ya intuía; que la mataría antes de dejar que se la llevaran.

Sabía que aquella era la solución a todos los problemas que había causado. Podía llamarlo sacrificio pero no podía ser calificado como tal si había una parte de ella que deseaba quedarse con el Espada, sobretodo después de lo que estaba sucediendo.

El reiatsu del enemigo era tan palpable que indicaba que estaba a punto de llegar. Ulquiorra hizo el ademán de separarse para enfrentarlo, pero la mano de Orihime sobre su cabeza le hizo volver, sumergiéndole en su pecho. Necesitaba que la vieran aunque sólo fuera por un instante, que comprendieran que no tenían motivos para arriesgar sus vidas por alguien como ella, que era una traidora. De esa manera, desistirían, nadie más saldría perjudicado en ninguno de los dos bandos si ya no quedaban motivos por los que pelear. Debían olvidarse de ella y volver al mundo humano para brindar su apoyo a las divisiones que se habían quedado allí para pelear contra Aizen y los suyos. Debían proteger Karakura, no a ella.

Sucedió todo muy rápido, aunque esto no impidió que sin hablar Ulquiorra y Orihime se sincronizaran a la perfección y fueran capaces de entenderse, por primera vez, aún sin necesidad de palabras. El invasor hizo acto de presencia y, como era inevitable, la escena que estaba teniendo lugar fue lo bastante impactante como para dejarle fuera de juego unos segundos.

Orihime se sujetó con fuerza al cuello de Ulquiorra, impidiéndole que pudiera atacar y entonces sacó de su bolsillo la pulsera que éste le había dado el día en que se marchó con él hasta el Hueco Mundo. El Espada vio cómo se la colocaba en su muñeca y comprendió que con aquel gesto estaba negando su voluntad de ser rescatada. Sólo hizo falta que el Espada hiciera uso del Sonido para trasladarla junto a él a un lugar recóndito de Las Noches donde nadie salvo ellos, los Arrancar, podrían localizar el reiatsu de Inoue Orihime.

Quizás de ese modo, aquel final alternativo que Inoue había imaginado, pudiera tener un final feliz.

Castillo de arena

  • Mar. 30th, 2009 at 2:55 AM

Sumario: A Mello le gusta la playa pero a Near no, y mucho menos como para celebrar allí su cumpleaños. ¿Seguirán con la misma opinión al final del día?

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Siempre que alguno de los chicos de Wammy’s House cumplía años, se organizaba algo especial, eran huérfanos y no tenían a nadie más salvo aquellos con los que compartían su vida en aquella casa. Ese pequeño detalle les hacía darse cuenta de que, tal vez no tuvieran padres o hermanos, pero tenían algo parecido a una familia.

Pero para Near, la idea de ese año era más un castigo que una celebración. ¿Quién habría tenido la brillante idea de llevarlos a la playa precisamente para celebrar su cumpleaños?, ¿acaso nadie se había preguntado que lo más probable sería que lo último que a Near le gustaría hacer en su cumpleaños era ir a la playa? El exterior, el sol, la playa… Sólo de pensarlo, Near se estremecía pensando hasta el último momento que quizás se tratara de una broma de mal gusto.

Se dio cuenta de que no lo era cuando tuvo delante el autobús al que ya empezaban a subirse los chicos, ataviados con ropa veraniega y multitud de cosas para disfrutar del mar y la arena. Resignado, Near se subió también llevando consigo un pequeño cubo de plástico con paleta y rastrillo. Al menos así mataría el tiempo de alguna forma, porque no pensaba abandonar la sombrilla y mucho menos poner un pie en el agua. Con lo bien que lo habrían pasado quedándose en la casa… Lástima que esta vez no se hubiera enterado con tiempo suficiente para poder provocarse una faringitis comiendo hielo del congelador por las noches, como cuando planearon ir a la playa el verano anterior.

Durante las casi tres horas de camino, Near lo único que era capaz de pensar era “Vaya asco de cumpleaños” mientras intentaba ignorar el ambiente de excitación que reinaba en el autobús. De vez en cuando era capaz de distinguir la voz y las risas de Mello, quien seguramente ya estaría planeando un sin fin de cosas que hacer, lo peor de todo era que, entre ellas seguro que habría alguna que le incumbirían. ¿Qué sería lo que Mello habría pensado esta vez para molestarle? La última vez la gracia había acabado en una conjuntivitis debida a la gran cantidad de arena en sus ojos.

Cuando llegaron, todos los chicos salieron en estampida hacia el agua, dejando todas sus cosas esparcidas en la arena. Sin embargo, estaba claro que Near no tenía prisa por llegar. Se quedó rezagado tardando un tiempo exagerado en colocarse una gorra que le protegiera del sol. Una vez hubo reanudado la marcha oyó una voz a su lado.

- Ya sé que no es lo que más te habría gustado pero de vez en cuando es bueno que te de el sol. Sobre todo el agua del mar y la brisa marina son beneficiosas para la salud.- se excusó Roger al ver que el homenajeado era el menos interesado de todos.

Near asintió mecánicamente sin protestar pensando que su salud habría estado igual o mejor si se hubieran quedado en casa.

Se colocó debajo de una sombrilla sin ni siquiera pasársele por la cabeza el quitarse la gorra o la camiseta. Pidió a un chico que le llenara el cubo de agua y empezó a construir un castillo de arena. Con suerte, cuando llegara la hora de irse, tendría un castillo de arena gigantesco.

Entretanto, los demás chicos se divertían en el agua o en la arena. Unos buceaban buscando peces, otros jugaban a la pelota en la orilla, recogían conchas, se adentraban en el mar con colchonetas hinchables, hacían carreras a ver quién llegaba primero nadando a aquella roca que emergía de entre las aguas… Llevaba ya un buen rato haciendo el castillo, tenía ya toda la base y parte de una de las torres, cuando vio que Matt salía del agua y se dirigía hacia donde él estaba. Intentó no hacerle caso, pero era imposible. Con lo grande que era la playa, ¿por qué demonios tenía que ponerse justo donde él estaba? Sabía lo que ocurriría después; era cuestión de tiempo que Mello apareciera por allí, y si por un golpe del destino se había olvidado de él, Matt había elegido el lugar exacto para hacérselo recordar.

- ¿Qué tal?- dijo Matt mientras se sentaba y cogía su mochila.- ¿No te bañas?

Near consideró absurdo responder ya que su cara parecía decir a gritos “¿Tengo yo cara de querer bañarme?”, pero aunque fuera sólo por educación respondió de forma mucho más simple.

- No.- y siguió a lo suyo, con su castillo de arena.

- El agua está un poco fría, entiendo que no te apetezca. Además, esto de la playa cansa tanto…- dijo sacando su consola portátil y tumbándose en la toalla. Matt, al igual que Near, no estaba acostumbrado a demasiada acción.- He tenido toda la noche cargando la batería por si acaso.

- Uh.- respondió Near. Matt le caía bien, pero precisamente en ese momento no le apetecía entablar conversación, y mucho menos cuando Mello estaba al caer por allí.

Near miró de reojo hacia la orilla mientras colocaba pequeños cuadraditos de arena moldeada que hacían de almenas. Mello estaba saliendo del agua. Se acercaba… Iba llegando y parecía enfadado. Near se encogió sobre sí mismo tratando de ocultarse inútilmente con la gorra. Oyó sus pasos y se encogió aún más. Oyó sus pasos alejarse… Y miró, aliviado por haber pasado desapercibido.

-¡MATT!, ¿eres imbécil o qué?- gritó Mello, salpicando de agua todo a su alrededor.

- ¡Cuidado! Como se moje esto se estropeará.- dijo Matt, protegiendo su videoconsola de la lluvia de agua que Mello despedía.

- ¿Ah, sí?- dijo Mello y acto seguido se dio la vuelta y cogió el cubo de Near, todavía lleno de agua hasta la mitad.- ¿Ves esto? Pues como no apagues eso ahora mismo, no dudaré en tirarle el agua encima.

- Bue… bueno, vale.- dijo Matt, atemorizado porque sabía que si no lo hacía el destino de su preciado videojuego sería fatídico. No tenía duda alguna de que Mello era capaz de tirarle el cubo de agua.

- ¿Es que se puede ser más soso?- protestó Mello.- Para un día al año que venimos a la playa vas tú y te pones a jugar a esa mierda.

- Vale, ya está, tranquilo, ya la he guardado.- dijo Matt, asegurándose que su mochila quedaba bien cerrada frente a posibles ataques.- ¿Contento?

- Sí, mucho más contento, ahora vamos a echar una carrera nadando hasta allí.- propuso Mello. Matt estaba a punto de quejarse inútilmente porque sabía que al final acabarían haciendo la maldita carrera y Mello acabaría ganando. Pero Mello, al soltar el cubo de donde lo había cogido antes, advirtió la presencia de Near.

Mierda, me ha visto.” Pensó Near, aunque siguió moldeando la arena como si se mantuviera ajeno a todo lo que pasaba a su alrededor.

- Bueno, rectifico Matt. Sí que hay alguien más soso que tú.- dijo Mello, agachándose hasta quedar frente a Near.- ¿Te vas a quedar ahí todo el día?

Near no lo miró.

- ¿Tú no ibas a echar no sé qué carrera?- respondió Near, intentando que Mello se olvidara de él lo antes posible.

- Sí, pero ahora mismo estoy más intrigado en saber por qué te quedas ahí con toda la ropa puesta.

- Si tuvieras la piel tan blanca como la mía evitarías que te diera el sol.- contestó Near. Mello tenía la piel clara, pero no tanto como la suya. Alzó la vista levemente para comprobar que tanto los hombros como la nariz y las mejillas de Mello empezaban a tomar un color rojizo.- Aún así deberías usar crema, te estás quemando.

- Ya, pero no me cambies de tema. Eres tú el que está en la sombra con toda la ropa puesta, es una contradicción en sí misma.- el rostro de Mello se volvió peligroso.- ¿No será que ocultas algo ahí debajo?

- ¿Qué?- preguntó Near, sin saber a qué se estaba refiriendo. Estaba claro que no ocultaba nada, sólo que no se sentía cómodo estando en bañador delante de tanta gente cuando no era necesario ya que no tenía pensado bañarse.

- A ver… qué es lo que tenemos por aquí…- dijo Mello agarrando la camiseta de Near y tirando de ella.

- Suéltame. Desde luego no sé qué cosas raras estás pensando.- se quejó Near, forcejeando con Mello.

Finalmente desistió, pues si seguía resistiéndose acabarían rodando por el suelo y destrozando su castillo de arena. Tan sólo sería el tiempo justo de que Mello se diera por satisfecho y volviera al agua, entonces volvería a ponerse la camiseta. Así que en uno de los tirones de Mello, Near alzó los brazos haciendo que el rubio se llevara la camiseta junto con la gorra.

- Ya has conseguido que tenga que pasarme media hora poniéndome crema por todo el cuerpo.- bufó Near.

- Ja, ja, ja.- rió Mello, cogiendo uno de los brazos de Near, levantándolo y acercándose mucho para observar algo.- ¡Lo que te pasa es que te da vergüenza quitarte la camiseta porque ya te están saliendo pelillos!

De entre todas las cosas que Mello podía decir, aquella era sin duda la más absurda. ¿En serio creía que no quería quitarse la camiseta por aquello? Ojalá la intervención de Mello en ese día se redujera a ese comentario tan tonto.

- No tienes de qué preocuparte, yo también tengo, y Matt.- dijo Mello alzando sus brazos con orgullo.

- ¿De verdad crees que me preocupa eso?, ¿crees que a alguien más que a ti le interesa lo que le pase a mis axilas?- dijo Near, ignorándolo y empezando a untarse crema protectora de factor 50 especial para bebés.

- ¿Entonces qué coño pasa contigo?- preguntó Mello, rodeando a Near e inspeccionándolo con atención.- No tienes barriga.- un dedo curioso se hundió en el vientre de Near.- Y tampoco veo que tengas nada raro debajo de toda esa pringue que te estás untando. Aunque a lo mejor…

Los dedos de Mello sujetaron peligrosamente el elástico de la cintura del bañador. Antes de que tuviera ocasión de hacer lo que fuera que estuviera pensando hacer, un chorro de crema protectora impactó contra su cara.

- ¡¿Te importaría dejar de tocarme?!- se defendió Near.

- ¡Ah!, ¡mi ojo!- gritó Mello.- ¿Eres tonto? No iba a hacerte nada pero ahora… ¡Tú te lo has buscado!

De repente, un golpe y una nube de arena. Una pelota que se había escapado sin control derribó a Near llevándose por delante el castillo de arena.

Mello, aún con un ojo medio cerrado, evaluó sus alternativas; los chicos estúpidos que habían dejado ir la pelota destrozando el castillo y golpeando a Near, o el propio Near que trataba de levantarse aturdido por el golpe con todo el cuerpo rebozado en una mezcla de crema y arena.

- ¡MATT!, ¡Cógelo!- ordenó Mello.

Matt dudó. Todo había pasado tan rápido que no sabía qué era aquello que debía coger.

- ¿El qué?

- ¡A NEAR!, ¿A QUIEN VA A SER?- gritó Mello antes de salir en busca de los chicos de la pelota.

Aunque su rostro parecía estar pidiendo perdón, Matt hizo lo que Mello había pedido. Cuando Near se estaba incorporando, escupiendo arena y limpiándosela de los ojos, Matt lo levantó del suelo rodeando con sus brazos la cintura del pequeño.

Near pataleaba y trataba de deshacerse de Matt. Éste lo sujetaba con fuerza aunque era difícil, pese a que Near no era alto y estaba delgado, pesaba demasiado como para que pudiera retenerlo mucho tiempo, más aún cuando no dejaba de moverse y para colmo se le resbalaba por culpa de la crema protectora.

- ¡Suéltame, Matt! Sabes que no quieres hacer esto.

- ¡No te muevas más o te harás daño!

Matt no tenía ni idea de qué era lo que Mello pretendía, se limitaba a intentar sujetar bien a Near hasta que su amigo volviera, y esperaba que fuera pronto o el pobre Near se haría daño si caía al suelo. Near tampoco sabía qué sería lo que pasaba por la mente de Mello, aunque podía imaginarlo. La idea era tan desconcertante… Le estaba escuchando recriminar a aquellos niños, gritándoles, diciéndoles que por su culpa la pelota había roto el castillo y le había golpeado, que si acaso estaban ciegos para no haberse dado cuenta que él estaba allí… Y, sin embargo, ahí estaba Matt, reteniéndole porque por lo visto Mello tenía algo planeado para él.

- ¡MELLO DATE PRISA!- gritó Matt notando que Near se le resbalaba.

Mello llegó justo a tiempo para evitar que Near se cayera al suelo. Ayudó a Matt agarrando las piernas del chico. Inclinó la cabeza indicando que fueran hacia el agua.

Near no paraba de moverse, sobre todo después de ver el gesto de Mello. El agua… ¡NO! Mello no podía ser capaz de algo así. Sabía de sobra que le daba pánico, ¡que ni siquiera sabía nadar!

¿Por qué todo lo que les relacionaba carecía de sentido?

¿Qué sentido tenía que regañara a aquellos chicos por hacerle daño si luego él mismo se encargaba de hacerle algo que le dolía más que un simple balonazo en la cabeza?

¿Por qué le decía que le odiaba y luego le protegía?

¿Por qué le protegía para luego hacerle esas cosas?

¿Por qué, si era cierto que no le soportaba, no se contentaba con ignorarle sin más?

- Uno, dos y… ¡TRES!

Los confusos pensamientos de Near se vieron interrumpidos por el frío del agua. Se hundía y no era capaz de oír nada más que sonidos amortiguados. Aunque no sabía nadar esperaba alcanzar el fondo para poder tomar impulso. Por un lado pensaba que esta vez Mello se había pasado de la raya y que bien merecía un escarmiento por ello, pero por otro lado le invadía una extraña sensación de tranquilidad. El contacto con el agua no estaba siendo tan terrible como había imaginado. Le daba pánico el mar, sí, y siempre había tenido la impresión de que si algún día caía en aguas profundas se ahogaría porque, debido al miedo, no sería capaz de razonar siquiera cual sería el método más adecuado para permanecer a flote. Pero la sensación no estaba siendo esa y la culpa la tenía Mello. Porque si Mello estaba allí no dejaría que le ocurriese nada.

Efectivamente, Near estaba en lo cierto, y lo supo en el mismo instante en que una mano le agarraba de la muñeca y tiraba de él hacia la superficie.

Cuando salió lo primero que hizo, de forma instintiva, fue sujetarse al cuello de Mello. Éste se quedó mirándole entre extrañado e incómodo. Near comprendió esa reacción porque él se sentía igual. No estaba acostumbrado al contacto físico, y Mello también lo sabía, pero… ¿qué quería que hiciera?, ¡no sabía nadar!, ¡no tenía otra alternativa!

- ¿Qué haces?- dijo Mello al ver que Near lejos de soltarse, lo que hacía era agarrarse con más fuerza.

- Intentar no ahogarme, es obvio.- dijo Near, deseando que lo sacaran del agua cuanto antes, nunca se había visto en una situación tan embarazosa. Algo rozó sus pies y antes de que pudiera pensar qué es lo que había hecho, había rodeado la cintura de Mello con sus piernas.

- ¡NEAR!- gritó Mello sintiéndose cada vez más confuso. Si ya era raro tener a Near colgado del cuello, más lo era tenerlo con las piernas alrededor de su cintura.

- ¿Qué era eso?- preguntó mirando hacia el agua.

- ¡NEAR!, ¡NO ME SEAS NENAZA!- exclamó Mello forcejeando para quitarse a Near de encima.- ¡Pues sería un pez!, ¿qué esperabas?, ¿Qué te atacara un tiburón en la orilla?

- ¿Orilla?

- ¡Sí, Near!, ¡SUÉLTAME!, ¡haces pie perfectamente!- desveló Mello.

En ese momento, la vergüenza se apoderó de Near, pero aún así no se atrevía a soltarse, ¿y si Mello estaba mintiendo? Sin quererlo aflojó la presión para inclinarse y comprobar que lo que decía Mello era cierto. Instante que Mello aprovechó para empujarle y hacer que cayera de nuevo al agua.

El agua otra vez… Y Near fue consciente de que Mello decía la verdad. No estaban más que a unos metros de la orilla. Ridículo… Se puso en pie y confirmó que el agua no le llegaba más arriba de los hombros. Ridículo, no. Ridículo espantoso.

Sintió que las mejillas le ardían, tal vez fuera la vergüenza, o tal vez fuera a causa del sol, o tal vez fuera que las mejillas de Mello también se habían vuelto de un color más intenso. Lo más sensato sería volver a su sombrilla y olvidar que todo aquello había pasado.

Sin decir nada, y viendo que Mello seguía allí parado mirándole en un ataque de súbita timidez, se dio la vuelta para salir del agua.

- Deberías pensar en las consecuencias antes de actuar.- murmuró Near.

Aquellas palabras consiguieron sacar a Mello de su trance.

- ¿Es que siempre tienes que salir con el mismo tema?- protestó Mello.

- Es que es la verdad.- dijo Near, deteniéndose y girándose un poco para mirarle.- Si tan horrible te parecía la idea de que me agarrara a ti, no haberme tirado al agua. Creo que me conoces lo suficiente como para haber sabido cual sería mi reacción.

- Y yo creo que me conoces lo suficiente como para saber que no te tiraría en un sitio donde no hicieras pie. Te odio, vale, pero no tanto como para matarte.- se excusó Mello.

- Si me odiaras tanto como dices nada de esto habría ocurrido.

- Vale, admito que hay veces que se me olvida sólo un poco lo mucho que te odio, pero en seguida me lo recuerdas cuando te pones así.

- Si no me pusiera así, molestarme no tendría gracia, ¿no?

- Ah, admites que te pones así porque te gusta que te moleste.

-¡AHHH!- gritó Matt volviéndose loco con aquella conversación absurda, acaparando las miradas de los dos chicos.- ¿No os dais cuenta que vivís en un círculo vicioso? Tú le odias porque siempre te recrimina lo que haces, y él te recrimina lo que haces porque tú lo haces para molestarle y así siempre, día tras día, siempre igual. Me aburro, ¿puedo irme?

- ¡NO! Tú te quedas ahí.- dijo Mello y se volvió de nuevo hacia Near.- Si alguna vez probaras a hacer las cosas sin pensar dejarías de ser tan aburrido.

- No puedo. Y esa es la gran diferencia entre tú y yo.

- Ah, ¿y es eso lo que te hace mejor que yo?- dijo Mello con rabia en la voz.- Porque si es así, no pienso cambiar, no voy a dejar de ser como soy sólo por superarte. Si ser el número uno significa ser como tú, prefiero no serlo. Ya te he dicho que eres muy aburrido.

- Nadie ha hablado de ser mejor o peor. Simplemente somos diferentes. Tú tienes tus maneras de actuar y yo tengo las mías. Lo único que te he aconsejado es que deberías tener en cuenta las consecuencias de lo que haces porque puede que éstas no te gusten.

- ¡Y dale con que puede que no me gusten!- exclamó Mello, su rostro enrojeciéndose más y más.- ¡Si lo que estás buscando es que confiese que me ha gustado que te pegaras a mí como una lapa, lo haré!, ¡me ha gustado!, ¿vale?, ¿estás contento ya?

- Mello…- murmuró Matt, asustándose por el cariz que estaba tomando todo aquello.

Mello no lo escuchó. Estaba tan furioso con Near porque siempre conseguía sacarle de sus casillas, porque tenía esa habilidad de manipularlo todo y conseguir siempre lo que se proponía que lo último que le importaba a Mello era lo que Matt dijese en ese momento.

- ¡Me ha gustado porque te he visto ponerte colorado!, ¡porque por primera vez he visto que te has dejado llevar olvidándote de tus estúpidas manías!, ¡me he sentido orgulloso de ser la única persona que ha conseguido sacar a la luz al Near humano que se ruboriza y tiene miedo!

Al oírlo, Near sintió sus mejillas arder de nuevo. Mello tenía razón, se había dado cuenta de que aquel impulso no había sido un acto propio de él.

- Ya lo sé.- murmuró Near, girándose y dándole la espalda.- Eso es lo que te gusta de mí. Me proteges de los demás porque te consideras el único con derecho a descubrir lo que hay en mi interior.

- ¡¿CÓMO TE ATREVES A INSINUAR ESO?!- gritó Mello, molesto y confuso por la respuesta de Near.- ¡INSINUAR QUE TE QUIERO SOLO PARA MÍ!

Y como era habitual en Mello, actuó sin pensar en las consecuencias, sin tener en cuenta la advertencia de Near. Las consecuencias no siempre tenían que ser las esperadas, no siempre tenían que ser agradables…

Estaban cerca, por lo que lo alcanzó cuando el chico aún no había avanzado más que unos pasos. Sin avisarle, desde atrás consiguió taparle la boca con la mano. Daba igual que Near tratara de apartarle, Mello era más fuerte que él y estaba furioso, no soltaría la mano por mucho que Near le clavara las uñas. En un gesto rápido, volvió a hundirlo en el agua. Estaban en un sitio poco profundo por lo que Mello sólo tenía que agacharse un poco para conseguir mantener a Near acorralado contra la arena del fondo.

Las manos de Near intentaban aferrarse al brazo de Mello, pero sólo resbalaban sin conseguirlo. Sus piernas se movían en todas las direcciones, sus pies se hundían en la arena sin poder encontrar un punto de apoyo con el que ejercer fuerza para salir, tampoco encontraban las piernas de Mello para apartarlo de él con una patada.

Pero sabía que Mello sería incapaz de hacerle daño.

- Near… Near…- murmuraba Mello entre dientes apretando, apretando…

- ¡Mello, déjalo ya!- oyó decir a Matt, que se acercaba bastante alarmado.

- No puedes decir eso…- seguía murmurando Mello como si hablara con Near aunque éste no pudiera escucharlo.- ¡No puedes saberlo! No puedes saber todo sobre mí mientras tú sólo muestras lo que quieres que yo vea.

- ¡MELLO!- exclamó Matt observando que Mello estaba tan absorto que no se daba cuenta de que el agua estaba empezando a calmarse. Le empujó pero no consiguió derribarle.- ¡PARA, VAS A AHOGARLO!

Mello abrió los ojos como si hubiera despertado de un mal sueño. Soltó la mano que cubría la boca de Near y descubrió con horror que Matt estaba en lo cierto. Near no se movía. Su cuerpo comenzó a subir ya que nada lo retenía ahora. Su rostro… Los ojos cerrados y la piel de un color cercano al morado.

- ¡NEAR!- gritó Mello con desesperación. No podía ser verdad, simplemente no podía…- ¡Matt, ayúdame!

De forma instintiva, Mello rodeó los hombros de Near y lo apretó con fuerza contra su pecho. La cabeza inclinada con miedo y arrepentimiento, sus cabellos rubios acariciando la piel de Near movidos por las débiles olas, sus ojos aprisionados contra el hombro inerte mientras sus lágrimas se mezclaban con el agua de su cuerpo mojado.

Matt sostuvo las piernas de Near y entre ambos jóvenes lo sacaron del mar. Lo tumbaron sobre la arena y, asido por los hombros, Mello lo zarandeaba esperando alguna respuesta.

- ¿Qué hacemos?- preguntó, asustado.

- Si tiene agua en los pulmones hay que sacársela o no podrá respirar.- sugirió Matt.

- Bien. Vamos, ayúdame.- dijo Mello a la vez que los dos se colocaban entorno al cuerpo de Near.

No tenían una idea clara de cómo se hacía, pero lo habían visto en muchas películas y más o menos entendían el procedimiento. Mello se puso de rodillas al lado de la cabeza de Near, colocándola un poco elevada sobre sus piernas. Si lo dejaba totalmente horizontal podría atragantarse al expulsar el agua. Matt se colocó a horcajadas a la altura del vientre, con las manos unidas buscando el hueco entre las costillas. Presionó tres veces y Mello, tapando la nariz de Near y abriéndole la boca posicionó la suya sobre ésta para insuflarle aire. Estaba demasiado asustado y demasiado nervioso como para que algo así le causara turbación.

Estaba demasiado asustado y demasiado nervioso como para darse cuenta de que Near respiraba y había expulsado una bocanada de agua que había retenido a propósito.

- ¡Ha echado agua, Matt!- informó Mello con alivio.- Otra vez.

Repitieron lo mismo varias veces pero no consiguieron sacar más agua.

- ¿Por qué no reacciona? Si no vuelve en sí es que debe tener más agua pero no conseguimos sacarle más. ¡Ve a buscar a Roger, esto es muy raro!-propuso Mello.

Matt se marchó en busca de Roger, pero Mello no pensaba quedarse de brazos cruzados. Seguiría intentándolo. La piel algo enrojecida en el pecho de Near indicaba el lugar donde Matt había estado presionando y que ahora era su objetivo. Al colocar las manos sintió los latidos del corazón. Near estaba vivo, ¿qué demonios pasaba?, ¿qué estaban haciendo mal?

Empujó tres veces y con rapidez acudió a soplarle más aire. Nada. Otra vez, presión y aire.

Aunque ahora sí que notó algo. Algo suave que se introducía despacio en su boca. Por un momento pensó que se trataba de algún pez que Near había tragado y que era el causante de su asfixia.

A pesar del sabor salado del agua de mar, todavía podía reconocerse el gusto dulce del chocolate. A Near le habría gustado probar su sabor original en la primera vez. Pero aquellas eran las consecuencias y había que atenerse a ellas, como bien sabía.

En seguida se dio cuenta de que, en realidad no se trataba de ningún pez. La boca de Near se había cerrado un poco, sentía contra su nariz la débil respiración que poco a poco se iba haciendo más fuerte. Se agachó un poco más sobre él, haciendo el contacto más cómodo, más profundo. No se negó a aquella invitación, aquella prueba de vida que entraba en contacto con su lengua, rozándola para retirarse tímidamente. Mello le siguió a la vez que lágrimas de alivio surgían de sus ojos para deslizarse y fundirse con sus labios que acababan de separarse. Volvieron a rozarse, salados y húmedos, y se entreabrieron por instinto ya que ninguno de los dos había hecho aquello antes. Un rastro de dulce saliva brilló en el labio inferior de Near cuando la lengua de Mello lo rozó antes entrar en su boca y unirse de nuevo. Esta vez más que una simple caricia, pequeños toques intercalados con largos roces que cada vez se hacían más profundos necesitando una entrega que hizo que incluso sus dientes chocaran. Respondían al unísono, se entremezclaban siguiéndose el uno al otro como si se adivinaran los pensamientos. Se sentían cómodos así, siendo Mello quien invadía, quien marcaba ese ritmo que Near correspondía sin dificultad.

- No encuentro a Roger…¡¡¡¿¿PERO QUÉ CO…?!!!

Toda la magia se desvaneció en el mismo instante en que oyeron la voz de Matt. Se separaron rápidamente. Mello notó que Near se movía, había entreabierto un poco los ojos pero en seguida sintió que la mano de Mello le impedía moverse. Lo entendió y volvió a hacerse el desmayado.

Daba igual lo que hicieran, sus mejillas y bocas mostraban un color intenso que nada tenía que ver con el sol. Sus labios brillaban por algo que tampoco tenía nada que ver con el agua de mar.

- ¡No es lo que parece!- se excusó Mello, apretando a Near contra la arena mientras pensaba que por favor, por nada del mundo se le ocurriera levantarse de allí.

- ¡¿Ah, no?!- exclamó Matt, sorprendido, dolido, rabioso.- ¡Te he visto perfectamente sacar la lengua de su boca!, ¡POR SUPUESTO QUE ES LO QUE PARECE!

Mello lo vio salir corriendo hacia el agua, con los ojos apretados por la furia.

- ¡TE ODIO, MELLO!

- ¿PERO QUÉ HACES?

-¿TÚ QUÉ CREES?- se paró un instante, dándose la vuelta con el agua a la altura de las rodillas.- ¡IR A AHOGARME A VER SI A MI TAMBIÉN ME HACES ESO!

- ¡AHHRRGG, MATT!- gritó Mello, desesperado sin saber a quien atender si al celoso Matt o al inerte Near.

Ahora que estaba claro que Matt se había alejado, Near abrió los ojos. Mello lo miró, aún aturdido por lo que había pasado. Habría entendido el encontrar una expresión parecida en el rostro de Near, incluso habría entendido no encontrar ninguna expresión. Para lo que no estaba preparado era para encontrar esa sonrisa. La típica sonrisa de Near, aquella que ponía cuando hacía algo bien, cuando se le ocurría algo particularmente ingenioso. Esa sonrisa que le hacía recordar que por cosas como esa, era por lo que lo odiaba. Mello no se entretuvo a pensar que a lo mejor es que Near no sabía sonreír de otra manera y su verdadero significado era un misterio, podía ser una sonrisa de complicidad o simplemente la sonrisa tonta que sigue al primer beso. A Mello no le importaba cual fuera su significado, la única traducción que encontraba era la de sonrisa maquiavélica y retorcida.

Porque esa traducción explicaba a la perfección todo lo que había ocurrido.

- ¡NEAR!- exclamó sintiendo cómo rugía su rabia interior, sus ojos abriéndose avergonzados y furiosos.- ¡TODO ESTE RATO HAS ESTADO FINGIENDO!

En la mente de Mello se sucedían velozmente todas las imágenes, comprendiendo y sintiéndose cada vez más ridículo. ¡Y pensar que había llorado por miedo a que le hubiera pasado algo a Near por su culpa!, ¿tan cruel era Near de querer hacerle pasar por aquel momento tan angustioso? Y después le había besado y…¡oh, horror!, ¡le había correspondido! Ni siquiera se dio cuenta de que aquella era una reacción muy extraña en un ahogado, sólo se dejó llevar con sus sentimientos cegados por la alegría de saber que Near estaba bien. Y ahora que lo pensaba…

- ¡Pervertido!- le incriminó Mello.- ¡Todo esto era una estrategia para besarme!, ¿no es verdad?

- Bueno, en realidad no. Sólo lo hice por ver si de verdad me odiabas, por saber hasta qué punto yo te importaba. Lo del beso… lo hice sin pensar.

- ¡Mentira! No eres capaz de hacer las cosas sin pensar, tú mismo me lo dijiste antes.

-Alguna vez tenía que ser la primera.- dijo Near encogiendo sus pequeños hombros sin borrar la sonrisa.

A lo lejos se oían voces alarmadas. Entre ellas alguna reclamaba la presencia de Mello.

- ¡Mello!, ¡¡Matt está haciendo cosas raras!!

Mello gruñó y descargó su frustración en un golpe contra la cabeza de Near.

-¡Ay!

- ¡Que sepas que ahora te odio más que nunca!- anunció antes de levantarse para acudir en ayuda de Matt y excusarse en voz alta.- Matt no es como tú, él es capaz de ahogarse de verdad a propósito.

Corrió hacia el agua teniendo muy claro que por mucho que Matt se ahogara ya había tenido suficientes besos por el momento.

Near se levantó y volvió a su sombrilla pensando que, después de todo, el día de su cumpleaños no había sido tan horrible como había imaginado. La idea de ir a la playa había ofrecido muchas más posibilidades que la de quedarse todo el día haciendo un castillo de arena. Precisamente no recordaría aquel cumpleaños como el día en que logró hacer un castillo de arena gigantesco…

Defectos

  • Mar. 30th, 2009 at 2:43 AM

Sumario: Sé que nunca me atreveré a decírtelo, mi Princesa, pero hay cosas que no puedo evitar observar en ti. Tus errores, tus defectos. Porque eres como cualquier otro ser humano. Y aún así te amo. Pensamientos de Darien sobre Serena.

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Posiblemente nunca te diga todo lo que pienso de ti. ¿Para qué? sé que heriría tus sentimientos, y eso es lo último que quiero, mi princesa. Pero es que hay cosas que, por más que yo me empeñe en negarlas, siempre estarán ahí. Rei te lo ha dicho muchas veces, sé que tus amigas otras cuantas más. Tu hermano, tu padre o tu madre, incluso Luna y Artemis. Eso sin dejar de lado a nuestra querida Rini.

En cambio yo siempre he guardado mis comentarios para mí. Y así será por siempre. Sin embargo, eso no significa que no piense nada al respecto.

Porque no puedo negar que eres la persona más desordenada que he conocido. Tu habitación, las pocas veces que he entrado, siempre ha estado hecha un desastre. Ropa por aquí y por allá, algunos peluches, cuadernos, cosas personales... de todo. Y ni hablar de tus apuntes. No sé cómo entiendes lo que escribes, princesa. Tu letra roza lo ilegible, escribes fuera de las márgenes, haces dibujos tapando lo importante. Me pregunto por qué los profesores no te regañan cuando presentas un examen.

Y, ahora que hablo de exámenes, no puedo negar que eres una pésima estudiante. Odias absolutamente todas las asignaturas y no les prestas atención. Y luego andas quejándote porque recibes notas bajas. ¿Pero qué quieres? no te esfuerzas ni una pizca en conseguir un buen resultado. Te duermes encima de los libros, sin haber leído ni un párrafo. No haces tus tareas, no repasas tus clases, no haces nada. Te preocupa más estar con tus amigas o conmigo, que estudiar.

Y luego lloras, como solo tú sabes hacerlo. ¿Alguna vez te has puesto a pensar que lloras más que un bebé? haces un escándalo por todo, Princesa. Porque sí, porque no. Nada te deja satisfecha. Y cuando quieres algo, lloras un mar hasta conseguirlo. Tus gritos podrían dejar sordo a cualquiera, ¿te lo ha dicho alguien? Y cuando hablas, las palabras que salen de tu boca son casi inentendibles porque pronto empieza a faltarte el aire de lo desesperada que te pones. Y no te importa que sea yo quien tenga que soportar cada vez que haces un berrinche. Serena, Serena...

Aparte de todo, mi amor, no sé por qué demonios tienes que ser tan impuntual. Llegas tarde a todas partes, incluso a las citas que te he programado con días de anticipación. Siempre que te invito a alguna parte, acabo esperándote más de media hora porque tú nunca puedes llegar a tiempo. Ni que tuvieras que arreglarte tanto...

Y luego de eso, me pregunto por qué te amo. Y me encuentro mirándote a los ojos y la respuesta llega a mi mente. Porque eres única, y me haces el hombre más especial del mundo. No concibo mi vida sin ti a mi lado, Serena.

Envidia

  • Mar. 30th, 2009 at 2:43 AM

Risas.

Oh, cómo las odiaba.

Demostraciones de agrado, de conformidad, de alegría… De patética felicidad.

Últimamente salían bastante a menudo de la boca de la sangre sucia. No sabía si siempre las había habido o si tenía algo que ver el que hubiera centrado su atención en ella. Prefería no pensar mucho en ello.

-¡Oh, vamos, Ron! El profesor Snape no es tan malo…

Más burlas hacia su mentor y profesor favorito, la única persona cuerda en ese maldito colegio de sangres sucias. Tener que lidiar con personas que no sabían apreciar esto era denigrante.

La desagradable voz de esa Weasel se hacía oír desde la mesa de Slytherin sin problema.

- ¡Nos bajó puntos por reírnos, Hermione! Y no me irás a decir que no estuvo buenísimo lo de la Amortentia.

La chica le miró con expresión de querer reñirle, pero se notaban los esfuerzos que hacía por no reír.

-No tuvo gracia, Ronald.

- ¡Qué dices! ¿No viste cómo tonteaba con Malfoy? “Excelente, señor Malfoy”.- dijo Ron imitando la voz sedosa de su profesor de pociones.- “Nunca había visto tanta perfección. La textura, el gusto, la tonalidad,… Simplemente espléndido. Ya podrían hacerlo esos inútiles tan bien como usted”. ¡Por Merlín, faltó muy poco para que le hiciera una invitación sobre una visita nocturna a su despacho!

Harry y Ron estallaron en carcajadas y Hermione no pudo reprimir una pequeña sonrisa.

“Idiotas, reíd mientras podáis” pensó Draco apretando tanto los dientes que empezaron a dolerle. ¿Quiénes se creían que eran esos bufones para burlarse de esa manera de él? Envidia, eso era lo que tenían. Él elaboraba pociones antes y mejor que ellos y, por supuesto, el profesor Snape le elogiaba por ello. Además de patéticos, malos perdedores.

-Draco, enseguida empezará la segunda hora de pociones.- comentó a su derecha Pansy.

Pero él no prestaba atención a sus palabras, estaba demasiado ocupado observando la mesa Gryffindor lívido de rabia. Si las miradas matasen, Weasley estaría ya carcomido por los gusanos. Pero como no era un basilisco, tendría que aguantarse.

Se fijó en la sangre sucia, no se había unido a las burlas. Tal vez se pensaba tan especial que creía que no merecía la pena ni hablar de él. “Egocéntrica”.

Ante las insistentes quejas de su compañera, no tuvo otra que levantarse y dirigirse de mal humor hacia las mazmorras.

Risas.

La sangre sucia no se reía como sus dos estúpidos amigos. El sonido de su voz era más claro y limpio, sin un atisbo de malicia. Sacudió la cabeza. “Será cosa de muggles” pensó mientras fruncía el ceño al darse cuenta de que extrañas cosas se le pasaban por la cabeza. Debía estar volviéndose loco.

Apenas prestó atención a la clase, dejando que su compañera Pansy, casi tan buena como él en pociones, hiciera todo el trabajo. Pensaba en cómo podría vengarse de esos tres. De Potter y Weasley, por idiotas que se creían graciosos, y de Granger por ser una sangre sucia insoportable y engreída.

No tuvo que hacer nada.

Escuchó unas risitas a su lado y giró la cabeza para saber qué estaba pasando. Nott lanzaba miradas cómplices a su compañero Blaise, que parecía muy divertido por alguna razón desconocida. Llevaba en la mano un puñado de brotes de Luparia —algo que extrañó a Draco, pues en esta poción no se necesitaban— y se iba acercando disimuladamente al caldero de Weasley y Granger, quienes se hallaban discutiendo por lo que seguramente sería una estupidez y daban la espalda al recipiente de latón.

Cuando la sangre sucia se volvió hacia su caldero para seguir con la poción, esta burbujeaba con violencia y era de un color fangoso —y en verdad, parecía fango—. Extrañada, echó el siguiente ingrediente, raíz de Belladona.

Al instante, Draco comprendió la broma con una sonrisa burlona.

El caldero estalló, derramando a su paso un líquido viscoso y maloliente por el suelo y por una sorprendida chica.

Los alumnos de los calderos contiguos pegaron un brinco, pero recuperados del susto inicial se sumaron a la carcajada general que se había estallado.

- ¿Qué ha ocurrido aquí?- inquirió Snape caminando hacia ellos, observando el desastre.- ¡Reparo! – exclamó apuntando a lo que quedaba del caldero de latón. Éste recuperó su forma inicial al instante.

El profesor dirigió su mirada hacia la imagen —“Verdaderamente patética”— de Granger abriendo y cerrando la boca sin emitir sonido alguno.

-Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? Cincuenta puntos menos para Gryffindor.- dijo Snape saboreando cada una de sus palabras.- Señorita Granger, tendrá que cumplir un castigo después de la clase. Deberá recoger todo el desastre que ha provocado por no leer correctamente mis instrucciones.

La chica lo miró con espanto, no parecía muy acostumbrada a los castigos. “Patética sabelotodo que no incumple ni la más tonta norma”.

-Profesor, ha sido culpa mía, debí haber cortado mal las raíces o cogería alguna planta que no era.- se apresuró a decir Ron saliendo en defensa de su amiga.- No puede castigar a Hermione, ella ha seguido sus instrucciones al pie de la letra.

Draco pensó que debía irse con mucho cuidado, pues el complejo de héroe reprimido parecía ir expandiéndose.

-La verdad siempre sale a la luz. Con su incompetencia en el sagrado arte de las pociones no me extraña en absoluto que haya provocado tamaño desastre. Remplazará a Granger limpiando, y espero ver el suelo reluciente.

“Lo extraño sería que lo estuviera” pensó Draco mirando con repulsión el piso lleno de mugre.

-¡Pero qué dices, Ron!- oyó que le susurraba Granger a Weasley.- No, profesor, el caldero explotó después de que yo añadiera el último ingrediente, por lo que yo fui la única responsable de esto. No castigue a ron, yo soy la culpable de este accidente.- la voz de Granger rozaba la súplica. Draco hizo una mueca de asco.

-¡No, fui yo!- protestó Ron.

-Qué imagen tan enternecedora.- comentó Snape con desdén- Ya que ambos parecen culpables y lo admiten, compartirán el castigo. Y ahora…

No hubo nada en el resto de la clase que fuera digno de atención. Draco observó molesto como Hermione sonreía a Ron agradecida, y éste le guiñaba el ojo. Verdaderamente, se esperaba la estupidez de auto-incriminarse por parte de Weasley, pero ¿Granger? Al parecer era más estúpida de lo que aparentaba. ¿Por qué decir que había sido ella si Weasley había dedicido como un idiota cargar con el muerto? Carecía de sentido. “Gryffindors” pensó con sorna.

Al finalizar la clase, se dirigió junto con Pansy, Crabbe y Goyle hacia un recoveco de las mazmorras, donde solían pasar las horas libres molestando a los de primero. A Pansy le gustaba casi tanto como a él “abusar” de sus privilegios como prefectos.

-Gracias, Ron. Fuiste muy amable al decir…

-No fue nada, Hermione.

Las voces de los chicos atrajeron la atención de los slytherin, dejando que un niño de segundo — increíblemente molesto, por cierto—aprovechara la oportunidad y se fuera corriendo de allí.

-“Gracias, Ron”.-repitió Pansy con voz chillona.- Por Morgana, ¿se puede ser más ridícula que ella?

Draco sonrió. Pansy, al ser de su misma clase, podía distinguir sin problema a alguien inferior y actuar en consecuencia.

-Pero enserio, no tenías por que…

-¡Deja de repetirlo! ¿Para qué están los amigos?

Pansy bufó con burla y Crabbe y Goyle la imitaron. Draco los miró de reojo. “¿Para qué están los amigos?” repitió Draco mentalmente. Esa simple pregunta lo había dejado desconcertado, ¿habrían salido en su defensa Pansy, Goyle y Crabbe? ¿Habrían plantado cara a un profesor si le hubieran castigado injustamente? “No,” pensó con amargura mientras veía como sus compañeros se burlaban de las palabras de Weasley, “no lo habrían hecho”.

Pero, ¿acaso él habría hecho lo mismo que Weasley si hubiera sido Pansy la perjudicada? Lo dudaba.

Weasley había dicho que justo para eso estaban los amigos, para ayudarse entre sí. ¿Qué significaba eso? ¿Acaso él no tenía amigos? Draco sacudió la cabeza con violencia ante la incredulidad de los presentes. Aquello era imposible. ¿Por qué él, que era superior en todos los aspectos a Granger, no poseía algo tan insignificante como eran los amigos?

Recordaba al niño de segundo de antes. Se había burlado del chico, y el muy arrogante le había contestado que las personas como él se quedaban sin amigos. ¡Maldito crío! “Pero, ¿y si tiene razón?” ¿Él problema era él? ¿Es que no era un buen amigo? ¿Qué tenía que le impedía tener amigos? Porque no podía ser algo que no poseyera porque, modestia a parte, él era perfecto.

Miró a la sangre sucia, que salía en ese momento de las mazmorras riendo junto al pobretón. En el hipotético caso —y remarcaba hipotético— de que Granger sí tuviera ese algo necesario para tener amigos, ¿qué era?

Risas.

Risas claras y limpias.

Se sintió enfermo al comprender qué se le pasaba por la cabeza.

Envidiaba a una sangre sucia.

Definitivamente, estaba volviéndose loco.

Pequeño sufrimiento

  • Mar. 30th, 2009 at 2:42 AM

Sumario: Date cuenta, Harry, aunque pasen mil años seguiré esperándote.

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“¿Nunca te has puesto a pensar, mi niño, por qué a veces trataba de no hablarte? Para no sentir esas odiosas mariposas en el estómago, y no sonreír como tonta todo un día. Tenía que evitar que alguien lo notara. Nadie debía saber mi más oscuro secreto.

¿Sabías que siempre intenté olvidar tu hermosa sonrisa? Estaba intentando hacerme más fuerte, porque tú me vuelves débil y tu sonrisa me desarma.

Pero sé que entre tú y yo nunca podrá haber nada, porque te fijaste en ella y no en mí. Soy tu amiga, soy tu apoyo, soy quien te ayuda a tratar de conquistar a Cho. Ella no sabe lo que se pierde, pues te rechaza como si pudiera haber alguien mejor que tú. ¡Y eso es injusto! Sufres tú, sufro yo… ¿por qué no me puedes dar una oportunidad?

Date cuenta, yo estoy esperando por ti. Pueden pasar mil años, y otros mil más, pero siempre esperaré a que te des cuenta de que estoy enamorada de ti. No lloraré, no gritaré, únicamente seré paciente, porque sé que llegará mi momento.”

—Y seguiré aquí, esperando por ti —murmuré en voz baja, en medio de los pasillos desiertos de Hogwarts. Estaba en otra de mis rondas como prefecta, aguantando las lágrimas que pugnaban por salir de mis ojos cafés. Todos mis pensamientos se aglomeraban en aquellas lágrimas perdidas.

Te vi al otro lado del pasillo, hablando con ella. Era imposible no verla, pues en algo tenías razón: Era preciosa.

No quería interrumpirlos, pero me quedé -como buena masoquista- mirándote, desviviéndote por Cho. Aunque eras tímido, estabas decidido a tratar de acercarte a ella ese día. La Ravenclaw, por su parte, te sonreía con cierta frialdad, no quería darte falsas ilusiones.

“Te siento tan lejano cuando la ves. No estoy celosa, simplemente me da rabia verte tomarla de las manos, y que ella las retire. Cada vez que cierro mis ojos, oigo tu voz lejana, en algún punto de mi cabeza. Me persigues hasta en mis sueños, a pesar de que sea a ella a quien persigas en la realidad.

Este es un pequeño sufrimiento que debo aguantar.”

—Mírame —dije en un susurro. Era muy poco probable que lo hicieras, por el momento sólo tenías ojos para Cho Chang.

“Estoy aquí, esperándote, rogando por un instante. Espero por una mirada, un gesto o una sonrisa. Voy contra la corriente que es mi conciencia y me repito que hay que tener paciencia: Algún día te darás cuenta que estoy aquí a tu lado, Harry.”

No pude evitar lanzar una silenciosa maldición cuando te inclinaste para tratar de besarla. Mala jugada la tuya; ella te abofeteó con fuerza y se marchó corriendo. No esperaba menos, pero el verte anonadado en medio del pasillo me hizo sentir desolada.

Escucha mi silencio, interpreta mis miradas. Date cuenta que estoy a tu lado, y no te abandonaré. Entiende que por ella no gira el mundo, y tú puedes estar sin amarla. Mírame a mí, que estoy a un costado, que siempre estaré esperando por ti.

Aunque el futuro difiera del presente, sé que en algún momento observarás a tu costado, entenderás que te amo y serás feliz junto a mí.

Lo dicen las estrellas, que lo saben todo. Lo dice el viento, que nos mira todo el tiempo. Todos los saben menos tú: Nacimos para estar juntos.”

— ¡Harry! —exclamé con todas mis fuerza, tratando de llamarte. Tú alzaste tus ojos verde esmeralda y me sonreíste.

—Hermione… —me dijiste en voz baja. Corrí hacia ti y te aprisioné en un abrazo. Quería infundirte valor. Quería que entendieras que, aunque ahora ella sea tu pequeño sufrimiento y tú seas el mío, podremos hacer algo para cambiarlo. Y… quizá haya llegado el momento de iniciar el cambio.

—Harry. —El tono de mi voz era decidido. No podía dejarme ganar por Cho, era una Gryffindor. Sí, podría esperarle mil años más, pero no debía hacerlo. —Me estaba preguntando si tú quisieras… —titubeé un poco —, si tú quisieras ir conmigo al salón de té de Madame Pudifoot en nuestra próxima salida a Hogsmade.

Me miraste sin saber que decir. Parecías no comprender las palaras que acababa de pronunciar.

—Sí, me encantaría Hermione —contestaste, esbozando una sonrisa. Me sentí feliz. Tal vez fueras mi pequeño sufrimiento, pero eso no significaba que las cosas no pudieran cambiar.

Si tu supieras

  • Mar. 30th, 2009 at 2:41 AM

Sumario: Cuando sentimos algo tan fuerte por otra persona, pero los dolores del pasado nos generan dudas somos incapaces de reaccionar debidamente ante las alegrías que trae el amor.

 

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Camino entre la multitud pensando en ti, desde el primer momento en que te vi fue como si mi corazón fuera a salirse de mi pecho, tus ojos azules, ese rebelde cabello negro y tu pálida faz… robaron mi aliento con tan sólo escucharte decir “Buen día”… de tan sólo recordarlo me ruborizo de nuevo.

Me detengo y levanto mi mirada al cielo como buscando tus ojos… sí esa mirada que es capaz de destruir mis barreras, barreras que tantos dolores que ayudaron a levantar y que tú tiraste con sólo una frase trivial y una ligera sonrisa. ¿Acaso esto es amor?

Muchas personas me dicen que el amor es difícil de encontrar pero con mis barreras y mi frialdad me será imposible, me pregunto si eso será cierto… ¿De verdad el amor para mí está negado? Muchas experiencias me han dado una respuesta positiva en esto, pero pensar en estar a tu lado, que me dediques tu sonrisa y esa amable mirada llena de luz y estar entre tus brazos al menos una vez sería suficiente para dejar atrás todas mis barreras y frialdad.

Continúo mi camino a la escuela y de lejos te miro llegar, llamas la atención de varias compañeras por lo que veo… pero si tú supieras que robaste mi corazón desde ese primer día en que llegaste muy probablemente serías menos distante…

-Buenos días- me dices con esa hermosa sonrisa tuya.

-Buen día- respondo con timidez, creo que mi cabeza me ha llevado lejos esta vez.

Te quedas mirando mi rostro con curiosidad, sé que estoy ruborizada por tanto pensar en ti y tenerte frente a mí en este momento. Retiras algo de mi rostro y después sonríes de nuevo, siento como si corazón saliera de mi pecho nuevamente, ¿Acaso te das cuento de eso?...

-Tenías un pétalo sobre tu frente- me dice mostrándomelo.

-Gracias por quitarlo- respondo temiendo que huyas al notar que me gustas…

Alguien te llama de lejos, es una de tus compañeras de clase, la saludas con la mano y vuelves tu mirada nuevamente a mí, me siento afortunada, quisiera gritar lo que siento y abrazarte tan fuerte…

-Debo irme, te veo luego Lizbeth.

Sólo asiento con la cabeza y corres hacia aquella compañera que te llamaba, camino dentro del edificio y sin mirar a nadie camino con rapidez al aula donde dejo mis cosas y me dejo caer en la butaca de nuevo pienso en ti…

Algo dentro de mí me pide que me detenga, que no sienta esto… Son los recuerdos de aquellas veces que terminé llorando a mares y con el corazón roto en mil pedazos por traiciones o por no ser correspondida… temo que suceda de nuevo. Quizás lo mejor será observarte de lejos, soñarte pero jamás decirte lo que siento por ti…

No puedo concentrarme en las clases, de por sí no suelo ser participativa pero ahora estoy distante… sólo puedo pensar en tu mirada y en tu sonrisa… ¿Está bien que sólo te sueñe?

-¿Te pasa algo Lizbeth?-

La voz de Nadya me despierta de mi sueño, debo estar muy distante como para que ella venga a preguntarme eso en plena clase…

-Sí- respondo titubeante –Sólo me duele un poco la cabeza…- digo para tratar de justificar mi distracción.

-Entonces ve a la enfermería Lizbeth- me dice la profesora Jenkins.

-Sí- respondo poniéndome de pie y caminando hacia la puerta, todos me miran de forma curiosa, como si adivinaran por lo que estoy pasando.

Camino lentamente en busca de la enfermería, ni siquiera me duele la cabeza pero estar fuera del salón, lejos de todas esas miradas curiosas a mí alrededor es mejor que nada…

-¿Lizbeth?-

Esa voz capta mi atención… ¡Eres tú! Me miras consternado, es rara la vez que yo visite la enfermería, tu mirada preocupada me llena de esperanza… quizás sí tengo una oportunidad de decirte lo que siento y ser correspondida por ti…

-¿Sí?- respondo distraída.

-¿Estás bien? ¿Te sientes mal?- preguntas con dejo de angustia.

-Sólo es un leve dolor de cabeza, nada que un analgésico no quite- respondo con amplia sonrisa, producto de mis ilusiones.

-¡Qué alivio!- te veo más tranquilo, cierras tus ojos para volverlos a abrir con una mirada llena de ternura.

-¿Tú te sientes bien?- alcanzo a decir antes que mis emociones me traicionen y diga algo de lo que posiblemente me arrepentiré más tarde.

-Sí, estoy ayudando a la enfermera Grace porque no vino el profesor Harris y no quería estar en el salón lleno de ruido-

-Vaya…- respondo curiosa -¿Te molesta estar en el aula cuando no hay profesor?- pregunto dejando notar un poco de mi interés por ti, espero a ver si lo notas…

Tu rostro continúa con la misma expresión cordial y amable, suspiras volviendo tu mirada hacia la ventana y con seriedad respondes:

-Sí, verás…- te detienes un segundo para volver a mirarme –mis compañeros son algo ruidosos y no me permiten pensar, ni leer, ni platicar a gusto, por eso prefiero salirme a ayudar aquí, y… ¿ves? Ahora mismo estoy teniendo una charla genial contigo sin necesidad de escándalos-

Me sonrojo sin poder evitarlo, estás prestándome tu atención y no sólo eso, estás disfrutando de mi compañía y de platicar conmigo… siento que mi corazón va a explotar de la emoción que me da al escucharte decir eso… te sientas a mi lado, es una fortuna que la enfermera no esté y pueda conversar contigo…

-¿Quieres que te dé el analgésico?- me preguntas retomando tu preocupación.

-Esperaré a la enfermera, no hay problema, tampoco el dolor es tan fuerte- respondo tratando de calmar tu preocupación.

-Oye Liz…- murmuras mirando hacia el suelo.

Te miro curiosa, tu tono de voz me deja fuera de mí, jamás te había escuchado hablar con timidez y debo admitir que me gusta…

-¿Dime?- pregunto tratando de infundirte confianza y puedas continuar.

-Me preguntaba si…- te detienes para mirarme con curiosidad –Si quisieras salir conmigo hoy por la tarde, claro, si no tienes muchos deberes.

Sonrío inevitablemente, es algo que me encantaría hacer pero no puedo articular palabra alguna… me siento angustiada porque mi gran felicidad está impidiéndome responderte, siento como si mi cabeza explotara y mi corazón se saliera de mi pecho… Sólo alcanzo a asentir con la cabeza y con mi amplia sonrisa que trata de disimular el mareo que estoy sintiendo.

-¡Perfecto!- exclamas con alegría cuando llega la enfermera Grace –Señorita Grace a Liz le duele la cabeza, y acaban de tocar el timbre para cambio de clase… te veo luego Liz-

Sales de la enfermería con esa sonrisa que jamás podré olvidar, la señorita Grace me da el analgésico y yo la miro con curiosidad, como si no supiera qué hacer con la tableta… ella me mira con tierna mirada y me dice:

-Es bonito enamorarse ¿verdad?- su sonrisa y actitud me llenan de paz, es comprensiva y logra calmarnos cuando estamos eufóricos y deprimidos…

-Sí- respondo feliz, aunque dentro de mí dudo que pueda ser posible que él estuviera enamorado de mí.

La señorita Grace nota mi inseguridad y tomando mis manos, me sonríe y me dice:

-Mira Lizbeth, al amor no hay que temerle, lo que no mata te hace más fuerte, y cuando tu corazón se rompe y sientes que no puedes enamorarte una vez más te das cuenta que el corazón es más fuerte de lo que parece-

Sus palabras me motivan a averiguar si él está interesado en mí de verdad… aunque mis miedos hacen que dude… ¿Qué debo hacer? ¿Hacer a un lado mis miedos y salir con él, o cancelarlo todo con cualquier pretexto?...

El resto del día de clase es igual, clase de matemáticas, ciencias… y yo sin poderme concentrar, no puedo definir qué quiero hacer en verdad… por fin miro el reloj del edificio central y están a punto de tocar el timbre para marcar la salida, no puedo esperar más… aunque, por el otro lado preferiría tener más tiempo para poder pensar en qué voy a hacer.

Por fin suena el timbre y lentamente guardo mis libros y me alisto para salir del salón, Nadya me mira preocupada, está esperándome quisiera poder decirle todo lo que me pasa pero no quiero que se burle de mí… la miro intentando tranquilizarla y con ligera sonrisa le digo:

-Adelántate, probablemente yo me tarde un poco más, quiero hablar con la señorita Grace un rato-

Nadya me mira curiosa, pero finalmente accede a irse sola y agitando su mano izquierda me dice que nos vemos el día de mañana y que espera llegue mejor, yo sólo puedo sonreír, de verdad es que no puedo ser más cerrada, por una cosa así hago toda una tormenta... miro hacia el patio, estando aún dentro del salón… él está ahí, ¿Esperándome?...

‘Tengo que intentarlo, aunque sea ésta vez’

Me digo tratando de darme fuerzas y valor, no puedo dejar que algo así cierre mi mundo… salgo del salón decidida a ir con él y charlar todo lo que nos sea posible. Salgo del edificio de aulas y le miro de lejos, está platicando con un par de sus compañeros… me mira y sonríe, es como si sus ojos se iluminaran al verme ¿Por qué?...

-¡Hola Liz!-

Su voz me muestra el entusiasmo que le da el verme… sus compañeros me miran extrañados… es como si se preguntasen porqué está tan emocionado de verme a mí en específico…

-Hola Rich…- digo sonriente y saludo amable a sus compañeros de clase, quienes responden a mi silencioso saludo con ligeras sonrisas.

-Bueno Jack, Salomón les veo mañana en clase, adiós- me toma de la mano y salimos de la escuela juntos…

 

Siento la mirada de sus compañeros y algunas chicas del colegio sobre nosotros, algunos curiosos, mientras que algunas chicas nos miran celosas, supongo que él debes ser muy popular en su grado… claro, es inteligente y muy guapo… sobre todo su mirada y esa sonrisa que es capaz de dejarme sin aliento.

Caminamos en el parque y me cuentas todo lo que te gusta el soccer, que el profesor de matemáticas no te soporta porque siempre aclaras tus dudas sin quedarte callado, comprendo algunos de tus sueños a futuro… te cuento los míos y lo que me ha pasado también, siempre tratando de evitar el tema del enamoramiento que para mí es delicado. Estoy tan feliz de que compartamos nuestros sueños y experiencias… quisiera que este momento nunca terminara.

-Oye Liz…- interrumpes el silencio que en el momento nos rodeaba, sólo te miro curiosa y con amplia sonrisa, aunque por dentro temo que me digas que te gusta alguien más… que quisieras que te ayudara… todos mis pensamientos y emociones encontradas me impiden concentrarme en tus palabras.

-Espera…- te digo antes de dejarte seguir, creo que ya me han lastimado mucho y escucharte decir eso me rompería el alma… -No pude escucharte, la verdad estoy muy desconcentrada, perdóname…-

Camino con rumbo a mi casa dejándote ahí mirándome marcharme, tu rostro se ve desencajado y no comprendo porqué… me detengo en la esquina y te miro, me siento morir… sabía que debía mirarte sólo de lejos, que no debía ilusionarme contigo… Mi miras de pie mirándote y corres hacia mí, gritas mi nombre pidiéndome que te espere, no sé si quiero hacerlo… algo dentro de mí me dice que me vaya, mientras que algo me impide moverme… ¿Qué pasa conmigo?

-Lizbeth…- dices jadeante por haber corrido –Me gustas mucho…-

¿Es en serio?... ¿Acaso eso dijo y yo salí corriendo?

-¿Qué?- te pregunto sin poder creerlo.

-De verdad que no me escuchaste nada- ríes ya más calmado –Te decía que siempre te miraba de lejos y que siempre que estabas sola leyendo me preguntaba qué pasaría si supieras que un popular jugador de soccer escolar estaba loco por ti…-

Sólo puedo mirarte, mis ojos se llenan de lágrimas, yo sentía justamente igual, siempre que le veía jugando soccer o entrenando me preguntaba ¿Y si tú supieras lo que siento por ti qué pasaría?...

-¿Por qué no lo dijiste antes?- pregunto curiosa y totalmente sonrojada, tus manos sobre mis mejillas secando las lágrimas que rodaron sobre ellas… me sonríes con ternura, tu mirada está llena de luz…

-Porque creí que sólo te agradaba charlar conmigo, como siempre pareces muy distante…-

Bajo la mirada de pronto, es cierto, yo misma he cerrado toda oportunidad de que se acercase a mí, y todo por mis miedos… ¡Sí que la señorita Grace tenía razón!.

-Yo también me preguntaba qué sucedería si tú supieras que me gustas mucho…- mi voz es temerosa, ‘Quizás se ría’ me digo internamente, pero me siento mejor de haberlo dicho.

Me abrazas, siento como si mi corazón fuese a salirse de mi pecho y mi cerebro a estallar… y de pronto me doy cuenta que tú atraviesas por lo mismo, tu pulso está muy acelerado… ¡Es cierto, te gusto tanto como tú a mí! Estoy emocionada, quisiera que este momento no terminara nunca.

El tamaño no importa

  • Mar. 30th, 2009 at 2:39 AM

Sumario: Near le cuenta a Misa las razones de la derrota de Kira, dándole una gran lección sobre subestimar a las personas sin conocerlas o sin saber precisamente sus firmes estrategias.

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Misa observaba fieramente al joven de cabellos blancos hacerse un gracioso bucle con sus dedos, no pudo soportarlo más y frunciendo los labios mientras cristalinas lágrimas caían de sus ojos color azul, comentó:

— ¿Cómo es posible que un mocoso como tú lograra vencer a Kira? —Misa tenía la rabia bien marcada en cada una de sus palabras— ¡Misa-Misa no lo comprende! —sus mejillas adquirieron un tono rosado y las lágrimas comenzaron a deslizarse por su rostro incontrolablemente— Light-kun dijo que todo había acabado, ¡Él dijo que ya nada nos separaría!

Near sólo le dedicó una mirada carente de emociones mientras con sus pálidas manos comenzaba a formar una enorme torre de cartas; Misa no podía con el dolor que llenaba su corazón, el joven detective sólo la miró monótonamente, mientras se disponía a contestar a su cuestionamiento y al mismo tiempo completaba su rascacielos de naipes.

—Amane-san, le agradecería un poco de respeto hacia mi persona y al mismo tiempo le suplico que conserve la calma, no debe ponerse a gritar, es bastante molesto y sólo muestra su carencia de madurez —continuó mientras jugueteaba con el último naipe antes de completar exitosamente la figura de la torre Eiffel compuesta única y exclusivamente de naipes blancos— Logré vencer a Kira debido a que Yagami Light me subestimó.

— ¿Cómo que te subestimó? —inquirió completamente desconcertada, a lo cual Near simplemente comenzó a juguetear con sus pequeñas marionetas eligiendo la de Lawliet como la central y colocando la marioneta de Mello y la de él mismo detrás del legendario “L”.

Poco después de eso sujetó dos marionetas más, colocando la de Takada junto a la de Mikami, luego tomó la marioneta de “Kira” colocándola frente a las del tercer y el cuarto Kira.

—Te lo explicaré breve y conciso, trata de prestarme atención ya que no pienso repetírtelo dos veces —Near movió la marioneta de Kira y la marioneta de Lawliet una frente a la otra—. Como es evidente, Yagami Light se encontró con “L” y… —fue interrumpido por Misa, la cual simplemente dijo con tono infantil.

—Misa sabe que Ryuuzaki, L o cómo se llame tenía otro nombre, Misa quiere que dejes de utilizar ese seudónimo para referirte a él —Near ladeó la cabeza y Misa simplemente dijo lo que podía aumentar la credibilidad de su argumento—. Se llamaba Elle Lawliet, Misa lo sabe porque Light-kun se lo dijo poco después de que Rem lo asesinara.

—Si me permites proseguir con mis análisis te lo agradecería mucho Amane-san —Misa sólo ladeó la cabeza con gesto ofendido y Near lo interpretó como un “haz lo que quieras”, restándole importancia a esa acción prosiguió— Light venció a “L” usando el poder del cuaderno y con eso creyó que todos los obstáculos desaparecerían, pero en la casa Wammy nos enteramos de lo sucedido y eligieron a los más capacitados para sustituirlo —tomó un hondo respiro mientras colocaba las piezas de Takada y Mikami a ambos lados de Kira, pero al mismo tiempo colocaba la figura de Mello y la suya junto a la de L— Mello y yo fuimos los seleccionados para este trabajo, pero Kira al ver la diferencia de opiniones pensó que sería un trabajo muy fácil; no tomó en cuenta que antes de secuestrar a la señorita Takada Mello vino a verme —movió a Mello y a Takada al centro ante la mirada de una consternada Misa— Me comentó sus hallazgos y lo que tenía planeado hacer… Pero él estaba consiente que ya no seguiría con vida, sin embargo la información fue muy útil —Near quitó la figura de Takada y acercó la de Mikami y Kira a la de L— Puede que Yagami Light superara a L, pero no pudo superarnos. La razón es que Mello y yo trabajamos como un equipo; Light no esperaba que trabajáramos juntos, él sólo esperaba encontrarse conmigo y al ver que soy sólo un niño pequeño pensó que tenía la partida ganada.

—Pero es cierto, eres sólo un niño —comentó Misa golpeando el suelo fuertemente y haciendo que su torre Eiffel de naipes se desplomara en el suelo.

Near sólo vio la montaña de naipes caer ruidosamente en el suelo y mirando a Misa, inexpresivamente utilizó su figurita para tirar a Mikami y para finalizar su juego, usó la figura de Mello junto a la suya para derribar a Kira y poner a L detrás de ambos.

—Lo mismo que tú has dicho fue lo que propició la derrota de Kira —Near realizó otro bucle con su cabello—. Pensó que un adolescente no podría detenerlo ya que era una de las pocas personas tan poco racionales que aún creía en la filosofía antigua, le faltó entender que no todo es lo que parece —su discurso aún no había terminado, sujetó la figura de L frente a su rostro y prosiguió—. Para Kira, Elle Lawliet era el peligroso, simplemente por que lo consideraba a su nivel, pero piensa… ¿Crees que Kira se tomaría enserio a un par de jóvenes que intentarían cazarlo después de la muerte de L?

— ¡Claro que no! —gritó Misa, era imposible creer que alguien se tomaría enserio a dos niños.

—Pero nos subestimó y creyó que tenía la partida ganada —Near simplemente continuó jugando con su cabello—. Debió aprender mientras que convivía con L… que el tamaño no importa.

—No te entiendo —Misa tenía muchas preguntas rondando su cabeza y sin más Near continuó su relato.

—Las hormigas pueden cargar el doble de su peso y no morir aplastadas, ese es un gran ejemplo de fortaleza y si ignoras el pequeño tamaño que poseen son criaturas formidables —Misa comenzó a comprender y Near no pudo evitar preguntarse ¿Cómo era posible que existiera alguien tan tonto?— Teniendo este ejemplo como base, es posible que un pequeño niño con un coeficiente intelectual superior al promedio pueda vencer a un adulto con el mismo coeficiente intelectual de alguien superdotado.

—Déjate de rodeos Near —Misa comenzaba a perder la paciencia y antes de que derribara otra de sus preciadas construcciones de naipes Near explicó en pocas palabras algo que se había omitido en la conversación.

—Yagami Light nunca aprendió una gran lección —el joven de cabellos blancos se levantó de su asiento y caminó hasta el lugar donde antes se encontraba su figura de la imponente torre ubicada en Paris intentando reconstruirla nuevamente con sus naipes—: nunca debes subestimar a tu enemigo…

Predecible

  • Mar. 30th, 2009 at 2:38 AM

Sumario: Tengo algo que decirte: eres muy predecible.

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Tengo algo que decirte: eres muy predecible.

Te levantaste antes que yo. Como siempre haces.

Es increíble cómo habiéndote quedado despierta hasta pasada la medianoche puedas haberte levantado tan temprano. Y yo me quedé despierto hasta que tú ya estuviste en tu cama. El problema es que yo sí soy normal. Yo sí necesito una cantidad razonable de horas de sueño.

Y habrás bajado a desayunar, y te habrás encontrado con tus muchachos. Y te habrán dicho alguna estupidez y tú te habrás reído. Sé que tienes la risa fácil... Pero ellos no son tan ingeniosos.

Y te habrás servido té, y le habrás puesto cuatro cucharadas de azúcar, cinco si no hay pastel de fresas. Lo habrás revuelto por un largo rato mientras habrás repasado mentalmente si habías hecho toda la tarea para hoy. Y luego te habrás llevado la cuchara a tu boca, y no habrás notado cómo prestaban atención a este acto algunos chicos.

Como siempre haces.

Y tus muchachos habrán seguido hablando, pero tú no los escuchaste, porque tenías cosas más importantes en qué pensar. Ellos lo saben, pero fingen que no existen.

Y entonces habrán llegado las lechuzas. Y tú habrás sentido esa sensación de vértigo en el estómago. Pero habrás pretendido que no has visto a las aves hasta que alguna haya arrojado un paquete a tu mesa. Así retrasas el asunto. Y El Profeta habrá caído frente a ti. Y tú lo habrás abierto conteniendo tu respiración pero simulando que estás bostezando.

Como siempre haces.

¿Qué crees que tus muchachos no saben que también tienes miedo?

Y tu corazón se habrá achicado al ver la primera plana. Y habrás sabido que esto aun no termina. Y los tres se habrán abocado todo el resto del desayuno a leer la fatídica noticia.

Y al terminar, habrán soltado suspiros de resignación. Y habrás tratado de animarlos, de que no estén tan decaídos. Y luego, aparentando que no te afectó para nada, habrás dicho que debes ir a la biblioteca. Pero te habrás ido a llorar.

Como siempre haces.

Porque debes ser valiente frente a tus muchachos. Porque sabes que ellos están asustados. Y siempre has sido la racional del grupo. Y el miedo no es racional.

Pero tienes miedo.

Tienes miedo, y además eres débil. Tu fortaleza no es más que una coraza. Finges que no te importa. Pero te está matando.

Y lloras. Lloras por todos los que murieron y todos los que morirán. Y lloras por furia, y lloras por odio, y lloras por impotencia... Impotencia, porque sabes que, por más que pudieras hacer lo que quisieras hacer, no tendrías el valor. Porque no eres tan valiente como le quieres hacer creer a tus muchachos.

Y habrás llorado tanto que ya no habrás podido diferenciar si lo hacías o no.

Por más que quieras pretender ser indiferente, yo sé la verdad. Y sé que eres la persona más sensible que conozco.

¿Te dije alguna vez que eres la persona más sensible que conozco? Por supuesto que no. Jamás tuvimos alguna plática donde aquella declaración no quedara inapropiada.

Y habrás notado que estaba lloviendo. Y entonces habrás caminado bajo la lluvia. Y te encanta caminar afuera cuando llueve. Porque las gotas de lluvia se confunden con tus lágrimas. Y nadie podrá decir que has llorado.

Y te habrás alejado. Porque tampoco querrías ir con tu amigo gigante. Porque sabes que él no es ajeno a todo esto. Y desearías serlo.

¿Podrías, alguna vez, ser un poco egoísta?

¿Podrías por lo menos pretender que importas más que cualquier otra persona en el mundo?

Pero en ese momento, el único sentimiento dentro de ti es la impotencia; no el único. Pero si el más fuerte.

Y sentirás deseo de desquitarte. De que alguien te devuelva algo de lo perdido. Y sabrás que eso es imposible. Que quienes tienen que pagar no pagarán. Pero querrás tu modesta venganza.

Y entonces recurrirás a mí. Porque yo soy lo más cercano a todo lo que odias. Y soy tu chivo expiatorio. Entonces vendrás a mí.

Como siempre haces.

Y yo lo sé. Y te espero.

xxx-xx-x-xx-xxx

Y te veo entrar por la puerta. Y enseguida lo noto: estuviste llorando.

Y debo repetirlo: eres muy predecible.

Tienes la túnica hecha un bollo en tu mano. Tienes el uniforme mojado, completamente. Tu camisa se te pega a tu piel y se te nota tu sostén negro, sin encajes, no tienes de esos. Y tu pelo está hecho un total desastre. Y tus mejillas están rojas. Y tus ojos están hinchados.

Pero estás hermosa.

Y sabes que yo pienso que estás hermosa. Y no puedes entenderlo.

No puedes creer que haya chicos que se interesen en ti. No puedes creer que haya quienes fantasean con tu cuerpo desnudo. Pues sábelo: los hay.

A tu camisa se le desabrochó un botón de más. Y puedo ver parte de tu escote. No me estoy quejando. Y tus pezones están erectos luego de haber pasado tanto tiempo bajo el agua. Y estás temblando un poco. Y estás furiosa. Y no puedes esperar a gritarme. A insultarme. A decirme que me odias. Porque conmigo te desquitarás.

Como siempre haces.

Y te acercas lentamente, mirando el desorden sobre la mesa. Y yo finjo que continúo con mi redacción.

-¿Dónde está mi trabajo para McGonagall? –preguntas con voz queda. Y yo sé que has encontrado tu pretexto.

Levanto la cabeza y pretendo que no sé de qué me hablas. Sólo te enojas más.

Mentira. Ya estabas enojada.

-El trabajo en el que estuve trabajando a ayer a la noche y que había dejado aquí mismo –me dices conteniendo la ira. Me demoro en contestar. Y eso justifica tu impaciencia.

-Lo corrí para tener lugar –te digo. Y noto cómo tomas aire.

-¿Y por qué tocas mis cosas? –preguntas, conciente de que aun no puedes estar enojada; no sería lógico.

-Necesitaba lugar –te digo. Y sé que ya no lo soportas.

-¡Pues no quiero que tus sucias y asquerosas manos toquen nada mío! –me gritas, perdiendo el control totalmente. Y sé que no hay vuelta atrás- ¡No puedo creer que alguien sea tan idiota como tu¿Por qué demonios no te buscas algo más interesante que hacer que meterte con mis cosas!

Mi cabeza se mantiene baja. No replicaré nada. Pero tampoco te miraré a los ojos. Ambos sabemos que esta es tu ruta de escape; es imposible que estés tan enojada por esto. Y sabes que lo sé. Y eso te enojará aun más.

Y, al ver que no levanto mi cabeza, corres con un brazo todos mis pergaminos de la mesa, haciendo que se caigan al suelo.

Así es. Sólo te enojaste aun más.

Eres tan predecible.

-¡Si quieres conservar todos tus miembros hasta tu graduación, no volverás a tocar nada mío! –me gritas- No quiero tener nada que ver contigo... ¡Merlín! Eres tan despreciable...

Y yo aun no te miro. Y quieres que te mire. Y quieres que te discuta. Pero yo no haré. Y eso sólo te enoja más.

-Eres un imbécil... –me dices apretando los dientes. Sé que contienes las lágrimas- Eres... Eres...

Levanto mis ojos hasta los tuyos. Y no los muevo. Estás sin palabras. Y yo me pierdo en tus ojos. Toda tu frustración se te nota en los ojos. Pero son ojos preciosos.

-Te odio –me susurras entre dientes. Y sé que es verdad. Pero también sé que es mentira. Y sabes que lo sé. Y eso te hace odiarme incluso más- Te odio... –me repites. Y yo sé que eso no basta para ti. Sé que desearías golpearme. Desearías desquitarte físicamente. Pero necesitas un pretexto.

¿Verdad?

Así que me levanto del sillón y me acerco a ti sin darte tiempo a reaccionar. Y pongo una mano en tu nuca y atraigo tu rostro hacia el mío. Y te beso.

Te beso como sólo te beso a ti. Te doy los besos que sólo te doy a ti. Y sabes que yo doy muchos besos. ¿Pero sabes que reservo estos besos exclusivamente para ti?

No. No lo sabes. Y quisiera poder decírtelo alguna vez. Pero sé que es imposible.

Y te permites disfrutar del beso por unos instantes. Porque sé que tu también lo disfrutas. Permites que todo lo demás desaparezca, sólo por unos segundos. Y yo sé que debo aprovecharlo.

Y, sin previo aviso, me apartas de ti con violencia y siento tu mano golpear fuertemente contra mi mejilla. Y te alejas caminando hacia atrás.

Ya está. Obtuviste lo que querías. Me golpeaste. ¿Te sientes un poco mejor. ¿Ya estás feliz? Lo sé... Es una pregunta estúpida.

Y los insultos comienzan otra vez. Y utilizas palabras que no sabía que supieras. Y te desesperas cada vez más, y sabes que esto no será suficiente. Tus ojos contienen las lágrimas y tiemblas. Y no creo que el frío sea el único responsable.

Y en este momento me odias más que nunca. Y al mismo tiempo no me odias. Y entonces te odias a ti. Y te sientes culpable de sentir lo que sientes. Te sientes una traidora.

De repente te quedas sin insultos. Y callas. Y llevas tus manos a tus ojos. Y comienzas a llorar. De nuevo.

Como siempre haces.

Y yo sé que sólo lloras frente a mí. Jamás lloras frente a tus muchachos. Para no hacerlos sufrir. Y lloras frente a mí porque no crees que a me importe... ¿Verdad? O lloras frente a mí porque no te importa que a me importe... ¿Verdad? O lloras frente a mí porque sabes que sólo yo puedo consolarte...

¿Vedad...?

Prefiero creer que es así...

Y lloras en silencio, bajando la cabeza. Y estás cansada de llorar. Odias que el llanto se haya convertido en tu acompañante. Y sabes que estás llorando frente a la última persona a la que deberías dejar que sepa que lloras. Pero no puedes evitarlo.

Y yo no soporto verte llorar.

Y sé que lloras mucho. Pero cuando lo haces frente a mí es demasiado.

Y entonces me acerco hacia ti. Me acerco despacio. Casi sin que lo notes. Y cuando llego junto a ti te rodeo con mis brazos. Y te abrazo. Y tú me dejas.

Como siempre haces.

Y sólo quiero que te olvides de todo. Sólo quiero que no llores más. Y te abrazo fuerte. Y siento tu cuerpo helado contra el mío. Y tu ropa empapada moja la mía. Y tus lágrimas se escurren por entre tus manos y mojan mi cuello. Y yo sólo te abrazo más fuerte.

Y es una sensación reconfortante... ¿Verdad? Y eso sólo te hace sufrir más. Porque te crees egoísta. Porque no deberías ser feliz en mis brazos. Porque, para ti y tus muchachos, yo soy un responsable de la noticia de hoy; indirectamente, claro. Y no deberías disfrutarlo.

Pero lo haces. Igual que yo.

Y yo también estoy harto de esto. Porque yo cumplo mi rol en mi vida. Y yo no debería estar abrazándote. Porque yo no estoy de tu lado. Y esto no debería importarme. Porque mi objetivo es que sufran. Pero me cuesta tanto verte sufrir...

Y lentamente dejas de llorar. Y cada vez tiemblas menos. Y entras de a poco en calor. Y por más que esta sea una situación trágica, sigo siendo humano y sigo teniendo instintos. Y tú sigues siendo hermosa.

Colo mis dedos por entre tu pelo mojado y lo echo hacia un lado. Y sé que tu echarás tu cabeza hacia allí también.

Y lo haces. Eres tan predecible.

Entonces llevo mi boca hacia tu cuello recientemente destapado, y lo beso apenas, acariciándolo con mis labios. Y siento tu cuerpo tensarse, y sé que te debates entre salir de aquí o quedarte.

Y te quedas.

Como siempre haces.

Y me levantas la cabeza y me besas. Y siento la sal de tus lágrimas secas en tus labios. Y hago que nos recostemos sobre el sillón. Y comienzas a desabrochar tu camisa con rapidez. Siempre eres tu la que comienza a desnudarse. Siempre debes hacerlo rápido. Como si se tratara de algún remedio. Y Merlín sabe que así es.

Pero sabes que no me gusta quedarme atrás. Así que me desabrocho mi camisa, aun sin quebrar el beso. Y tu sostén negro queda a la vista, y tus pezones están más erectos aun. Entonces te lo quito sin perder tiempo y mis manos acarician tus pechos mientras las tuyas se encargan de mi pantalón. Y te encanta demorarte en esa parte. Te encanta hacerme desear. Y tus manos rozan exactamente lo que deben rozar para que yo me vuelva loco. Y me estás volviendo loco.

Como siempre haces.

Entonces cierro mis ojos y suelto un gemido al tiempo que mis manos recorren tus piernas frenéticamente hacia tus muslos. Y entonces gimes también. Y te quito tus bragas y sólo entonces noto que aun traes tu falda puesta, así que te la quito.

Y te tengo desnuda frente a mi.

Y tu me quitas mis boxers.

Y nos volvemos a besar.

Y vuelves a llorar.

Como siempre haces.

Porque siempre lloras en esta parte. Y lloras en silencio, mordiéndote el labio. Y lloras entre los gemidos y los suspiros. Y lloras hasta que te llega el orgasmo. Y lloras hasta que mi cuerpo de desploma suavemente sobre el tuyo.

Entonces ambos recuperamos el aliento. Y nos quedamos en silencio, hasta que nuestros corazones no se oigan más. Y yo te miro a los ojos. Y tú no. Miras a un punto cualquiera por sobre mi hombro. Y sé que no me mirarás. Como también sé que jamás mencionaremos este asunto. Como también sé que la semana próxima El Profeta te dará una sorpresa igual a la de hoy.

Te levantas del sillón sin decir una palabra. Acomodas un poco tu pelo con tus manos, y te paseas frente a mi desnuda. Aun no me miras. Y levantas tus bragas y te las pones. Y te colocas tu falda. Y aun no me miras. Y te colocas tu camisa; no te pusiste el sostén. Pero te cuesta ponerte la camisa, porque está aun mojada. Y terminas de vestirte, y miras todo el lugar como si te estuviera faltando algo. Y miras a todos lados. Menos a mí.

Entonces, totalmente de súbito, te me acercas y me besas otra vez. Un beso mucho más duro y con más pasión que ninguno de los de antes.

Y el beso se termina, y aun no me miras. Y subes la escalera hacia tu dormitorio, para dejarme solo.

Como siempre haces.

Y mañana te levantarás antes que yo, irás a desayunar, te reirás con tus muchachos, comerás dos tostadas con mermelada de frutilla, irás un rato a la biblioteca, y tratarás de fingir que esto no pasó nunca. Pero no dejarás de pensar en esto. Y yo tampoco.

Y la semana próxima me odiarás un poco más. Pero recurrirás a mí.

Y yo lo sé. Y te esperaré.

Porque tú vendrás.

Como siempre haces.

-Eres tan predecible –susurro para mí. Pero sé que me oirás. Y quizás quería que me oyeras. Y me oyes.

Te quedas congelada a mitad de la escalera, sin moverte para nada. Y entonces te volteas con lentitud. Te volteas y me miras. Por fin. Me miras a los ojos. Y me miras por lo que parece una eternidad. Y el asomo de una sonrisa aparece en tus labios. Y sé que no hace falta que digas nada; te entiendo sin que lo digas.

Te volteas otra vez y terminas de subir la escalera. Y te fuiste sin decirlo. Pero yo te comprendí. Y eso sólo confirma lo que tratabas de decirme.

Quizás no es que tú seas predecible. Quizás yo te conozco demasiado.

Luna de otoño

  • Mar. 30th, 2009 at 2:37 AM

Sumario: El gran dia para los Asakura llega.

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Era una noche fría de otoño. La luna se alzaba sobre la mansión de los Asakura en Izumo. El joven Yoh observaba la luna, intentando relajarse. No le resultaría difícil hacerlo si lo que le esperaba al día siguiente fuese un combate. Pero no lo era.

-¿No podéis dormir, amo? –El espíritu acompañante de Yoh, Amidamaru, apareció a su espalda.

-No, Amidamaru, no puedo. Mañana es un gran día.- Yoh sonreía como siempre, de forma despreocupada, haciendo menores sus inquietudes.

-La joven Anna también debe de estar nerviosa. Ha trabajado mucho para que mañana salga todo bien.

-Si, lo sé. Incluso accedió a invitar a los chicos. Aunque me costó convencer a Anna de que Chocolove no actuaría después del banquete.- Dijo Yoh riendo. Se giró para ver el rostro del samurai.- Gracias por ayudarme tanto, Amidamaru. ¿Te importaría dejarme solo un momento?

-Claro que no, amo. Si me necesitáis, llamadme.- El espíritu habló antes de desaparecer.

Yoh salió de la habitación y caminó hasta la puerta de su prometida. Yoh sabía que, pese a la apariencia tranquila de Anna, ella estaría tan nerviosa y despierta como él.

-¿Puedo pasar?- Preguntó Yoh llamando a la puerta.

-Adelante.- Respondió la joven sacerdotisa.

Yoh entró en la habitación de su prometida, a la que halló observando la luna, tan tranquila como siempre.

-¿No puedes dormir?- Preguntó el chico.

-¿Acaso tú sí?

-Tampoco.- Rió Yoh. El chico caminó hacia la ventana, situándose junto a su prometida.

El tiempo pasaba, sin que ninguno de los dos dijera nada. Pronto amaneció.

-¿Nunca te he dicho “te quiero”, no?- Dijo el chico.

-Nunca, aunque tampoco es necesario.- Yoh se giró para mirar a los ojos a Anna.

-Te quiero.- Dijo el chico.

Ella no dijo nada. Se giró hacia Yoh, mirándolo a los ojos. Yoh se acercó a ella, y la besó. Cuando se separaron, se escuchaban pasos por el pasillo. Los habitantes de la mansión se preparaban para el gran acontecimiento.

-Debo ir a prepararme, Anna. Luego nos vemos.- Yoh caminó hacia la puerta.

-Yoh, espera.- El chico se giró.- Yo… también te quiero.

-Lo sé, Anna.- Yoh salió de la habitación, dejando a Anna sumida en sus pensamientos. Hoy se celebraría el día que tanto había esperado.

Secretos

  • Mar. 30th, 2009 at 2:36 AM

Sumario: Años de relación. Una muerte y un cambio después de la resurrección.

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Bajo el rojizo crepúsculo se adivinaba una silueta femenina que le atraía enormemente. Hambriento como el más feroz de los lobos, corrió hacia ella y la cogió por detrás acariciándole el vientre con las yemas de los dedos. Ella gimió de placer al notar su mano en su piel y en lo primero que pensó fue en qué haría si él no estuviese a su lado, si siguiese como todos creían…

Cuando él cayó, para ella todo se vino abajo. Aunque sus amigos no lo supieran, ella era más cercana a él de lo que todos creían. Incluso se podía decir que era más cercana a él que todos ellos juntos. En esos momentos se hubiera echado a llorar pero tenía que aparentar. Sus nocturnos encuentros eran un secreto que jamás desvelaría y que guardaría en el fondo de su corazón durante el resto de sus días, hasta que se volviesen a encontrar.

Él no pudo más que empezar a devorarla por entero al no poder contenerse. Su piel era delicada; su pelo, suave como la seda; sus piernas largas y esbeltas parecían las de una ninfa y sus pechos… Sus pechos le parecían la octava maravilla. La mujer suspiró recordando el alivio al encontrarle tres años atrás, tal vez medio muerto, pero por lo menos no muerto del todo. Porque todo sucedió tan deprisa…

Un bar. Varias copas. Música marchosa, sensual, excitante. Se sentía viva. O eso o es que el whisky de fuego, el hidromiel caliente con especias y el ron con miel y frutas habían hecho el efecto deseado: la habían distraído de su dolor. No lo quería admitir pero desde hacía tres años rememoraba esa noche trágica y se emborrachaba en el bar más mugriento que encontraba. ¿Iba a ser esa noche diferente a las demás? Podía ser que sí, podía ser que no. Había dos posibilidades, una única respuesta.
Esa noche la respuesta era sí.
Quiso gritar cuando alguien la aferró contra sí, pero no pudo. Quiso revolverse, tampoco pudo. Su nivel de alcohol en sangre era bastante alto, algo que se evidenciaba en sus pasos; y una actitud extraña en ella, la chica correcta que nunca bebía, fumaba o se drogaba. Eso la había salvado de un error.
Logró girarse y mirar a su acosador. En el momento en el que vio su sonriente rostro, se llevó la mano a la boca y lloró.
Lloró cuando él la llevó a su casa. Lloró cuando la subió por las escaleras como si fuese su princesa. Lloró cuando la depositó en su cama y lloró cuando le hizo el amor como si no se hubiera ido jamás de su lado.

Ella se giró y hundió sus dedos en el negro pelo masculino a la vez que se ponía a devorar sus labios con ansiedad. Una sonrisa perruna se asomó por la cara del hombre mientras le desabrochaba la camisa negra a su amante. La brisa fresca les acarició a los dos llevándose sus palabras de amor en el viento.
Las caricias se intensificaron y tomaron más poder que las palabras. Ella jadeó al sentir el desnudo pecho de su amado. Sus labios vagaron por todo su cuerpo. Él también jadeó.
Las manos de ambos comenzaron a deambular recíprocamente. La fiebre aumentó. El candor de sus cuerpos fue aún mayor de lo esperado. Ella volvió los ojos y gimió al sentir los dedos de él penetrar en su interior.
Él también estaba disfrutando. Su pareja se estaba dando un festín de lo más sensual con su cuello.
Las caricias les quemaban y helaban a la vez. Cada roce de sus cuerpos les resultaba la experiencia más excitante de su vida. Y entonces él se hundió en ella. Un grito de placer inundó el cielo anaranjado.

“Te quiero, Sirius”.

“Y yo a ti, Hermione”.

Una nota

  • Mar. 30th, 2009 at 2:35 AM

Sumario: Severus no quería saber de nada, después de esa humillación en los éxamenes. Sin embargo, no contaba con que alguien se preocupaba por él...

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Después de la vergüenza que produjo el haber estado de cabeza, levitando y con sus pantalones abajo, delante de todos los estudiantes que compartían las burlas de James Potter y Sirius Black, después de los T.I.M.O.S., Severus Snape se sentía como el ser más desgraciado del mundo. Como si no bastase los problemas en su hogar, se estaba hastiando de ser el blanco de las bromas y ataques de los llamados Marauders, debido a su carácter taciturno, su comportamiento huraño y el hecho de ser un Slytherin. Día a día, en su corazón, crecían los sentimientos de vengarse de ellos y de todos aquellos que le habían hecho la vida imposible.

Pensaba en ello, llegando a la biblioteca, cuando sintió que alguien lo estaba persiguiendo. Era Lily Evans, quien lo había estado siguiendo durante todo este tiempo. ¿Y para qué? ¿Reprocharle su cobardía?

- ¡Severus, espera por favor!

- Lo que faltaba – respondió el joven con una mueca de desprecio al verla – Que la “sangre sucia” viniera a justificar a sus amiguitos por lo que me hicieron. ¿Por qué no se me extraña?

- ¡Claro que no! – exclamó la pelirroja, que reflejaba su molestia por el incidente - ¿Acaso me viste aplaudir y reírme de ti mientras James te levitaba y te hacía pasar esa vergüenza? En muchas ocasiones, los he denunciado con el profesor Dumbledore, pero es completamente inútil. ¡Y jamás han sido mis amigos!

Severus la miró por unos instantes. Siempre había sabido que en los ojos verdes de Lily, brillaban la honestidad y bondad, por la cual en varias ocasiones había salido a defenderlo. Pero simple y llanamente la odiaba, no sólo por ser el hecho de ser una “sangre sucia”, sino más por ser prácticamente una competencia para él: Su inteligencia y carisma era destacables, a tal punto que era una de las predilectas del club del profesor de Defensa contra las Artes Oscuras, Horace Slughorn. Era como si el profesor, quien irónicamente era el jefe de la casa Slytherin, su propia casa, ignorara todos sus esfuerzos, encantado con aquella muchachita de Gryffindor. Además, que no soportaba ver a alguien con la felicidad que el destino le había negado…

- Lárgate, no necesito palabras de consuelo y menos de una sucia como tú – le espetó finalmente.

Pero Lily ya se había acostumbrado al desprecio que le tenía Severus. No sólo era por su origen y su estatus en Hogwarts… Ella sabía que aquel comportamiento el desahogo que tenía de su mala vida, provocada por un hogar sin amor y una convivencia imposible, en una escuela que muchos adolescentes consideraban un escape a una vida aburrida.

De pronto, se escuchó un ruido seco. El muchacho de ojos negros había dejado caer el libro de Pociones, e intentó recogerlo, pero Lily se le había adelantado y lo hizo primero. Esto enfureció al joven, quien interpretó el gesto de ayuda como una humillación.

- ¡Devuélvemelo ahora mismo! – exclamó.

- Ah, lo siento mucho, sólo quería ayudarte… Vaya, si que está muy rayado…

- ¡Eso no te incumbe, sangre sucia! ¡Fuera de mi vista! ¡He tenido suficiente de ustedes por hoy!

Lily no tuvo más remedio que entregarlo y luego, se marchó, resignada. Severus, más furioso que nunca, apretó duramente el libro y entró a la biblioteca.


Era de noche. En la habitación de los Slytherins, cuando el resto de estudiantes se encontraban descansando, divirtiéndose y hablando de los exámenes, de las otras casas (más que todo, echando pestes de las mismas) y de los resultados de partidos de quidditch, el joven Snape se encontraba aislado en un rincón, revisando varias respuestas de los exámenes que había tenido ese día. Entonces consultó el libro de Pociones, con la intención de verificar unos ingredientes de un elixir que le preguntaron en el examen. Pero cuando lo abrió, se detuvo justo en una página separada por un papelito de color rosado. Esto lo sorprendió, pues no recordaba haber dejando ningún ‘separador’ para algo en especial. Así que tomó el papel, para descubrir que estaba en blanco.

Al descubrir que era una especie de mensaje clave, tomó su varita y con un toque, hizo aparecer lentamente las letras… Y cuando lo fue leyendo, se sorprendió más y más.

Severus… Pese a todo, sé que las cosas saldrán bien. Recuerda que lo que no tiene Potter y Black, lo tienes tú…

Lily Evans.

- Vaya que esa “sangre sucia” es patética… Envía estúpidas notitas, como si ello fuera a cambiar mi destino – murmuró Snape.

Y tomando la nota, la arrugó y la botó al suelo, para después tomar la varita e intentar prenderle fuego, queriendo completar su destrucción.

Pero algo lo detuvo.

Era la primera vez que recibía una nota así. Si, había recibido muchas, pero eran de parte de Lucius o las primas Black, más para ir a lugares extraños o hacer reuniones secretas para hablar de cosas tenebrosas. Pero una como la de Lily, nunca. Jamás nadie le dijo que siguiera adelante, jamás le han dicho que es mejor que otra persona… Todo el mundo lo veía más como los fantasmas que rondaban el castillo o el favorito para bromas y tonterías, sobre todo de ese grupo de idiotas de Gryffindor. Pero como una persona

A la final, lo único que hizo, fue recoger la nota, doblarla con cuidado y guardarla en un viejo cofre que tenía en su baúl. No la volvería a leer nunca más.

Fuego y sangre

  • Mar. 30th, 2009 at 2:34 AM

Sumario: Fueron salvados de la hoguera, y ahora tienen toda la eternidad por delante. Jane y Alec no son sólo hermanos. Incesto.

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Alec observa con poco interés la masacre que se extiende a sus pies. Ya ha saciado su sed esa noche, y no queda ningún humano que lo atraiga especialmente.

Esa vez Heidi los había sorprendido con una copiosa caza, por lo que después de que todos saciaran su sed aún quedaban unos pocos humanos vivos. Podía oír su respiración irregular, y oler su miedo.

En el suelo, decenas de cadáveres se repartían por la gran sala.

Las puertas dobles se abren a su espalda, y Alec se vuelve automáticamente hacia ellas. Lleva tiempo esperando la llegada de Jane. Su hermana.

Esa palabra maldita que les impedía estar juntos como querían cuando eran humanos.

Tantas reglas, costumbres, supersticiones que respetar.

Pero ahora no.

Eternos, libres, podían ser lo que quisieran.

Jane aparece tras las puertas, encabezando a un grupo de la guardia que regresa de una misión.

Lo mira y sonríe, provocativa. Sus ojos escarlata relucen.

Alec no hace ningún movimiento hacia ella ni Jane se acerca a él, sino que se aleja, caminando lentamente hacia uno de los laterales de la sala.

Allí, acurrucado sollozando silenciosamente, está uno de los pocos humanos que quedan vivos.

Es un chico, de unos quince años, con el cabello castaño claro y un olor mediocremente apetecible.

Jane se inclina hacia él graciosamente, y toma su barbilla con una mano, casi con dulzura, mientras le susurra:

-Bonito, bonito, ¿por qué lloras?

Alec se tensa al otro lado de la sala, aún sabiendo que Jane lo hace para ponerle celoso. A veces va demasiado lejos, como ahora, repitiéndole a ese humano lo que le decía e él cuando era pequeño.

Los recuerdos humanos que Alec conserva son pocos y muy borrosos. Pero si hay una imagen clara en medio de todos ellos es el rostro de Jane, iluminado por el fuego de una hoguera, la hoguera en la que iban a ser quemados vivos.

Y su voz.

-Bonito, bonito, ¿por qué lloras?

Alec alza el rostro hacia su hermana, avergonzado por las lágrimas que corren por sus mejillas. El joven semblante de Jane brilla con los reflejos del fuego, y sus ojos azules relucen misteriosamente.

-Jane…-susurra roncamente intentado alzar una mano hacia su mejilla, sin recordar que está maniatado.

-Alec, no podrán, somos especiales.

Él no dice nada, sólo la mira intensamente.

Su intento de huir la noche anterior había fracasado por muy poco. Los guardias no habían sido un problema con su poder. Y Jane se deshizo del único que se interponían entre ellos y la libertad.

Pero entonces apareció ese destacamento, esos soldados con el Padre Mario al frente. Alec supo que no podían con tantos, y que el Padre no los dejaría ir ni aunque le abrieran la puerta del cielo.

Hacía mucho tiempo que quería verlos quemarse en la hoguera.

-Alec, ¿por qué no me crees? Yo jamás dejaría que te hicieran daño, y tú no permitirías que me lo hicieran a mí. El fuego no p…

Jane calló y abrió mucho los ojos. Alec la miró confuso, sin comprender, intentó girarse un poco para observar eso que tanto había asombrado a su hermana.

Y los vio.

En medio de su sorpresa no se giró de nuevo, por lo que se perdió la sonrisa confiada de Jane.

El muchacho la mira aterrado, conteniendo la respiración y con una mueca de horror en sus labios, al contemplar los bellos ojos carmesí de Jane, y sus colmillos.

Ella lo mira un momento antes de volver la vista hacia Alec. Se inclina hacia el humano mirándolo. No le hace falta ver para saber dónde tiene el cuello, dónde tiene que morder.

El chico está paralizado de terror, por lo que ni siquiera se mueve cuando los dientes de Jane perforan su piel y la sangre comienza a fluir.

Ella está colocada de tal manera que mira a Alec en todo momento, y él tampoco aparta sus ojos. Ni siquiera cuando la joven víctima cae al suelo, sin sangre en sus venas, y Jane se relame los labios manchados de sangre, aparta la vista.

Los graciosos pasos de Jane no hacen ruido cuando avanza por la sala hasta Alec.

Sus manos se unen, sus labios también.

Piel fría, labios rojos, sabor a sangre.

Donde nacen las hadas

  • Mar. 30th, 2009 at 2:32 AM

Sumario: Las guardianas de los niños Kokiri, las salvadoras de Link cada vez que se encuentra en peligro, las hijas de las diosas y las criaturas más hermosas que ellas dejaron en la tierra. ¿De dónde vienen las hadas?

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Cuenta la leyenda que las montañas más altas de Hyrule escondían el lago más hermoso y de aguas más cristalinas que pudiera encontrarse sobre la tierra. Se dice que en él la diosa Nayru, la de los ojos de zafiro, contempló una vez su propia imagen, coronada por las estrellas del firmamento. A pesar de su infinita sabiduría, la diosa cedió a la vanidad y se demoró, observándo su reflejo sobre el agua durante demasiado tiempo. En aquel corto lapso, algunas de las criaturas a las que aun no había dotado de bondad y conciencia, se apartaron de la luz. Se volvieron mezquinas y malvadas y huyeron entre las sombras.

Viendo lo que su momento de debilidad había provocado, la deidad decidió que aquel inigualable lago espejo podría ser peligroso para otras mujeres cuya belleza reflejada pudiera esclavizar sus voluntades y hacer que se consumieran mirándose en él.

Por eso lo vació y utilizó las límpidas aguas para regar los bosques más cercanos, que después serían los más hermosos de todos y albergarían las semillas de la sabia raza de árboles Deku. Sin embargo, las estrellas que se habían reflejado en el lago quedaron tristes, pues su imagen sobre el agua era su única compañía en la oscuridad y añoraban verse formando parte de aquel hermoso mundo que las diosas habían creado.

Para consolarlas, la justa Nayru dio vida a unas pequeñas y bellas criaturas que consagrarían sus vidas a llevar aliento y esperanza a todas las demás. Nacerían de preciosas flores blancas, las cuales creó a imagen de las mismas estrellas. Esas flores solo crecerían en el lugar donde una vez estuvo el lago, y de esa forma acompañarían con su alegre presencia a sus hermanas mayores en el cielo, simulando ser su reflejo.

Así llegaron las hadas al mundo. La longevidad de un hada y su poder depende de la estrella con la que está hermanada la flor de la que nace. Cuanto mayor es la estrella, más larga es su vida y mayor su responsabilidad de guiar y ayudar a otras criaturas.

Cuando la vida de un hada se apaga, la flor de la que ha nacido se cierra en un capullo, y la estrella a la que acompaña reduce su brillo en señal de luto. Pero pronto el hada vuelve a nacer, y entonces, cuando la flor se abre, la estrella, feliz al ver a su hermana pequeña de vuelta, luce con más fuerza, de ahí que a veces se vean las mismas estrellas brillar con mayor o menor intensidad.

O eso les cuentan las abuelas Hylian a sus nietos en las noches despejadas y sin luna.

Éxodo

  • Mar. 30th, 2009 at 2:31 AM

Sumario: Naomi Misora. Se suicida en un lugar donde nadie encuentre su cuerpo. Donde nadie vaya jamás a buscarla, y a recordarle que les falló.

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¿Por qué estás caminando tan deprisa¿Estás apurada? Eso es irónico.

No te desgastes, llegarás a tiempo.

Yo te aconsejaría reducir tus pasos, disfrutar la sensación del aire entrando a tus pulmones, porque no te durará mucho.

¿A dónde quieres llegar? No habrá nadie esperándote. Nadie que te recuerde. Nadie que piense en ti.

Nadie te encontrará, Naomi.

Ni una sola persona sabrá que estás pudriéndote en algún lugar de la ciudad. Y aunque lo supiesen... ¿Realmente piensas que les importaría? Podrían correr la misma suerte.

¡Qué generoso hubiese sido asesinarte de un ataque al corazón!

Así, él y tú hubiesen muerto de la misma forma, por la misma mano.

¿Sientes remordimientos¿Culpa, quizá?

Lo tenías delante de ti, estúpida, sonriéndote. Y tu vas, y hablas. Él estaría tan decepcionado. Tal vez aliviado de haber muerto antes de casarse contigo. Imagínate, casarse con una mujer tan imbécil.

Ibas por buen camino, y lo estropeaste en el último segundo. Inútil.

Has decepcionado a todos los que te rodean.

¿Qué¿Vas a llorar?

No pierdas el tiempo, la decisión que tomaste es la correcta.

Al menos Kira estará complacido.

Kira, Yagami Light, L, Raye.

Es una lástima, de verdad. Estabas a pocas cuadras de la estación de policía. L está en el mismo país. Podrías haberle sido de ayuda. Tienes las pruebas. Sabes quién es Kira. Pero se ve que contigo no se puede contar dos veces.

Lo que te falta es la voluntad para vivir. Ahora que Raye está muerto, y tu has demostrado no servir para nada, sólo te queda una salida.

¿Él tenía razón entonces? Demostraste que pasarte días investigando fue fútil. Debiste haberte quedado en casa, volver con tus padres.

Tus pasos dejan de escucharse. Tus manos son largas, no tiemblan. Finísimas.

El nudo es corredizo, y se desliza con elegancia, con sensibilidad, por una voluntad que no es la tuya.

¿O si?

¿Segura que no quieres retrasar el momento un poquito más?

¿No?

Entonces salta, Naomi, siente la opresión, la desesperación.

Siente la vida escurrirse.

Siente desvanecerse la conciencia.

De todas formas, no volverás a verlo.

Firmado James P

  • Mar. 30th, 2009 at 2:30 AM

Sumario: Los últimos meses de vida de los Potter a través de las cartas que James enviaba a Peter.

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3 de agosto de 1979

Querido Peter:

No quiero darte la charla, pero te has perdido la última reunión de eso que no hace falta que mencione y hace dos semanas que no te veo. Espero que tengas una buena excusa para darle ya sabes a quién o su ojo te acosará hasta cuando vayas a cagar.

La próxima es el día después del aniversario en que le ganamos aquél partido a Ravenclaw, cuando la celebración en la Sala Común terminó como terminó. ¡Confío en que lo recuerdes!

Muchos besos de Lily y blablabla.

James P.

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28 de octubre de 1979

Querido Peter:

Voy a ser padre.

Merlín, voy a ser padre. No puedo expresar lo que siento. ¿Puedes creer que he llorado?

Un niño, yo, James Potter, un niño MÍO. Mío y de Lily. Creo que me haré un hechizo de adhesión o de unión permanente (no me digas que no pueden hacerse con personas o algo por el estilo, ya se me ocurrirá algo) para tenerlos pegados a mí todo el día, para no separarme de ellos nunca. ¿Te lo puedes creer? ¡Voy a ser padre! ¡Y en Hogwarts decíais que Lily Evans pasaba de mí, ignorantes! ¿Y si hubiera tirado la toalla, Colagusano?

Me habría gustado contártelo en persona pero no sé donde demonios te metes, no te veo desde la última reunión. Además, por alguna razón tu chimenea no está conectada a la red, y no me pareció seguro aparecerme en tu casa. De cualquier forma, la lechuza te encontrará en seguida.

Bueno, el sábado vendrán Sirius y Remus a cenar para celebrarlo. Ni que decir tiene que te quiero aquí como un clavo. Estírate y trae un par de botellas de algo, aunque sea zumo de calabaza… seguro que Sirius trae whisky de fuego para tumbar a un troll.

James P.

P.D: Colagusano, voy a ser PADRE.

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14 de noviembre de 1979

Querido Peter:

¿Cómo va todo?

Nosotros ya hemos empezado a comprar un montón de cosas para el crío, que como supongo sabrás va a llamarse Harry. Dice Lily que piense también un nombre por si es niña, pero no tiene sentido; va a ser niño y se va a llamar Harry. Bueno, Harry James, como yo. Estaría bien que llevara también su nombre, pero temo por la seguridad de un niño en Hogwarts llamado ‘Harry Lily Potter’. Seguro que es tan listo como yo, que juega igual de bien al Quidditch y que saca los maravillosos ojos de Lily. Sólo espero que el pobre no salga tan miope como su padre.

Ayer vino Sirius, como siempre armando escándalo con la moto. Y no se le ocurrió otra cosa que traer un mini-camiseta en la que ponía ‘Aún no hago magia pero tengo una buena varita’. A mí me pareció genial, pero Lily nos dijo que estábamos locos si creíamos que su hijo llevaría esa camiseta. En realidad, está un poco de mal humor, disgustada; ha escrito a Petunia, esa urraca que tiene por hermana, para contarle lo del niño, y ni siquiera le ha respondido. A mí me da igual pero ella está dolida. En fin, siempre ha sido una arpía.

Bueno, Lily no quería que te dijera nada… pero la verdad es que el otro día, cuando vinisteis a cenar, te vi muy raro. Puede que algo triste, para ser exactos. Y bastante ausente. Sólo espero que si algo te preocupa me lo cuentes, porque ya sé que están pasando muchas cosas y que todos estamos nerviosos, en especial con esta maldita guerra que parece no acabar nunca. En resumen, que no me hagas ponerme blandengue ni nada de eso, sólo digo que si te pasa algo y me entero de otra forma, haré que te salgan trenzas. Y no de la cabeza

James P.

P.D: Hablando de trenzas, a ver si se te ve el pelo para algo más que para las reuniones...

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16 de diciembre de 1979

Querido Peter:

A veces es genial que todos tus amigos sean un grupo de desarraigados sin familia o unos repudiados por sus seres-no-tan-queridos; eso te permite pasar la Navidad con ellos. Bueno, tus amigos y tú mismo, claro. Lily y yo estaremos aquí ( ¿dónde si no? ) y Sirius y Remus pasarán también las fiestas con nosotros.

La casa ya está llena de colgajos por todas partes, parece la entrada de un circo muggle. Ayer estuve desgnomizando el jardín, pero Lily no me dejó colgarlos por el salón, ¿te lo puedes creer? Quedaban estupendos. Luego vino Bathilda y nos estuvo ayudando con el árbol mientras le daba a Lily algunos consejos para el embarazo. La mitad de ellos me dieron bastante grima, la verdad, pero eso debe ser porque soy hombre y no entiendo de eso.

¿Entonces tú vendrás o qué? No sé que narices haces que te mantiene tan ocupado porque me imagino que si fuera algo para lo que ya sabes, nos habríamos enterado. Más te vale no estar liado con alguien y no habérnoslo contado, desgraciado. Aunque lo dudo porque eres demasiado feo (bueno, mira a Sirius, que es demasiado bobo)

Contéstanos con lo que sea. Si es que no, te enviaré un vociferador que gritará hasta que te mees en los pantalones.

James P.

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28 de diciembre de 1979

Querido Peter:

Aunque al final hayas sido tan capullo como para no venir a casa a pasar las navidades, te seguimos esperando para Año Nuevo. Remus y Sirius estarán, así que me da igual lo que sea que estés haciendo dondequiera que estés.

A Lily le encantó tu regalo; no sé como lo haces para acertar siempre.

¡Te esperamos el 31!

James P.

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12 de febrero de 1980

Querido Peter:

Siempre te estoy echando la bronca porque no sabemos nada de ti, y ya ves… desde que nos vimos en Año Nuevo no te hemos escrito ni una vez. Además a causa del estado de Lily hemos sido autorizados a ausentarnos de las reuniones.

Ya no tiene mucho sentido seguir tomando precauciones con las cartas, hablar en clave, ocultar nombres y tonterías por el estilo. Además, Lily y yo sólo tenemos contacto con personas de nuestra entera confianza. Y si nos controlan el correo… bueno, puede que lleven meses haciéndolo.

La guerra está en su punto álgido, aunque eso ya lo sabes. No sabemos cuando terminará todo esto y ahora estamos seguros de que somos objetivo de Quien-tú-Sabes. Vivimos un poco aislados, pero la verdad es que no nos importa demasiado. Sirius y Remus vienen tanto como pueden, y Bathilda casi cada día.

Lily engorda por momentos (cuando vengas a vernos no se lo digas, por lo que más quieras) y no hace más que comer ranas de chocolate. Está más guapa que nunca. Quiero que tengamos un hijo detrás de otro, sin parar (no sé que opina ella al respecto). Puede que hasta logre fundar mi propio equipo de Quidditch, quien sabe. Pero desde luego Harry James tiene que tener al menos… diez hermanos. O veinte, ya veremos.

Os echamos de menos una burrada.

James P.

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19 de febrero de 1980

Querido Peter:

Sirius me ha dicho que está hasta las narices de que le escriba dos o tres veces por semana, que nos vemos tan a menudo que no tiene sentido que le cuente en cada carta las variaciones en el diámetro del vientre de Lily.

Pero, de verdad, M-E A-B-U-R-RO.

Merlín, como odio a Quién-tu-Sabes por tenernos aquí encerrados.

¡Ahora lo entiendo, quiere matarnos de aburrimiento!

Lily no se queja, pero es que ella no se queja nunca. No es justo. No es justo que ella sea tan maravillosa y yo un inmaduro que encima bromea sobre algo tan serio.

Además, tampoco es que estemos encerrados; salimos... al jardín.

Colagusano, que acabe ya esta maldita guerra. Y ven a vernos. Eso sí, desde la casa de Remus y Sirius, porque hoy por hoy nuestra chimenea ya sólo está conectada a la Red con la suya, y si las cosas siguen poniéndose feas, pronto dejará de estarlo (ya sabes, por seguridad). Además en nuestra casa no puedes Aparecerte.

Un beso.

James P.

P.D: ¿Te he mandado un beso? Debo de haberme vuelto loco.

P.D2: ¿Tú estás harto también de que te escriba? Si es así dilo, aunque te va a servir de poco porque seguiré haciéndolo.

P.D3: Me aburro, Colagusano.

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6 de marzo de 1980

Querido Peter:

Hoy no ha sido un buen día. Un colegio de la ciudad ha sufrido un ataque, y aunque no ha habido víctimas todo quedó destruido. Según los muggles todo se debió a un escape de gas (ya sabes, lo usan para cocinar), pero nosotros sabemos que no es así.

Bathilda vino a vernos, pero no hacía más que sollozar, poner nerviosa a Lily y cabrearme a mí.

Estoy harto. Esta puta guerra no acaba nunca y yo no quiero que mi hijo crezca en medio de esto.

Me gustaría meterle a Quien-tú-Sabes mi varita por el culo. A él y a todos los cabrones asesinos lameculos que se pasan el día con Lord Follamuertos, como la zorra de la prima de Sirius.

Bueno, Colagusano, voy a mandar esta carta antes de que Lily vea la cantidad de tacos que estoy escribiendo y me prohíba coger la lechuza.

Un abrazo, colega, y ten cuidado por ahí.

James P.

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24 de marzo de 1980

Querido Peter:

Me alegro de que por fin nos hayas escrito una carta como es debido, es decir, con más de cinco líneas. Teníamos muchas ganas de tener noticias de la gente, porque sólo hablamos con Alastor de vez en cuando y tomando unas precauciones que hasta a Lily le parecen exageradas. Bueno, y con Remus y

Sirius, claro, que se pasan las normas por la entrepierna.

Por lo demás, no hay mucho que contarte. Nuestros entretenimientos se ven reducidos a las visitas de Bathilda, al ajedrez mágico y a preparar la llegada de Harry. Eso nos ayuda a estar felices y esperanzados. Eso y las eventuales buenas noticias sobre nuestros amigos y compañeros. Cada vez más eventuales, a decir verdad…

Esperamos verte pronto.

James P.

P.D: Supongo que has notado una mejora sutil en mi vocabulario. Agradéceselo a Lily.

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2 de abril de 1890

Querido Peter:

No te asustes si no recibes noticias nuestras en un tiempo. Sólo es por precaución, Alastor nos lo ha aconsejado, y ya sabes como da él los consejos. Como te dije, estamos vigilados, y aunque de momento se aseguran de que podamos enviar las cartas y de que nuestra casa sea un lugar seguro, es necesario buscar una alternativa a largo plazo en previsión de que nuestra situación se alargue… más de lo que creemos.

No puedo decirte más, lo siento. Me gustaría, pero ni yo mismo sé mucho más. Sólo que no quiero seguir así, ni que mi hijo nazca en una cárcel.

James P.

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13 de marzo de 1980

Querido Peter:

Por fin nos autorizan a tener contacto con la gente otra vez, ya que por el momento todo parece estar bien así; además de los miles de millones de encantamientos de protección que han puesto a la casa, puede que traigan algún troll para que haga guardia. Bueno, lo del troll me lo acabo de inventar, pero si me preguntas, me parecería igualmente una solución de mierda. Y la verdad, Colagusano, estaría genial que me preguntaras, porque nadie nos ha pedido nuestra opinión a Lily o a mí sobre este interminable encierro en nuestra propia casa. Sí, sé que es por nuestro bien, nuestra seguridad, pero preferiría estar luchando y jugándome la vida que encadenado a la chimenea. Sin embargo ahora Lily y yo tenemos responsabilidades y no podemos ir por ahí ondeando la varita como si tuviéramos quince años. Y menos ella, que ya tiene el tamaño de un dragón adolescente.

Odio la guerra. ¿Sabes lo que haré cuando acabe?

No, yo tampoco. Pero seguramente incluya una escoba y a mí montando sin ropa sobre ella.

James P.

P.D: no te vemos desde Año Nuevo, la Orden no puede tenerte tan ocupado. Eres un capullo, ven de una jodida vez o volveré a emplear mi peor vocabulario.

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17 de marzo de 1980

Querido Peter:

Celebro que tengas la decencia de decir que te pasarás a visitarnos este fin de semana.

Les diré a los chicos que vengan también.

James P.

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2 de mayo de 1980

Querido Peter:

¿Cómo va todo?

Cada vez pienso más que te has liado con alguien y no nos lo quieres contar, porque no vienes nunca y tus cartas son una mierda (me da igual que vinieras hace poco… no vienes nunca). Sí, es la verdad, tus cartas son una mierda; no cuentas nada, son cortas y la última tenía toda la tinta corrida ¿Es que te duermes sobre ellas? De verdad, si te duermes mientras escribes y babeas sobre el pergamino prefiero no saberlo.

Esta última semana Remus y Sirius han venido casi cada día (no como tú). Dicen que sólo se te ve por las reuniones y que casi no hablas con ellos. De verdad, tío, todos estamos nerviosos, cabreados, asustados… pero si no confías en tus amigos ¿en quién vas a hacerlo?

James P.

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16 de mayo de 1980

Querido Peter:

¡Sácame de aquí!

O al menos cuéntame algo de lo que pasa fuera. Sirius lo intenta pero Remus siempre le corta porque “no quiere preocuparnos”, y el Profeta no es más que basura censurada.

No puedo más…

Si Lily no estuviera conmigo no sé qué haría.

Suerte que pronto seré padre y eso me convertirá en el ser más feliz de esta mierda de mundo.

James P.

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22 de junio de 1980

Querido Peter:

Definitivamente todo está patas arriba. Ya te habrás enterado del derrumbe de esos edificios en Londres y de la explosión de la refinería en Belfast. Bathilda no deja de venir trayendo noticias cada vez más desalentadoras; me sentiría tentado de prohibirle la entrada en casa cuando se pone así si no fuera porque la adoro.

¿Hasta cuando, Colagusano?

En fin.

Te echamos de menos.

James P.

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23 de julio de 1980

Querido Peter:

No volveré a decirlo ni una vez más, por todos los santos ¿Cuándo piensas venir? Hace semanas que no te vemos, y seguro que estás deseando disfrutar de una comida de verdad (seamos sinceros, Colagusano, no puedes llamar ‘cocinar’ a eso que haces, con varita o sin ella).

Lily tiene muchas ganas de verte. Además, está un poco triste estos días; últimamente ha estado recordando a los McKinnon y sigue sin saber nada de la estúpida de su hermana. Así que no tienes excusa, te esperamos.

James P.

P.D: Lily se ha puesto enorme, ven antes de que explote.

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31 de julio de 1980

Querido Peter:

Soy padre…

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3 de agosto de 1980

Querido Peter:

Soy padre…

No es felicidad. No puedo expresarlo. Lo tuve entre mis brazos y sentí que había esperanza, que todo era posible y fácil. Maravilloso. Que si habíamos creado algo tan mágico, ningún mal sería capaz de destruirlo. Ahora tenemos algo por lo que luchar más fuerte que la paz, que la victoria o que nosotros mismos… hemos creado una vida.

James P.

P.D: tienes que venir a conocer a Harry cuanto antes.

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11 de agosto de 1980

Querido Peter:

El otro día fue tal vez uno de los mejores de mi vida; vosotros, Lily, Harry y yo. Las personas más importantes de mi vida, en casa. Aunque fue una lástima que sólo estuvieseis un par de horas.

No podría ser más afortunado. La guerra ya no importa ¿no sientes que todo saldrá bien, que todo acabará pronto y volverá a ser como antes?

James P.

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22 de agosto de 1980

Querido Peter:

Él lo sabe. Sabe de la existencia de Harry y corremos más peligro que nunca. Alastor nos lo ha dicho.

Ahora más que nunca debemos extremar las precauciones y protegernos. Protegernos nosotros y proteger a Harry James. Sólo podré entregar cartas en mano cuando algún miembro de la Orden se Aparezca en casa. Se acabó la Red y se acabaron las lechuzas.

Espero que podamos comunicarnos pronto.

Un abrazo de James y Lily.

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13 de noviembre de 1980

Querido Peter:

Después de una eternidad aprovecho para escribirte una carta corta ahora que Alastor ha venido a comer, a ver cómo estamos y a traernos noticias.

Harry ha crecido un montón para tener menos de cuatro meses. Tiene los ojos de Lily, aunque eso ya lo sabes. Es tan guapo como ella, por suerte. Os echamos de menos. Espero que ganéis la guerra para que podamos salir pronto de aquí, porque me van a salir doxys en los huevos.

Os echamos de menos.

James P.

P.D: Os echamos de menos.

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19 de enero de 1981

Querido Peter:

Aún lamento terriblemente que no os dejaran pasar el Año Nuevo ni la Navidad con nosotros, aunque entiendo que es por seguridad y por asuntos de la Orden. Fue algo triste, pero por suerte estamos los tres juntos, que es lo importante.

Harry está cada vez más guapo (como su padre).

Espero que todos estéis bien. Las noticias que recibimos no son todo lo frecuentes que quisiéramos.

James P.

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27 de febrero de 1981

Querido Peter:

Remus nos hace una visita relámpago y me ha dicho que te dé noticias nuestras, ¡pero no me da tiempo! Así que sólo te digo que estamos bien.

El encierro me está haciendo engordar, y eso no me gusta nada. Pero por lo demás bien.

Un abrazo.

James P.

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4 de mayo de 1981

Querido Peter:

Todo es tan ridículo que no sé ni qué contarte.

Me alegro de que el último miembro de la Orden al que mandasen fueras tú, pero si para una vez que vienes a vernos te pasas la media hora revisando nuestros encantamientos de protección… nosotros mismos los revisamos unas veinte veces al día, así que por eso no hay que preocuparse (a no ser que seas Alastor, que ahora mismo no deja de observar sobre mi hombro cómo te escribo)

Ojalá pudierais escribirnos, porque ya no nos llega ni el Profeta y a veces nos aburrimos como monos.

¡Harry está enorme! Bueno, ya lo viste, es que son ya diez meses.

Esperamos volver a verte pronto.

James P.

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5 de agosto de 1981

Querido Peter:

Nuestro pequeño Harry tiene ya un año, es increíble. Un par de días después le tocó venir a Sirius, aunque si los de la Orden hubieran sabido que iba a regalarle una escoba en miniatura puede que se lo hubieran pensado. Lily se subía por las paredes, pero el crío está enloquecido con ella y yo también, para qué negarlo. Seguro que se convierte en un gran jugador, como su padre. ¿Tienes idea de lo listo que es? Ojalá la guerra termine pronto para que podáis venir a menudo y ver cómo crece y aprende. Es el niño más guapo y listo del mundo, aunque eso ya lo he dicho. Es todo un Gryffindor, estoy seguro, como todas las personas que le quieren.

Un abrazo.

James P.

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29 de agosto de 1981

Querido Peter:

En vista de que han decidido venir a vernos/visitarnos/controlarnos más a menudo, tenemos la oportunidad de recibir noticias de la gente con más frecuencia. El hijo de Frank y Alice ha cumplido también un año hace poco; ¿no nació el mismo día que Harry? En fin, lamentamos mucho no poder haberle conocido aún. A ver si hay suerte y nos los mandan uno de estos días por aquí.

Colagusano, ¿a dónde nos lleva esta guerra? ¿Qué mundo habrá por disputarse cuando todo esto termine?

James P.

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14 de septiembre de 1981

Querido Peter:

Las cosas no van bien. Lily y yo lo sabemos. La Orden lo sabe y no hay muchas expectativas de poner fin pronto a esto. Quien-tú-Sabes es fuerte y sus fieles parecen salir de debajo de las piedras. Los nuestros luchan incansables, pero su fuerza y su ánimo no son infinitos. Nuestras filas se ven mermadas día tras día y cada vez hay menos buenas noticias.

Lily tiene miedo. Yo tengo miedo. Pero nuestro hijo es ajeno, feliz. Y listo, listo como un boggart. Así que sólo podemos esperar y tirar un poco más de la esperanza que él nos da. Al fin y al cabo tenemos mucha más suerte que otros que han perdido a sus seres queridos o que no tienen amigos que los protejan y los cuiden. Somos afortunados en realidad, tenemos un hogar que podemos llamar nuestro y personas alrededor que no nos abandonarán.

James P.

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20 de octubre de 1981

Querido Peter:

Alastor ha estado aquí. Nos ha contado lo que hablasteis en la última reunión de la Orden. Lo que acordasteis. Que es la mejor opción. La última, la más segura.

Ven a casa, Peter. Lily y yo queremos verte. Seguro que te dejan venir. Así nos veremos y hablaremos de cómo será todo. Nunca hemos hecho esto antes.

Sólo gracias.

Un abrazo.

James y Lily

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Una lágrima cae y la tinta del pergamino se corre emborronando la puntiaguda caligrafía. Sus manos tiemblan incontrolablemente. Se caerá. Desfallecerá. Y ojalá alguien lo mate antes de que haga lo que está a punto de hacer… pero ya es tarde y no hay marcha atrás.

Se alza majestuoso, alto y poderoso, terrible. Su túnica ondea y su voz destila maldad y algo de lo que es imposible abstraerse. Él lo sabe porque está atrapado. Sí, está atrapado. Tanto que le ha vendido su alma, su vida, su juventud, su piel, su mente, su conciencia, su paz.

.- Mi fiel… Colagusano.

La seductora cadencia de sus palabras sigue flotando en el aire y no puede dejar de sentirla aun cuando se estremece y llora.

.- ¿Qué has traído para tu Señor?

El fajo de pergaminos se agita en sus manos. Las muestra, casi las arroja, y su Señor las coge examinándolas con un mal disimulado interés.

.- ¿Cartas? ¿Me has traído… cartas, Colagusano?

Quiere hablar para que las palabras dejen de estar en su lengua, en su garganta y en su cabeza, pero le falta el aire y de un momento a otro toda su resistencia se quebrará.

.- Son de los Potter, mi Señor.

.- ¿De los Potter? ¿Y qué puedo encontrar de interés en ellas?

Todo ha terminado ya. Su último hilo de unión con la cordura está a punto de romperse, y será él mismo quién lo corte.

.- ¿Y bien, Colagusano? No hagas que me impaciente. ¿Sabes ya cómo puedo llegar hasta los Potter?

.- Mi Señor… ahora soy su Guardián.

No me obligues

  • Mar. 30th, 2009 at 2:28 AM

Sumario: Las serpientes son frías. Las serpientes son venenosas. Las serpientes son astutas. Pero una serpiente jamás da la espalda a otra serpiente en apuros. Porque los Slytherins también conocen el significado de la palabra “compañerismo”.

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Draco se dejó caer sobre uno de los mullidos sillones de la Sala Común de Slytherin, mientras las llamas de la chimenea crepitaban casi de manera hipnótica. Eran las once de la mañana y todo Hogwarts se encontraba aguantando las interminables clases y rezando para que la mañana transcurriera rápido.

Él no, por supuesto. No tenía ganas de aguantar a Binns, por lo que le había dicho a Blaise que no se encontraba bien. Aunque, a decir verdad, aquello no era del todo mentira. Miróa recelosamente a derecha y a izquierda, comprobando que no hubiese algún campanero por allí, y, con cuidado, se arremangó la camisa, dejando al descubierto su antebrazo izquierdo.

Examinó minuciosamente la calavera que ahora descansaba sobre su piel. Llevaba días doliéndole de manera exagerada. Su padre le había asegurado que era normal, teniendo en cuenta que le habían tatuado la Marca Tenebrosa apenas un mes atrás. Era lógico que le doliese, pero aún así...

Con el dedo índice recorrió la escalofriante imagen, reprimiendo una mueca de dolor. Tendría que acostumbrarse a convivir con ella si quería llevar a cabo la misión que su Señor le había encomendado.

Un escalofrío recorrió su espalda al pensar en Dumbledore, pero se obligó a mantener la calma. Tenía todo un curso por delante para llevarla a cabo (apenas estaban en Octubre), y ponerse nervioso sólo lograría empeorar las cosas.

Contempló la Marca Tenebrosa unos segundos más, preguntándose cuántos de sus compañeros llevarían una igual en su antebrazo. Posiblemente se quedaría con la duda, a pesar de que sospechaba que, posiblemente, no era el único mortífago de Hogwarts.

ooooooooooooooo

Pansy entreabrió los labios, presa de la sorpresa. Tragó saliva pesadamente, segura de no haber entendido bien. O, más bien, deseando no haber entendido bien.

La muchacha releyó la carta de sus padres con avidez. Sus ojos se movían rápidamente sobre las líneas y, a medida que la lectura avanzaba, su semblante se iba tornando más y más blanco. Algunas lechuzas sobrevolaban el lugar, ululando felizmente sobre la cabeza de la Slytherin. Cuando terminó de leer, alzó la vista y la fijó en un punto indefinido de la lechucería, sin llegar a ver nada realmente.

-No... –fue lo único que consiguió murmurar, mientras un leve temblor sacudía todo su cuerpo.

ooooooooooooooo

Draco dio un pequeño respingo al notar que alguien entraba en la Sala Común. Rápidamente se bajó la manga de la camisa y sacó la cabeza por el respaldo del sillón. No pudo evitar sentirse aliviado al comprobar que era Pansy la que acababa de entrar.

-Campanera –le dijo al ver que no estaba en clase.

-Mira quién fue a hablar –replicó ella con una afligida sonrisa.

Aquel detalle no pasó desapercibido para Draco, que parpadeó un par de veces.

-¿Qué te pasa? –le preguntó sin rodeos.

La Slytherin le dirigió una mirada indescifrable y, inconscientemente, desvió los ojos hacia el antebrazo del muchacho, cubierto por la camisa. Malfoy también miró hacia su brazo izquierdo, confuso.

-¿Qué? –inquirió al no notar nada raro en él.

-Nada... –susurró Pansy antes de desaparecer por las escaleras que conducían al dormitorio de las chicas.

ooooooooooooooo

La mañana transcurrió más rápidamente de lo que hubiese creído. Aunque quizás se debiese al hecho de que no estaba en clases. Por eso se sorprendió al ver entrar en la Sala Común a un grupito de Slytherins, entre ellos Blaise Zabini, que le dirigió una sonrisa burlona nada más verlo.

-¿Tú no estabas malo? –inquirió de manera socarrona.

-Y lo estoy –afirmó Draco, devolviéndola la sonrisa-. ¿No ves que mala cara tengo?

Blaise se acercó a él y se sentó en el reposabrazos.

-Sí, por supuesto. Pareces un espectro al que le han dado una paliza. Aunque no sé yo si eso tendrá algo que ver con tu supuesta enfermedad.

-No te hagas el gracioso conmigo, Zabini –le advirtió Malfoy, mostrando una de sus características medias sonrisas.

-Vale, vale –dijo Blaise, alzando ambas manos en señal de rendición-. Después de todo no eres el único que ha hecho campana. ¿Has visto a Pansy? –preguntó, echando una rápida ojeada a la estancia-. Pensé que estaría por aquí.

-Sí, está en los dormitorios –dijo Malfoy.

-¿En los dormitorios? Qué raro que no esté encima de ti. O tú encima de ella –añadió pícaramente.

-Te la estás ganando... –avisó de nuevo el muchacho. Aunque no pudo evitar admitir que Blaise tenía algo razón. Era raro que Pansy no se hubiese quedado con él, cuando su máxima aspiración en la vida era acapararlo el mayor tiempo posible.

“Mujeres”, pensó el rubio despreocupadamente.

ooooooooooooooo

La noche cayó sobre Hogwarts, tiñendo las paredes del castillo de un negro casi tétrico, e inundando de oscuridad su interior.

La Sala Común de Slytherin se encontraba abarrotada de alumnos que intentaban por todos los medios llevar sus trabajos al día. Entre ellos, Draco Malfoy se encontraba enfrascado en una redacción para Flitwick. Finalmente, y con la muñeca engarrotada de tanto escribir, se levantó del sillón donde estaba apalancado y se estiró perezosamente. Echó una rápida ojeada a los alumnos que allí se encontraban y reparó entonces en la presencia de Pansy en un rincón de la Sala, escribiendo algo sobre un pergamino. Le extrañó que no se encontrase rodeada por su habitual corrillo de chicas, pero aún así, se acercó a ella. La muchacha se encontraba tan enfrascada en lo que quiera que estuviese escribiendo que no se percató de que Malfoy se encontraba tras ella.

No hasta que él se inclinó, y, acercó sus labios a la oreja de Pansy.

-¿Qué te parece si nos escabullimos un rato y hacemos algo más entretenido? –le susurró sensualmente al oído.

La muchacha ni tan siquiera levantó la vista del pergamino.

-Estoy cansada, Draco. Perdona –dijo ella con voz queda.

El rubio no disimuló su sorpresa y entreabrió los labios, sin que ninguna palabra saliera

de ellos. Pansy NUNCA había rechazado una invitación del rubio, y mucho menos había despreciado su compañía. Vale, no había duda de que algo le pasaba.

Casi sin pensárselo, la agarró por los hombros y la obligó a mirarlo a la cara.

-Oye, ¿¡qué demonios te pasa!? –exclamó bruscamente. La delicadeza y la sutileza no eran su fuerte.

Aún así, no se esperó una reacción así por parte de ella. Pansy clavó sus oscuros ojos en los grises de él, y casi sin poderlo evitar, comenzó a llorar. Apenas fueron unas silenciosas lágrimas resbalando por sus mejillas, pero fueron suficiente para que Draco no supiese qué hacer.

Pensó en murmurarle alguna rápida disculpa, pero antes de que pudiese hacer o decir nada, Parkinson se levantó rápidamente y corrió hacia las escaleras que conducían al dormitorio de las chicas, dejando al rubio con la boca abierta. Algunos Slytherins curiosos voltearon para ver qué ocurría.

Malfoy soltó una maldición y corrió tras ella. Nadie lo dejaba con la palabra en la boca, y menos una mujer. Para su alivio, la encontró sentada al pie de las escaleras, con la cabeza enterrada entre las rodillas. Su determinación se vino abajo al verla en aquel estado. Respiró hondo, intentando calmarse, y se arrodilló a su lado. Con una mano le alzó la cara con cuidado.

-¿Qué pasa? ¿Es por algo que he dicho? –le preguntó con la mayor suavidad que pudo.

Ella emitió un leve sollozo e intentó decir algo, pero el llanto no la dejó continuar. Draco ladeó la cabeza y comprobó que algunos entrometidos sacaban la cabeza para intentar escuchar algo, por lo que agarró la mano de Pansy y la obligó a levantarse.

-Ven, vamos a mi cuarto –le dijo.

La muchacha no replicó y siguió al rubio sin mediar palabra. Una vez dentro del dormitorio del muchacho, Pansy se dejó caer sobre la cama del rubio y reprimió un nuevo sollozo. Draco se sentó a su lado y formuló de nuevo la misma pregunta.

-¿Qué pasa, Pansy?

A aquellas alturas ya se había dado cuenta de que tenía que ser algo grave para que ella reaccionase de aquel modo. Esperó a la muchacha se calmase un poco y estuviese en condiciones de continuar sin presionarla.

-Mis padres... –susurró la muchacha al cabo de un rato. Miró por un momento el brazo izquierdo de Draco- quieren que me convierta en mortífaga. Quieren que me tatúe la Marca Tenebrosa.

Dicho esto, unas nuevas lágrimas brotaron de sus ojos. Draco parpadeó un par de veces, sin entender muy bien por qué ella reaccionaba así ante aquella noticia. A fin de cuentas, él también era un mortífago, y no era el fin del mundo.

-¿Y cuál es el problema? –inquirió casi de manera áspera. Ella volvió a llorar y entonces el muchacho comenzó a atar cabos-. Es que acaso... ¿no quieres ser una de los nuestros?

La Slytherin no respondió. Se limitó a fijar la vista en el suelo.

-Pansy, contéstame. –le agarró la barbilla y la obligó a mirarlo a los ojos-. ¿Es que acaso no quieres unirte a nuestra causa?

-¡No lo sé, Draco, no lo sé! –exclamó ella, levantándose repentinamente y comenzando a caminar por la habitación.

Él también se incorporó rápidamente.

-Pansy, tus padres son mortífagos. Tus abuelos eran mortíafgos. Toda tu familia es mortífaga. ¿Por qué dudas, ahora?

-¡Tengo miedo! –gritó ella, perdiendo la poca compostura que aún conservaba-. ¡No quiero pasarme toda la vida matando a muggles! ¡No quiero agachar la cabeza ante el miedo de estar sirviendo al-que-no-debe-ser-nombrado! ¡No quiero temblar por las noches pensando en qué me hará si fallo en una de mis misiones! ¡No quiero tener pesadillas todas las noches! ¡No quiero que convierta mi vida en un infierno!

-Pansy, qué...

-Yo he visto llorar a mis padres por miedo a que Él los castigase –dijo, casi con rencor-. Yo les he visto temblar de pies a cabeza ante su presencia. Yo les he visto pasar noches en vela, temiendo el próximo encuentro con su Señor... Y no quiero. No es lo que quiero para mí...

Pansy se dejó resbalar hasta el suelo y ocultó su rostro entre las manos.

Draco no supo qué responder ante aquello. Desde pequeño él siempre había tenido muy claro a quién debía lealtad y aquella era la primera vez que se encontraba con una cosa así. No se había planteado siquiera que alguien pudiese dudar ante la idea de convertirse en mortífago. Y mucho menos alguien cuya familia ha sido mortífaga desde tiempos inmemorables. Él creía ciegamente en la causa de su Señor. Y tenía la convicción de que todos los Slytherins que habitaban Hogwarts también luchaban por la misma causa. Por eso se sentía tan a gusto formando parte de aquella casa. Se sentía bien siendo el rey de las serpientes.

Pero al ver a Parkinson llorando en el suelo supo que no todos los Slytherins pensaban igual y, por un momento, se sintió decepcionado. No creyó jamás que precisamente Pansy sería una de las personas que dudarían ante aquello. Como tampoco creyó nunca que fuese capaz de llorar tan desconsoladamente...

Las lágrimas seguían resbalando por el rostro de la Slytherin, que se veía incapaz de hacer o decir nada más.

En aquel preciso instante, Draco supo que Pansy nunca formaría parte de su causa. Aunque algún día llegase a exhibir una calavera en el antebrazo, Pansy Parkinson jamás se sentiría mortífaga. Un mortífago verdadero jamás dudaría a la hora de tender su brazo al mal.

Pero las lágrimas que la muchacha derramaba en aquel momento demostraban que ella no deseaba por nada del mundo unirse a las filas del Señor Tenebroso. No eran dudas lo que la carcomía. Era la convicción de no querer hacer algo a lo que estás obligada.

Parkinson siempre había sido una muchacha libre, independiente. “Hago lo que quiero cuando quiero porque quiero”. Siempre había sido así. Y en el momento en el que ella tendiese su brazo al a las Tinieblas, se pondría punto y final a todo aquello. Se convertiría en un títere de su Señor. Le cortarían aquellas preciosas alas que siempre había lucido sobre su espalda.

A él no le importaba servir al-que-no-debe-ser-nombrado, pues compartía las creencias de su Señor. Lo servía por gusto, al igual que el resto de mortífagos. ¿Pero qué les quedaba a las personas como Pansy? ¿Qué podían hacer aquellas personas que se veían obligadas a unirse a una causa que no compartían?

Draco suspiró con resignación, se acercó a la muchacha y posó una mano sobre su hombro, sabiendo que no podía hacer nada más por ella que aquel simple gesto. Le brindaría su apoyo hasta que llegase el momento y estaría allí para ofrecerle su hombro si lo necesitaba.

No podía hacer nada más.

ooooooooooooooo

-Come algo, Pansy –la apremió Blaise, acercándole una cuchara cargada de puré a la boca.

La muchacha apartó la cara bruscamente, provocando que el moreno soltase un bufido de fastidio. Draco contemplaba la escena sin decir nada. Parkinson llevaba desde anoche sin probar bocado y, por lo visto, aquella mañana tampoco tenía intención de hacerlo. Malfoy negó con la cabeza, sintiendo algo parecido a lástima por su compañera. ¿Pero qué podía hacer él para ayudarla?

-Vámonos o llegaremos tarde a clase –dijo Draco, levantándose y tomando la mano de Pansy.

ooooooooooooooo

Unos leves golpes en la puerta del despacho obligaron al director a levantar la cabeza de los pergaminos que tenía esparcidos sobre la mesa.

-Adelante

Un hombre alto, de lacio cabello castaño resbalándole por los hombros, entró en el despacho de Dumbledore. Sus ojos oscuros contrastaban con la palidez de su rostro.

-Ah, señor Parkinson –exclamó con amabilidad el director tendiéndole una mano, que el hombre estrechó-. ¿A qué debo su visita?

-Verá, Dumbledore –dijo, sentándose en una de las sillas que había enfrente de la mesa-. Es sobre mi hija. Necesitaría que le concediera permiso para faltar a clase unos días.

Duumbledore escrutó al hombre con sus ojos azules, sin alterar la expresión de su rostro.

-¿Puedo saber el motivo?

-Oh, lo siento Dumbledore. Son asuntos familiares.

-Entiendo –dijo con voz pausada. Por un momento, sus ojos brillaron con algo parecido a aflicción, pero enseguida recuperó su habitual expresión de afabilidad-. Pero me temo que ahora la señorita Parkinson está en clase y no creo que sea oportuno interrumpirla. ¿Tendría usted inconveniente en esperar a la hora de cenar para hablar con ella?

-En absoluto.

-Bien –dijo Dumbledore con una sonrisa en los labios.

ooooooooooooooo

Las clases de la tarde transcurrieron con normalidad, a excepción de que Pansy parecía una alma en pena.

-¡Eh, Pansy, alegra esa cara! –exclamó Zabini palmeándole la espalda amistosamente. No sabía exactamente los motivos de la tristeza de su amiga, pero aún así, había pasado parte del día intentando en vano animarla. Draco, por su parte, se sentía peor a cada segundo que pasaba cerca de ella. Podía percibir la desesperación y el desconsuelo que la invadían. Y, por lo visto, aquellos sentimientos eran contagiosos.

Los tres muchachos se dirigieron al Gran Comedor con la intención de hacerla comer algo, aunque tuviesen que abrirle la boca a la fuerza. La mayoría de alumnos ya se encontraban allí, sentados, esperando a que los elfos domésticos sirviesen la cena.

Se sentaron en el extremo de la mesa de Slytherin, uno a cada lado de Pansy.

-Ya te aviso que vas a comer, aunque tenga que obligarte –dijo Blaise con determinación, mientras fruncía el ceño.

La muchacha fue a replicar algo, pero alguien posó una mano sobre su hombro, llamando su atención.

El corazón pareció dejarle de latir al ver a su padre tras ella. Por un momento, se sintió incapaz de respirar y un terror irracional la asaltó.

-Caray, hija, qué efusividad. ¿No piensas saludarme? –inquirió su padre con una sonrisa burlona.

Pansy no se movió del sitio.

-¿Qué haces aquí? –le preguntó, aunque sabía de sobras la respuesta.

Los alumnos del Gran Comedor gritaban con tanta fuerza que apenas pudo sentirse su voz. Draco chasqueó la lengua y, por primera vez, se sintió frustrado al no poder hacer nada por ella.

-Sabes muy bien qué hago aquí –dijo el hombre con un brillo malicioso en la mirada-. ¿Acaso no recibiste la carta que te enviamos?

Blaise paseaba la mirada de Pansy al señor Parkinson una y otra vez, como si de un partido de tenis se tratase, sin entender por qué el ambiente entre ellos estaba tan enrarecido.

-No –dijo simplemente la muchacha.

-¿No recibiste la carta? -se sorprendió su padre.

-No es eso. Digo que no quiero –dijo en un susurro casi inaudible. La voz se le quebró en el último momento, pero no lo suficiente como para que su padre no la oyera.

-¿Qué has dicho? –inquirió bruscamente el hombre. Draco alzó la vista y lo asesinó con la mirada.

-Que no quiero. Por favor... –suplicó la muchacha, a la cual se le habían inundado los ojos de lágrimas. Blaise ahora también miraba al señor Parkinson con cara de pocos amigos. Draco sintió como la rabia corría por sus venas. Acababa de descubrir que no soportaba que nadie hiciese llorar a Pansy.

-No sabes lo que estás diciendo –dijo ásperamente el hombre, sin importarle que su hija estuviese suplicándole. Algunos alumnos de Slytherin comenzaron a reparar en que padre e hija parecían estar discutiendo.

-Papá, no quiero. Por favor, no me obligues... –repitió la muchacha, mientras una lágrima surcaba su mejilla.

El hombre hizo una mueca de fastidio y Draco estuvo tentado de partirle la cara de un puñetazo, pero se contuvo.

-No es momento para niñerías, Pansy –dijo casi de manera impasible-. Vamos, ven conmigo.

-¡No! –chilló Pansy, llamando la atención de medio comedor. Inconscientemente, buscó la mano de Draco, que se la estrechó con fuerza.

-Estás acabando con mi paciencia, niña –dijo el señor Prakinson-. ¡He dicho que vengas!

Y dicho esto, la agarró por el brazo sin ningún tipo de delicadeza y la obligó a levantarse.

-¡Papá, no quiero! –exclamó con todas sus fuerzas, sin importarle que todos estuviesen mirándola. Parecía un grito de socorro en toda regla.

Aquello ya fue la gota que colmó el vaso. Draco se levantó violentamente y empujó al señor Parkinson con todas sus fuerzas, haciéndole caer al suelo. Algunos alumnos soltaron pequeñas exclamaciones de sorpresa. En la mesa de los profesores, Mcgonagall hizo ademán de levantarse, pero Albus le puso un brazo por delante, impidiéndole moverse, mientras que con sus ojos contemplaba la escena sin hacer nada.

-¡Albus! –exclamó la profesora.

-Espera, Minerva. No te precipites.

El señor Parkinson se levantó y fulminó a Draco con la mirada.

-¿Qué crees que estás haciendo? –reparó entonces en los ojos grises del muchacho-. Eres hijo de Lucius, ¿no? –aquello pareció enfurecerlo aún más-. ¿¡Qué cojones te crees que estás haciendo!? –bramó con todas sus fuerzas.

-Creo que debería dejar que fuese ella misma la que tendiese su brazo. Por voluntad propia, señor, y no mediante la fuerza –dijo calmadamente.

Algunos Slytherins captaron el significado de las palabras “tendiese su brazo” e intercambiaron miradas significativas. La Slytherin, por su parte, se escondió tras la espalda del rubio, que no tenía intención de dejar que aquel hombre se la llevase por la fuerza. No iba a permitir que le jodiese la vida a Pansy de aquella manera. Ella tenía derecho a decidir por sí misma.

Pero, al parecer, aquel hombre no opinaba del mismo modo, pues desenfundó su varita y apuntó al pecho de Draco. Se oyeron algunos gritos horror.

-¿Crees que un niñato como tú va a impedir que me lleve a mi hija? –dijo de manera socarrona el hombre.

-Un niñato quizás no. Pero dos, a lo mejor –dijo una voz a sus espaldas.

Blaise acababa de levantarse y apuntaba al señor Parkinson con su propia varita, mientras apretaba las mandíbulas con fuerza. Cuando quiso darse cuenta, Millicent Bulstrode y Theodore Nott también se habían levantado y apuntaban al señor Parkinson con la varita.

El hombre pareció sentirse un poco descolocado con todo aquello, porque, por un momento, pareció bajar un poco el brazo. Pero aquello no terminaba ahí. Poco a poco fueron levantándose más alumnos de Slytherin, varita en mano, y apuntando al hombre con ella. Crabbe, Goyle, Malcolm Baddock, Graham Pritchard, Daphne Greengrass, Montague, Graham Pritchard, Adrian Pucey, Urquhart, Cassius Warrington, Terence Higgs, Bole, Derrick, Harper, Vaisey... Todos y cada uno de ellos fueron levantándose y colocándose alrededor de Pansy, de manera que ésta quedó justo en medio, rodeada por sus compañeros Slytherins.

El Gran Comedor estaba ahora envuelto en un silencio absoluto. Todos contemplaban la escena sin atreverse siquiera a murmurar.

El señor Parkinson, por su parte, abría la boca, pero no decía nada. Toda su seguridad y determinación parecieron derrumbarse. Miraba a todos los Slyherins, sin entender por qué actuaban así. Draco sonrió de lado con arrogancia.

-Y con todo Slytherin, ¿cree que podrá? –inquirió burlonamente el muchacho.

El señor Parkinson apretó los puños y volvió a apuntar al pecho de Draco. Hubo un revuelo de varitas y, de un momento a otro, todo Slytherin se encontraba apuntando a la cabeza del hombre. Sólo se oían los leves sollozos de Pansy, que continuaba respaldada por todos sus compañeros.

-Creo que ha llegado el momento de intervenir, Minerva –dijo Dumbledore, con una de sus habituales sonrisas.

El director caminó lentamente hasta la mesa de Slytherin y se paró ante el señor Parkinson. El hombre pareció sentirse aliviado ante la presencia del hombre.

-¡Por Dios, Albus! ¡Haga algo! –exclamó el hombre, desesperado, señalando a los Slytherins con el dedo.

-Por supuesto que haré algo –asintió Dumbledore con solemnidad-. Me temo que voy a tener que pedirle que se marche, señor.

Las palabras del director fueron recibidas por otro silencio sepulcral.

-¿Cómo? –preguntó el hombre, seguro de no haber entendido bien-. ¿Qué está diciendo, Dumbledore? ¿Es que no piensa hacer nada con ellos? –exclamó el señor Parkinson, señalando de nuevo al tumulto de alumnos vestidos de verde.

-Oh, sí, por supuesto –se volvió hacia los muchachos-. Creo que será mejor que por hoy se retiren a su Sala Común. Todos –puntualizó en el último momento, buscando a Pansy con la mirada.

No tuvo que repetirlo dos veces. Poco a poco, todos los Slytherins fueron saliendo del Gran Comedor con aire triunfal. Pansy fue la última en hacerlo. Le dirigió una mirada cargada de significado a su padre.

-Vamos –la apremió Blaise, agarrándola por el brazo, mientras Draco le estrechaba la mano con fuerza.

Y los tres se alejaron de allí, acompañados por los gritos del señor Parkinson de fondo.

ooooooooooooooo

-¡¿Habéis visto la cara que ha puesto?! –exclamó Blaise, cuya exclamación fue recibida por sonoras carcajadas por parte de sus compañeros.

En la Sala Común de Slytherin se respiraba un peculiar ambiente de triunfo. Nadie había hecho preguntas a Pansy sobre lo ocurrido con su padre, cosa que la muchacha agradeció inmensamente. Aunque, a decir verdad, la mayoría de ellos tenían sospechas al respecto, gracias a las palabras tan significativas que Draco había pronunciado durante la discusión.

-¡Eh, Pansy, anímate, mujer! –dijo Millicent mientras le palmeaba la espalda a la muchacha, que permanecía sentada en uno de los sillones de la Sala Común sin participar en el festejo-. Por hoy te has librado –bromeó ella.

-Sí. Por hoy –admitió ella con pesar-. ¿Pero qué pasará mañana? ¿Y pasado? ¿O la semana que viene?

El ambiente festivo pareció desaparecer un poco y se oyeron algunos chasquidos de lengua.

-Pues montaremos el mismo numerito las veces que haga falta –exclamó Nott casi sin pensarlo, y algunos Slytherins asintieron con la cabeza en señal de conformidad-. Si tú no quieres... ¿Cómo era?... –pareció estar buscando las palabras adecuadas-. ¡Ah, sí! Si no quieres “tender tu brazo”, pues no lo tiendas. Nadie puede obligarte a hacer algo que no quieras.

Y dicho esto, se acercó a ella y posó una mano sobre su hombro en señal de apoyo. En aquel preciso instante, Pansy era un mar de sentimientos contradictorios. A pesar del miedo que todavía le temblaban las piernas a causa del miedo, no pudo evitar que una sensación de bienestar la invadiera. Allí, en medio de las serpientes, se sentía protegida, cobijada. Era un sentimiento muy extraño. Sabía que algunos de los que la habían defendido eran mortífagos y, aún así...

De pronto, alguien entró en la Sala Común de Slytherin, rompiendo aquella atmósfera de extraño compañerismo. Algunos dieron un pequeño respingo al ver allí a Dumbledore.

-Buenas noches –saludó él afablemente.

Algunos lo miraron con recelo. Otros, sin embargo, le devolvieron el saludo.

-Señorita Parkinson, sería usted tan amable de acompañarme a mi despacho, por favor.

Inconscientemente, Nott y Blaise, que eran los que más cerca se encontraban de ella, se colocaron justo delante, cerrándole el paso a la muchacha.

-¿Para qué? –inquirió bruscamente Draco, dando un paso al frente con expresión desafiante.

-No se preocupe, su padre se ha marchado –aseguró el director, mirando a Pansy a los ojos, que no pudo evitar respirar aliviada.

-¡Entonces, lo que tenga que decirle, dígaselo aquí! –exclamó la voz Graham Pritchard, que se encontraba apalancado en un rincón de la habitación.

Dumbledore no pareció sentirse ofendido ante las palabras y la desconfianza de los Slytherins. Más bien al contrario, porque sonrió abiertamente.

-Muy bien. Simplemente quería decirle que hemos prohibido la entrada de su padre al colegio Hogwarts.

Pansy parpadeó un par de veces, incapaz de asimilar bien la noticia. ¿Qué habían hecho qué?

-¡Toma ya! –gritó Harper, haciendo un gesto grosero con el puño.

Algunos Slytherins soltaron vítores y expresiones de júbilo, pero Pansy continuó impasible.

-Profesor, usted no puede hacer eso –aseguró Pansy-. Además, ¿qué podría hacer usted para impedir que mi padre me saque del colegio?

-Posiblemente, a la larga nada. Pero como director de Hogwarts, y gracias a algunos contactos míos, puedo ganar algo de tiempo.

-¿Y de qué me sirve tener algo más de tiempo? –se exasperó la muchacha. La alegría inicial pareció disipase un poco.

-Bueno, tengo entendido que usted cumple los diecisiete años en noviembre, ¿me equivoco? –Pansy asintió lentamente-. Entonces falta menos de un mes para que usted sea oficialmente adulta. Y como tal, usted obtendrá el derecho de decidir por sí misma sobre ciertos asuntos, sin necesidad del consentimiento de sus padres. ¿Me sigue? –dijo, guiñándole un ojo.

En aquel momento, Parkinson tuvo la extraña sospecha de que el director no se refería solamente al derecho de decidir si quería seguir estudiando en Hogwarts o no.

De nuevo, se oyeron nuevos gritos de regocijo en la Sala Común y, de un momento a otro, Pansy se vio envuelta en una especie de abrazo colectivo.

El momento de angustia había pasado ya.

Dumbledore sonrió de nuevo e hizo ademán de salir de allí.

-¡Profesor! –lo llamó Pansy cuando éste ya tenía un pie fuera-. ¿Por qué está haciendo todo esto?

El director clavó sus ojos azules en ella durante largos segundos.

-Para evitar que la obliguen a tomar una decisión de la que luego pueda arrepentirse.

Y dicho esto, le guiñó un ojo nuevamente y abandonó la sala.

Pansy se volvió hacia sus compañeros, sin saber muy bien qué decir en aquellos momentos. Sin ellos, posiblemente ahora se encontraría en compañía de su padre, de camino hacia lo que para ella hubiese sido el fin de toda su vida. Le hubiese gustado agradecerles aquel apoyo de alguna manera, mostrarles su gratitud de algún modo... Pero las palabras hubiesen resultado demasiado vacías y carentes de significado. A decir verdad, no había necesidad de estropear aquel momento con absurdas palabras.

Los hechos lo decían todo.

Las serpientes son frías. Las serpientes son venenosas. Las serpientes son astutas. Pero una serpiente jamás da la espalda a otra serpiente en apuros. Porque los Slytherins también conocen el significado de la palabra “compañerismo”.

¿Qué ves?

  • Mar. 30th, 2009 at 2:27 AM

Sumario: Y tú... mira las nubes y dime: ¿Qué ves?

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Shikamaru encendió de nuevo un cigarrillo y, tras llevárselo a los labios, colocó ambos brazos bajo su cabeza a modo de almohada.

Era casi mediodía y los rayos de sol le bañaban el rostro, impidiéndole ver con claridad las blancas y frondosas nubes que surcaban el cielo.

En momentos como ése, al inspirar el aroma del tabaco y sentir el calor del sol sobre su cara, Shikamaru no podía evitar acordarse de Asuma. En ocasiones, el rostro de su maestro aparecía perfilado en algunas de las nubes que tanto le gustaba mirar. Entonces, el muchacho se reprendía mentalmente por su ingenuidad. Las nubes no adoptaban formas. Simplemente, eran gotas de agua en suspensión. Pensar aquello no tenía ninguna lógica. Estaba seguro de que su maestro, estuviera donde estuviera, se hubiese reído de él si le hubiese contado que veía su cara en las nubes.

No pudo evitar que un amago de una sonrisa apareciese dibujado en su rostro. Cerró los ojos y se dejó llevar por el silencio del lugar.

-¡¡CERDAAAAAA!!

¿Alguien había mencionado silencio?

Shikamaru ladeó la cabeza para comprobar que, efectivamente, había alguien más allí. A escasos metros de él, una muchacha de cabellos rosados y ojos verdes parecía estar buscando a alguien y, a juzgar por la vena que le latía en el cuello, seguro que no le esperaba nada bueno. Entonces, Sakura pareció reparar en la presencia de Shikamaru.

-Ay, perdona Shikamaru, no te había visto –dijo arrastrando las palabras. El muchacho pensó que, teniendo en cuenta que se encontraba tumbado en el suelo cuan largo era, la pelirrosa necesitaba una urgente revisión de la vista, pero no dijo nada-. ¿Has visto a Ino? Cuando la coja se va a enterar…

Shikamaru bostezó con pereza. Aquellas dos siempre estaban igual. Que si una le tira picante en el ramen, que si la otra le pisa el pie, que si, uy, se me ha ido la mano y sin querer te he pegado… Aquello era un pique constante. “Problemáticas”.

-No, no la he visto.

El Nara pensó que tras aquella breve información Sakura se iría pero, para su sorpresa, la pelirrosa se sentó en el suelo y respiró hondo. Al parecer necesitaba recuperar el aliento. No había que ser un genio para adivinar que habría estado persiguiendo a Ino por más de media Konoha y que ésta le había dado esquinazo.

Shikamaru decidió que era mejor ignorarla. Bastaba un simple comentario para que las mujeres comenzaran a charlar por los codos. Sakura le caía bien, pero prefería el silencio a una conversación insulsa. Además, hablar suponía un esfuerzo extra que él no estaba dispuesto a pagar.

-Oye, Shikamaru, ¿qué haces aquí, por cierto? –dijo la muchacha una vez se sintió con fuerza suficiente como para abrir la boca de nuevo-. En la azotea de una academia no es que haya muchas cosas por hacer…

Bueno, pero al parecer no todo el mundo tenía la misma opinión que él acerca de lo maravilloso que podía resultar ser el silencio.

-No hago nada –dijo con parsimonia-. Miro las nubes.

La pelirrosa pareció meditar unos segundos la respuesta de Shikamaru para, finalmente, añadir:

-¿Por qué?

Vale, fin de la tranquilidad. Una mujer tenía ganas de hablar con él.

-Por ningún motivo en particular. Me gusta mirarlas.

Pudo percibir por el rabillo del ojo como Sakura esbozaba una amplia sonrisa.

-Cuando era pequeña a mí también me gustaba mirarlas. Me pasaba horas intentando encontrarles formas…

Shikamaru curvó la comisura de los labios en una media sonrisa. Al parecer no era el único que encontraba formas en las nubes. Aunque claro, ella no había mencionado nada de un maestro fallecido…

Cuando quiso darse cuenta, Sakura se había tumbado a su lado y también contemplaba el cielo.

-Qué recuerdos… Hacía años que no lo hacía… -dijo mientras usaba la mano para impedir que el sol le diese en los ojos.

Shikamaru no hubiese sabido decir cuánto tiempo permanecieron así, contemplando las nubes sin decir nada. Posiblemente bastantes minutos, porque, cuando Sakura volvió a hablar, el Nara casi se había dormido.

-Un pastel –exclamó ésta de sopetón.

Por un momento, el Nara no tuvo ni la más remota idea de lo que estaba hablando. La miró sin comprender.

-Ésta nube de aquí –aclaró la ojos de jade, señalando una frondosa masa blanca con el dedo-. Parece un pastel… -añadió con una sonrisa.

Shikamaru miró en la dirección que ella le señalaba y se topó con una nube que tenía forma de todo menos de pastel.

-Pff… Creo que definitivamente necesitas una revisión de la vista, Sakura –dijo con una sonrisa burlona-. Por si no te has dado cuenta, esa nube es muy alargada para ser un pastel –la pelirrosa fue a replicar algo, pero el Nara la interrumpió-. Yo lo veo más como un kunai, ¿no crees?

-¡Sí, ya, tiene forma de conejo, no te fastidia! –bufó ella con ironía.

-No, ésta nube no, pero aquélla sí. Mira. –le señaló una nube un poco más pequeña que se encontraba algo más alejada.

-¡Eh, es verdad! –admitió al mismo tiempo que soltaba una carcajada- Pero es un conejo muy gordo, ¿no?

Cuando quiso darse cuenta, se encontraba enzarzado en una absurda discusión sobre el peso del conejo y el pastel con forma de kunai. Si alguien hubiese escuchado en algún momento aquella inusual conversación hubiese pensado que, como poco, aquellos dos chicos necesitaban un par de sesiones de psicólogo.

Shikamaru tardó más de diez minutos en darse cuenta de que estaba hablando innecesariamente de algo carecía de la más mínima importancia. Aquello no era algo propio de él. Pero eso no fue lo que más le sorprendió; lo que verdaderamente le chocó fue darse cuenta de que, a pesar de todo, no se lo estaba pasando nada mal en compañía de Sakura. Jamás pensó que podrían encontrase formas tan diversas y variadas en aquellas masas de agua en suspensión.

-Aquélla –dijo Sakura señalando con el dedo índice una enorme nube que había justo encima de sus cabezas.

-Umm… un pez.

Ella soltó una carcajada.

-Yo había pensado que más bien parecía una camiseta a la que le falta una manga…

-¡Sí hombre, y qué más!

Ambos rieron de buena gana hasta que, pasados unos segundos, volvieron a quedarse callados. Permanecieron así durante varios minutos y, por primera vez, a Shikamaru comenzó a molestarle el silencio de la pelirrosa. Se animó a echarle un vistazo y le sorprendió comprobar que su semblante se había tornado serio de pronto. Por un momento, tuvo la necesidad de preguntarle qué le sucedía, pero se contuvo. La elocuencia no era su fuerte y no supo muy bien qué decir en aquellos momentos: “¿qué te sucede?”, quizás. Afortunadamente, ella habló antes de que el nerviosismo comenzara a apoderarse de él.

-¿Sabes que cuando era pequeña mi padre me decía que lo que veía en las nubes eran manifestaciones de mis deseos inconscientes?

Shikamaru parpadeó un par de veces sin comprender. No entendía a qué venía aquello.

-Pues no, no lo sabía…

Merecía que le diesen el premio a la respuesta más original.

Ahora sí que Sakura parecía verdaderamente triste. Mantenía los ojos fijos en el cielo casi sin parpadear. Shikamaru siguió la dirección de su mirada y vio una nube con una forma algo extraña… era una especie de círculo abierto en diferentes segmentos… Verdaderamente, era una nube de lo más inusual.

-¿Qué es lo que ves en esa nube?

Shikamaru no supo de dónde había salido aquella pregunta. De sus labios no, por supuesto. O bueno, quizás sí… ¡Vale, aquella chica lo estaba descolocando por completo!

Sakura lo miró algo azorada y, de pronto, se incorporó rápidamente.

-Lo siento, me parece que te estoy estropeando la fiesta…

La ojos de jade hizo ademán de irse, pero Shikamaru la sujetó por la muñeca.

-No, no me estás estropeando nada, Sakura. Al contrario –la muchacha lo miró fijamente unos segundos-. Quédate.

Aquel no era él. Estaba seguro de que no era él. Él no podía estar diciendo todo aquello. Pero, sin saber muy bien por qué, se sentía incapaz de apartar los ojos de Sakura y mucho más incapaz aún de soltarla y dejarla marchar así.

Lentamente, la pelirrosa volvió a sentarse en el suelo y Shikamaru, a su vez, aflojó la presión que ejercía sobre su muñeca. Permaneció a la espera, expectante. La ojos de jade carraspeó, algo incómoda.

-Es una tontería, de verdad. No me hagas caso…

-¿Qué ves? –preguntó de nuevo el muchacho.

Sakura pareció dudar unos instantes, pero finalmente, habló.

-Por un momento me ha parecido ver el sharingan de Sasuke ahí arriba… observándome…

Al acabar la frase, un leve rubor le cubría las mejillas y parecía a punto de echarse a llorar. Guiado más por su instinto que por la razón, Shikamaru posó una mano en el hombro de la muchacha, intentando reconfortarla aunque sólo fuera un poco.

-Desearías que volviese, ¿verdad? –lo dijo casi sin pensar, pero una vez dicho, ya no había marcha atrás.

-Parezco estúpida, ¿verdad? –dijo mientras una rebelde lágrima le resbalaba por la mejilla.

El silencio volvió a caer sobre ellos. Pero, tras unos segundos de reflexión, el Nara dijo algo que le quemaba la garganta desde hacía rato.

-Asuma.

-¿Cómo? –Sakura parecía no haber entendido.

-Yo veo a Asuma en las nubes –Sakura entreabrió la boca, ligeramente sorprendida. El Nara fijó sus oscuros ojos en los verdes de ella. Era la primera vez que sus ojos se encontraba directamente-. No, no me pareces estúpida. Creo que eres como yo. Una persona que, inconscientemente, desearía que sus seres queridos estuviesen con ella y que jamás se hubiesen marchado.

Sakura permaneció unos instantes callada, incapaz de cerrar la boca. En aquel preciso instante, sintió que sus pensamientos armonizaban con los de Shikamaru a la perfección. Como si estuviesen conectados por un extraño entramado de finos hilos entrelazados entre sí.

Cuando quiso darse cuenta, su mano se encontraba sobre la de Shikamaru. Éste le dio un leve apretón en señal de comprensión.

En el ambiente algo había cambiado. El aire se había tornado de pronto más pesado y empezaba a hacer algo más de calor.

Antes de que los dos muchachos hubiesen podido identificar qué diablos había cambiado allí, una estrepitosa voz chillona cayó sobre ellos como un cubo de agua helada.

-¡¡FRENTUDAAAAAA!! ¡¡ES QUE YA NI DE ATRAPARME ERES CAPAZ!!

Shikamaru y Sakura se separaron rápidamente y, algo azorados, miraron abajo. Desde arriba de la azotea pudieron ver como Ino, que desde abajo los había visto, hacía burla a Sakura. Definitivamente, y dijesen lo que dijesen, aquellas dos disfrutaban peleándose.

La pelirrosa miró a Shikamaru. Éste le dedicó una de sus características medias sonrisas.

-Si no bajas tú, subirá ella –le dijo mientras le guiñaba un ojo en señal de complicidad.

Sakura le dedicó también una sonrisa. Permanecieron mirándose unos instantes más hasta que, finalmente, la muchacha se levantó y se dirigió hacia las escaleras. El Nara volvió a tumbarse.

-Shikamaru –lo llamó Sakura cuando ya tenía un pie en el primer peldaño.

Éste ladeó la cabeza lo justo para que ella pudiese verle el perfil de la cara.

-Gracias

Y dicho esto, desapareció por las escaleras.

Shikamaru suspiró y sacó otro cigarrillo del bolsillo. “Mujeres”, pensó. “Sólo traen problemas”.

Pero, por un momento, en una diminuta nube que había justo a su derecha, le pareció ver dibujada en ella el rostro sonriente de cierta pelirrosa. Inmediatamente después, la imagen desapareció.